Son las 14.00. Acabamos de terminar de comer y me he retirado a mi habitación a descansar un poco y a protegerme del sol, que pega muy fuerte. Sólo voy a estar una semana, así que en vez de echarme la siesta prefiero escribir un poco, aprovechando que me han dejado una tarjeta SIM de aquí y tengo un poco de acceso a datos.

El viaje hasta aquí se hizo largo. Salí de Madrid antes de ayer a las 11.45 y llegué a Nampula al día siguiente (ayer) a las 13.40. Me estaban esperando en el aeropuerto la Hermana Aurora y la pequeña Julia. Tras pasar el control de inmigración recogí las maletas y para salir las tuve que pasar por la cinta de rayos equis. Pensaba que había pasado sin problemas cuando una policía de detuvo y me preguntó que llevaba en esa bolsa, señalando la bolsa donde había metido la caja de medicinas. Yo le respondí con naturalidad que medicinas. Sinceramente me dió la sensación que mi respuesta y la tranquilidad con la que lo había dicho la descolocaron un poco. Detrás de la policía había una pequeña salita donde un turista conversaba con dos policías mientras su maleta permanecía abierta encima de una mesa. Pensé que aquel iba a ser mi próximo destino. La policìa me preguntó si había traido papeles y le respondí con la misma naturalidad que no. Le dije que eran medicinas que habían donado para el hospital, que no eran para vende y que me habían dicho que hasta 10 kilos no había problema y ella me respondió que eso sería en mi país. Yo ya había sido previsor y había metido en la cartera 30 euros para este tipo de contingencias, pero finalmente no hizo falta, la Hermana Aurora vino a mi rescate y tras un leve reproche de la policía y un «moito obrigado» mio salimos del aeropuerto.

Fuera estaba esperándonos la Hermana Faustina con el 4 x 4. Antes de ir para Netia paramos a comer y después les pedí que me llevasen a comprar una tarjeta prepago con acceso a datos para poder conectarme a Internet, tras lo cual emprendimos rumbo hacia Netia.

La primera vez que había hecho ese mismo camino era de noche y apenas se veía más allá de lo que alumbraban los faros del coche. En esta ocasión era de día y se podía ver como a medida que nos ibamos alejando de la capital y acercándonos más a Netia, el ladrillo y el cemento iban dejando paso al adobe y la paja (o capí como le llaman aquí). A diferencia de mi primer viaje, en esta ocasión el paisaje se veía muy verde. Acaba de terminar la época de lluvias y se nota. La vegetación es abundante y colorida, y hasta los ríos y riachuelos llevan agua. En poco menos de un mes el verde dará paso al amarillo y el agua al barro y los cantos rodados. Así fue como lo vi la primera vez que fui, en el mes de septiembre.

Llegamos a Netía al rededor de las 17.00. Ya empezaba a oscurecer. Paramos el 4 x 4 enfrente de la casa del Padre Gasolina y allí estaba él, esperándonos con su sobrino  y también sacerdote, Raimundo. Luego me digeron que Raimundo estaba terminando el tratamiento de la malaria.

La primera vez que me había quedado en Netia me había alojado en la casa de las Hermanas, pero en esta ocasión no había sitio, porque se estaban alojando jóvenes que se están preparando para ser religiosas (postulantes), así que en esta ocasión me he quedado en la casa del Padre.

El Padre me mostró el camino a mi habitación y me dio una linterna. Ya era de noche y no se veía nada. La habitación es muy humilde. Dos camas, una mesita de noche y dos armarios viejos de dos puertas y sin cajones. Al fondo dos puertas, una que lleva a un pequeña salita de apenas dos metros cuadrados, con una silla de madera, una mesa y sobre ella un mantel estampado con lo que parecen manchas de leopardo y encima del mantel un bote de cristal de mermelada de naranja que se había utilizado a modo de jarrón, sujetando 8 flores rosas de tela. La otra puerta era el baño. El baño tenía un lavabo, un inhodoro y una ducha. Abrí el grifo del lavabo y casi se me saltan las lágrimas. ¡Había agua! Después de más de 26 horas viajando necesitaba una ducha. A las 18.00 es la hora de la cena, así que me daba tiempo a una ducha rápida y reparadora. Me desvestí, me puse las chanclas, cogí la toalla y el champú, descorrí las cortinas de la ducha, abrí el grifo y de la misma forma salí de la ducha y me volví a vestir tras lavarme como los gatos con el grifo del lavabo. Sólo salía un poco de agua por el grifo del lavabo.

Cenamos en la casa de las Hermanas. Eramos unas 12 personas entre el Padre, su sobrino, las Hermanas, la pequeña Julia y las jóvenes postulantes (la última vez que había ido sólo habían dos). La verdad es que no presté mucha atención a lo que había de cena, ya que estaba agotado del viaje y al haber comido tan tarde tampoco tenía hambre. La cena fue muy animada. Es increible ver a estas personas para los que cada día es una lucha constante por sacar adelante a aquellos niños y el talante y el sentido del humor que tienen.

Después de cenar me fui a dormir. Coloqué bien la mosquitera que había encima de la cama y, a pesar del silencio ensordecedor, me quedé dormido enseguida.

 

Hoy a las 5.00 me levanté. Estaba amaneciendo y ya se escuchaba actividad. Con las expectativas justa abrí el grifo de la ducha y contemplé como salía un hilito, tan débil que por si solo no hubiera servido, pero que haciendo equipo con la botella de agua mineral que tenía, las toallitas húmedas y un pequeño recipiente de plástico que llenaba con el agua del grifo del lavabo que salía con algo más de fuerza, conseguí asearme un poco. Lo primero que pensé fue un «paciencia, 6 días pasan pronto», pero apenas sonaba en mi cabeza la palabra «pronto» cuando me sentí culpable. Yo.en 6 días vuelvo y podré encender la luz y ducharme, pero ellos viven así todo el año.

Después de asearme salí de la casa y fuera estaba el Padre esperándome. Fuimos a la casa de las Hermanas y allí desayunamos todos. Tras el desayuno y la tertulia yo me fui a dar una vuelta por lo arrededores. Mi intención en este viaje es tratar de mostrar esta otra realidad, pero al ser el primer día de mi vuelta preferí dar una vuelta de reconocimiento. Me llamó la atención que faltaba un edificio donde había dos aulas de la escuela primaria. Pregunté a una de las profesoras de la escuela de formación profesional agraria, que pasaba por allí. Me dijo que habían sido las lluvias, que se había venido abajo. Gracias a Dios aquí el curso escolar comienza tras la época de lluvias, en marzo, por lo que no hubo ningún niño herido.

Me encontré con la Hermana Aurora, que regresaba de la escuela agraria y fuimos a dar una vuelta por las escuelas y la casa de la niñas. Entramos a saludar en las clases, tanto de la escuela agraria como de la escuela pública. A los de la escuela agraria , que son más mayores, la Hermana les dijo que había regresado para intentar ayudarles con la reconstrucción de la presa, pero no supo explicarles cómo, y no me extraña, ya que ni ella entiende lo que estoy haciendo, lo cual a su vez tampoco me sorprende, porque nadie lo entiende, de hecho, ni yo mismo lo entiendo. No sé si lo que estoy intentando hacer servirá para algo. Lo único que sé es que merece la pena intentar lo que sea para que puedan tener acceso a lo mínimo: agua y electricidad.

A las 12.20 nos avisaron para comer. La Hermana Faustina, la pequeña Julia y el Padren habían ido a Nampula, así que comimos la Hermana Aurora, las muchachas y yo. En la sobremesa me estuvieron preguntando cosas de España y de Europa en general. Las distancias tan grandes, la falta de turismo y de acceso a la televisión o Internet, alimenta la curiosidad por lo que pasa en lo que algunos llaman el primer mundo.

Ahora estoy en mi habitación escribiendo esta entrada y en cuanto termine empezaré a hacer una lista de las cosas que quiero grabar para compartirlo. No me puedo dejar nada que por desgracia 26 horas de viaje y gastarme 1.300 euros de billetes no es algo que, al menos yo, pueda hacer cada semana.

Seguiremos informando desde Netia mientras me queden MB de datos en la tarjeta.

 

 

 

 

 

 

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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