A Su Santidad el Papa

Beatísimo Padre, con el máximo respeto y total humildad me tomo la libertad de dirigir estas palabras a Vuestra Santidad, en busca de una respuesta a una pregunta que me hacen y a la que no sé cómo responder. Permita Vuestra Santidad que comience por el principio, como se ha de comenzar.

En el mes de septiembre tuve la oportunidad de visitar la Misión de Netia-Natete en la provincia de Nampula, en el noreste de Mozambique. Era la primera vez que hacía un viaje de este tipo, y he de reconocer, pues de nada sirve mentir, que no fue un viaje que hice movido por la fe, sino por la oportunidad de aprender y conocer. Aquel viaje para mí fue una experiencia increíble y (permita la expresión) una bofetada de realidad enorme, que jamás podré olvidar. En ese viaje tuve la oportunidad de poder ver lo que es no tener prácticamente nada, pero también me permitió conocer a personas maravillosas, con una calidad humana que resulta difícil explicar y llegar incluso a comprender.

La Misión de Netia-Natete pertenece a la Diócesis de Nacala, a cuyo Obispo tuve la oportunidad de conocer fugazmente, pues otros quehaceres le requerían con urgencia en Maputo, la capital de Mozambique. No sé si Vuestra Santidad ha estado alguna vez en Mozambique, pero allí coexisten dos realidades diferentes, por una parte la del sur y por otra parte la del norte. Nampula está en el norte y Maputo está en el sur. Si Vuestra Santidad tiene la oportunidad, no deje de visitar el norte. No es un lugar turístico y las comodidades son pocas, pero estoy seguro que en la Misión de Netia-Natete estarían encantados de recibirle y les daría mucha fuerza para seguir adelante con lo que están haciendo por aquella gente.

Aunque cuando hablo de la Misión suelo englobar a todo, la realidad es que en los mismos terrenos conviven un Hospital y una escuela pública de primaria gestionados por el estado; y una escuela de formación profesional agraria y tres internados, gestionados por la Misión, que dan servicio a 214 comunidades.

No hace falta que le diga las carencias que hay allí donde viajé, pues no difiere de muchos otros lugares en el mundo, que también existen, aunque donde se prefiere no mirar, pues ya se sabe que ojos que no ven, corazón que no siente. Pero yo tuve la ocasión de ir y mis ojos no pudieron evitar ver, y puedo asegurar a Vuestra Santidad que mucho de lo que vi, nunca lo podré olvidar.

Una vez que regresé, tenía sólo dos opciones: o hacer como que no había visto; o hacer cualquier otra cosa. Y siendo sincero, hubiera sido mucho más fácil (y cómodo) hacer como que no había visto, pero no se me dio bien.

Si bien en cuanto a sus necesidades hay donde elegir, yo me decanté por intentar ayudarles a conseguir tener acceso a la electricidad. ¿Por qué este objetivo y no otro? Por una parte porque por algún sito hay que empezar y la falta de energía les está impidiendo bombear el agua potable de los pozos, les está impidiendo la conservación de los alimentos (que allí no sobran precisamente) y les está impidiendo el desarrollo de la zona y de las dos escuelas; y por otra parte porque necesito hacer todo lo que pueda estar en mis manos por la dignidad de aquellas personas, y que las imágenes que pude ver en aquel hospital (las sábanas de las habitaciones de los enfermos, mezcla  de mugre y sangre; como se “atendía” a una niña de urgencia por la noche, alumbrando con los flashes de los teléfonos móvil para tratar de acertar con la vena para ponerle el suero; una niña escondida entre las sombras en un rincón del barracón de maternidad con su hija recién nacida entre sus brazos, etc.) me dejen de torturar.

Hasta aquí he intentado exponer a Vuestra Santidad el dónde y el qué. El Quién no es relevante, tan sólo soy un particular, lo que importa no es el yo sino el ellos. Y el por qué hago todo esto, tiene una respuesta sencilla, porque quiero y necesito intentar ayudarles y antes que nada prefiero hacer cualquier otra cosa. Para estas preguntas tengo respuesta, pero la pregunta que me hacen y a la que no sé qué responder, es si no puede hacer algo la iglesia para ayudarles. Y no tengo respuesta ni para ellos ni para mí, porque soy de los que piensa que ni todo se consigue con dinero, ni se necesita dinero para todo, y tal vez, y sólo tal vez, si desde instancias más altas de la iglesia se le pidiera (pero de verdad y con ganas) al gobierno acercar la electricidad esos tres kilómetros que les separa de la red eléctrica, sinceramente creo que algo se podría conseguir (se le puede llamar intuición, se le puede llamar fe).

Ya para finalizar, aclarar a Vuestra Santidad por si hubiera alguna duda, que esta carta es cosa mía, y ni las hermanas ni el párroco de la Misión tiene conocimiento alguno de esto. Ellos tan sólo me abrieron las puertas de su casa, y ahora yo quiero/necesito devolverles el favor como pueda. Sinceramente, no sé si les podré ayudar, ni siquiera sé cómo puedo hacerlo, pero como dice la carta apostólica Novo Millennio Ineunte en el nr. 43. ¡Qué distinto es escuchar las cosas y problemas que acechan a los demás como espectador a creer que también son parte de mí! Así que en vez de no hacer nada, como he estado haciendo hasta ahora, prefiero hacer cualquier otra cosa, entre ellas tomarme la libertad de escribir a Vuestra Santidad, siempre con el máximo respeto.

Espero que Vuestra Santidad pueda perdonar la osadía de esta carta y postrado a los pies de Vuestra Santidad, tengo el honor de subscribirme, con el más profundo respeto, como Su humilde y fidelísimo servidor, que implora Su Bendición Apostólica.

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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