Aquí comienzo el diario del tercer viaje a Netia-Natete. Este diario va a ser diferente al del primer viaje. Aquel primer diario nació como un diario personal, sin ninguna intención de ser publicado ni compartido, que fuí escribiendo día a día a medida que avanzaba el viaje, con las emociones y los sentimientos que iba teniendo en el momento que escribía. En esta ocasión he ido tomando notas para no olvidarme de las cosas (¡Maldita memoria pez!) pero es ahora cuando escribo por primera vez estas palabras.

Antes de comenzar a contar este tercer viaje, si has llegado aquí por casualidad y no sabes de qué va todo esto, te lo resumo de una forma muy sencilla. Lo primero, para que no te asustes ni huyas, decirte que esto no es, ni nunca ha pretendido ser, una hucha. Aquí no se pide dinero. Esto tampoco es un pañuelo. No se trata de dar pena a nadie. La pena está sobrevalorada. Detrás de cualquierotracosa no hay nada más que una persona, un particular, que después de un viaje tomó la determinación (porque eso que llaman conciencia despertó y sus gritos no le dejaron hacer otra cosa) de comenzar a caminar, aunque fuera solo, para intentar ayudar a las personas de unas comunidades a las que nadie les ha enseñado lo que significa las palabras dignidad, esperanza y oportunidades. Vuelvo a aclarar, como ya hice en otras publicaciones, que yo no represento a nadie, no me mueve ninguna ideología, bandera ni creencia religiosa. Simplemente tuve la oportunidas de conocer y después de lo que vi y viví allí, sólo me quedaban dos opciones: O seguir tumbado en mi sofá esperando que los de siempre arreglen un mundo que no me parece que esté bien; o hacer cualquier otra cosa por mi cuenta para intentar ponerle una tirita, aunque fuera ridículamente pequeñita.  A partir de aquí me puedes poner las etiquetas que quieras, pero si no lo haces, tal vez y sólo tal vez, podrás ver las cosas de otra manera. Yo te invito a que lo intentes, porque al fin y al cabo de eso es de lo que va todo esto, de intentarlo, pero intentarlo de verdad.

Dicho esto, voy con el tercer viaje.

El jueves 27 de diciembre de 2018 a las 15:10 salí de Madrid con una maleta y una caja de medicinas que facturé y una mochila con la cámara como equipaje de mano. En esta ocasión hacía escala en Doha y en Johannesburgo. En Madrid me aseguré de facturar el equipaje directamente hasta Nampula y tanto en el aeropueto de Doha como en el de Johannesburgo confirmé que el equipaje iba directamente a Nampula. Los dos primeros vuelos fueron con la compañía aérea Qatar Airlains; el de Johannesburgo a Nampula con la LAN (compañía aérea nacional de Mozambique). Para mi sorpresa el vuelo de Johannesburgo a Nampula no fue directo.  Hicimos escala en Beira y nos hicieron bajar a todos del avión, pasar el control de inmigración, salir por una puerta del aeropuerto y volver a entrar por otra parte para volver a subir al avión. A mi aquello me pareció muy poco práctico e incómodo, pero era lo que había. Cuando me dirigía al avión se me acercó una trabajadora del aeropuerto y me pidió el pasaporte. Se lo mostré y me dijo que le acompañase. Todos los demás pasajeros ya habían subido al avión. Volví a la sala donde estaba el control de inmigración con la mujer y allí me esperaban más de media docenas de policía y en el medio mi maleta. Aquello me pareció muy raro. Uno de los policías me señaló la maleta y me dijo que la abriera. A mi no me salían las cuentas. ¿Dónde estaba la caja con las medicinas? Pregunté por la caja de medicinas y nadie dijo nada. Me volvieron a decir que abriera la maleta y yo les volví a preguntar por la caja. Así estuvimos un rato hasta que finalmente uno de los policías me dijo que la caja estaba en el avión, que había «pasado el control»  y que lo que querían ver era la maleta. No era la primera vez que viajaba a Mozambique así que había plastificado la maleta en el aeropuerto. No es sencillo quitar el pástico, así que me llevó un buen rato, pero finalmente conseguí abrir la maleta. El policía fue a tiro hecho a mirar algo que le debía haber llamado la atención al pasar por la máquina de rayos. Se trataba de una caja con un juego de imanes que me había hecho llegar Beatriz para su ahijada Julia. Después de comprobar que en la caja no llevaba nada que les interesase removió un poco la ropa, sin mucho interés, y me dijo que podía volver al avión. Allí me esperaba todo el pasaje.

Ese mismo día, día de los Santos Inocentes, llegué al aeropuerto de Nampula a las 20:05 con la maleta y la mochila con la cámara. La caja de medicinas nunca salió de Beira, la habían robado. El sentimiento de rabia fue enorme, pero no podía hacer nada más que sentir mucho asco. Allí poner una reclamación no sirve para nada y era muy tarde. Esa caja de medicinas me la habían hecho llegar desde la ONG Boabad Mozambique cuando se enteraron que iba a viajar a Nampula, porque en los hospitales no hay medicamentos. Lo único que tiene es paracetamol. Si hablas con los funcionarios del hospital te dirán que hay una rotura de stock y que por eso no hay medicinas. La realidad es otra, sencillamente los medicamentos desaparecen. En una publicación posterior de este diario hablaré más de los hospitales que visité y te compartiré fotos, pero aquí te dejo una primicia, para no aburrirte con tanta letra. Este es el laboratorio de un centro de salud y esa nevera que ves ahí es donde se suponen que deberían estar los medicamentos que requieren refrigeración. Este centro de salud carece de conexión a la red eléctrica. Dispone de tres paneles solares y una pequeña batería que les permite disponer de electricidad con suerte dos horas más después de la puesta de sol (allí el sol se empieza a retirar al rededor de las 17:00). Esa nevera no está ni siquera conectada a la batería, es decir, no tiene electricidad, no refrigera nada y por supuesto no tiene medicamentos. 

De Nampula a la misión, donde me recibieron con los brazos abiertos desde el primer viaje que hice a Mozambique, hay unos 120 Km. Hasta la entrada a la misión se circula por la carretera principal (para nosotros se podría considerar una carretera comarcal). Esta carretera está asfaltada pero está muy deteriodada y se tarda más de 2 horas en recorrer esos 120 Km. Ayer me comentaba un hombre de una fundación que trabaja mucho con países africanos que la gente le pregunta si no le da miedo la malaria, el terrorismo, los robos, etc. pero a él lo que realmente le daba miedo, eran las carreteras y que razón tiene. En esa carretera hay muchos accidentes y no tiene iluminación, así que fuimos despacito y llegamos a la misión a las 22:30. Muy tarde para quienes dependen de la luz del sol. Así que a las 23:00 estaba ya acostado y me quedé dormido enseguida.

Así fue la llegada a Mozambique y de momento lo dejo aquí hasta la siguiente publicación. Si has leido hasta aquí, muchas gracias por tu paciencia y por acompañarme y te invito a seguir este viaje conmigo.

 

 

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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