Viernes 29/09/2017. Última noche en Netía – LLevamos a una niña a urgencias

Viernes 29/09/2017. Última noche en Netía – LLevamos a una niña a urgencias

He hablado anteriormente de la Magdalena, pero creo que se merece algunas líneas más. La primera vez que vi a la Magdalena fue el segundo día que estaba en la Mision. Había salido fuera a echar unas fotos. Estaba fotografiando la iglesia, cuando la vi. Yo llevaba un rato por allí, pero no la había visto aparecer. Me pareció una muchacha joven. Estaba descalza, con los pies blancos por la tierra y como ropa llevaba una especie de vestido color camel, que sinceramente parecía un saco con tres agujeros. Caminaba despacio entre los arbustos. De vez en cuando se detenía, se agachaba, cogía algo del suelo, y lo llevaba a la boca. Yo seguí haciendo fotos, y ella siguió a lo suyo. En ningún momento capté su atención. Por la noche pregunté por ella en la cena, y me dijeron entonces que le llamaban la Magdalena, aunque nadie sabe como se llama realmente. Decían que era una niña de la guerra. Allí llaman niñas de la guerra a las mujeres que han nacido durante la guerra de independencia, en los años 70, fruto de violaciones y que eran abandonadas. Tendrían algo más de 40 años. No se sabe quién es o fue su madre y se crió sola. Nadie sabe cómo ha conseguido sobrevivir, nunca la han visto enferma, ni siquiera de malaria que allí es endémica, por lo que existe la leyenda de que ni los mosquitos ni las cobras le pican. No tiene casa, duerme debajo de los árboles y en la temporada húmeda (que hay tormentas y lluvias torrenciales) nadie sabe dónde se refugia, pero tras las lluvias reaparece. No se comunica con nadie, no sabe hablar, y tampoco nadie se comunica con ella. Se alimenta de lo que va encontrando por el suelo, y sólo se acerca a la Misión a pedir pan. Han intentado alimentarla, vestirla, lavarla, pero no se deja, no quiere, sólo quiere pan. Cuando se hace pan lo huele, se acerca, rasca la puerta de la Misión, cuando abren la puerta estira el brazo, le dan un bollo de pan, y se va. Al cabo de un rato, regresa a por más.

Desde que me contaron su historia la volví a ver un par de veces, caminando entre los arbustos, pero nunca le había visto de cerca, hasta ese día, que mientras estaba escribiendo se me acercó a pedir pan. Yo estaba escribiendo sentado en el escalón de la puerta de la Misión que da a los corrales. Por allí no pasaba mucha gente, y precisamente por eso había elegido aquel lugar, porque me quedaba mucho por escribir. Estaba concentrado escribiendo cuando sentí algo delante de mí. Levanté la vista y allí estaba ella. Tenía el brazo estirado y no decía nada. Me miraba a los ojos y no apartaba la vista. Sus ojos eran oscuros, y no sé muy bien como expresarlo, pero invitaban a intentar conocerla, aunque no era fácil. Le saludé y no dijo nada. Le pregunté si le podía ayudar en algo y lo único que hizo fue mover los dedos de la mano. Aunque era bastante obvio, al principio no entendía qué quería, así que le dije que no la entendía, y ella movió el brazo y emitió un sonido, las cosas como son, y aunque suene duro decirlo, parecido a una especie de gruñido. Dio la casualidad de que la Hermana Faustina se acercó al corral y le grité que no sabía que quería, y ella me dijo que quería pan. La Hermana llamó a la Magdalena, y entró en la Misión a por un bollo de pan. La Magdalena no se había movido, y seguía delante de mí con el brazo estirado. Me incorporé y le dije a la Magdalena que viniera conmigo. Obviamente entender no me entendió, pero me siguió. Fuimos a la puerta principal de la Misión, donde estaba jugando la pequeña Julia. Abrió la puerta la Hermana Faustina y le dio un bollo de pan. La Magdalena se fue con el pan y yo me quedé con Juila.

Empezaba a oscurecer. La Hermana Faustina, Natacha y Lidiali se había retirado a orar. Julia y yo nos quedamos fuera jugando. El sol se pone muy rápido, ya apenas se veía cuando aparecieron dos niñas preguntando por la Hermana. Les dije que estaban rezando, y me dijeron que si la podía avisar. Parecía algo importante, así que entré y avisé a la hermana, quien dejó las oraciones y salió a la puerta. Las niñas le dijeron que había una niña enferma (“doente”). La Hermana me dijo que iba a acercar a la niña al hospital, y yo me ofrecí a acompañarlas. Primero fuimos a la casa de las meninas, a por la niña enferma. La sacaron entre las dos amigas. “A doente” no reaccionaba. Se le hablaba y no respondía. Sólo movía la cabeza de un lado a otro continuamente y emitía quejidos. Guiados por la luz de la linterna llevamos al hospital a la niña. Sus amigas la llevaban caminando, sujetándola por los hombros. Al llegar al centro médico nos dirigimos al barracón de urgencias. Allí no había nadie. Me dijo la hermana que nos quedásemos allí, que iba a acercarse al barracón de maternidad haber si estaban allí los enfermeros.

Al cabo de un par de minutos regresó la hermana acompañada por tres jóvenes. Dos chicos y una chica. Al verme, la chica se asustó, se paró en seco y preguntó quién era yo, la hermana le dijo que era un amigo suyo que había ido a visitarles. Yo pensé que le había asustado por aquello de ser un desconocido por la noche, pero luego me enteré que se había asustado porque ninguno de esos tres jóvenes eran enfermeros. No estaba ni el médico, ni había ningún enfermero. No había nadie para atender al servicio de urgencias, ni un posible parto, que pudiera haber, lo cual no era nada raro. La chica se asustó porque yo estaba siendo testigo de eso. Los tres jóvenes que acompañaban a la Hermana eran celadores del hospital. Era lo único que había para atender a aquella niña, y de hecho, si hubieran ido las niñas solas, no las hubieran atendido hasta que no hubiera vuelto el sol y con él los enfermeros.

Me comentó la hermana que existen dos tipos de pruebas para diagnosticar la malaria. Una, que denominan la prueba rápida, en la que apenas en 45 minutos tienes los resultados y no se requiere electricidad para el análisis de la muestra. El problema con esta prueba es que no es fiable. Si da positivo el diagnóstico es claro, pero si da negativo es necesario realizar la segunda prueba, ya que puede ser un falso negativo y para la segunda prueba sí se requiere electricidad para el análisis de la muestra. Mientras esperábamos apareció el Padre Gasolina. Esa noche íbamos a cenar y al habernos ido a buscar le habían dicho que estábamos en el hospital.

El padre entró en el banco de socorro (sala de urgencias), donde estaba la niña, los tres celadores, las dos amigas de la niña y la hermana. Yo me quedé fuera para no molestar, que ya había muchas demasiada gente y el espacio era pequeño. En un momento determinado me llamó el Padre y entré. Sobre la cama la niña se retorcía mientras uno de los celadores, recostado sobre la almohada, le sujetaba las manos, inmovilizándole los brazos. A los pies otro celador le sujetaba las piernas. La linterna que había llevado la hermana casi no tenía batería y apenas alumbraba. La única iluminación que había era la de los flashes de los móviles, que orientados hacia el brazo de la niña hacían de focos improvisados mientras la celadora intentaba acertar con la vena para ponerle un goteo. Tras un par de intentos fallidos la sangre comenzó a emanar y a descender por su brazo formando dos franjas oscuras que se desparramaban por la sábana de color incierto. Consiguieron acertar con la vena y mientras esperábamos los resultados de la prueba rápida, poco a poco la niña se fue tranquilizando y dejó de retorcerse.

La primera prueba dio negativo, así que tenían que hacerle la segunda prueba. Como para la segunda prueba hacía falta electricidad tenía que esperar a que amaneciera. El hospital disponía de dos placas fotovoltaicas, pero hasta que no saliera el sol no podía hacer nada, así que no les quedaba más remedio que esperar al día siguiente. No se podía hacer nada más, así que las amigas de la niña volvieron al internado, la Hermana, el Padre y yo fuimos a la casa del Padre a cenar, los celadores volvieron al barracón de maternidad, y allí se quedó la niña sola, dormitando en la camilla, con el suero puesto y sin saber qué le pasaba, y con ella se quedó una parte de mí, y creo que todavía sigue allí.

Viernes 29/09/2017. Último día en una comunidad (segunda parte) – Los niños y la cámara de fotos

Viernes 29/09/2017. Último día en una comunidad (segunda parte) – Los niños y la cámara de fotos

Apenas tenía espacio, pero conseguí arrodillarme e intenté enseñar a uno de los pequeñajos cómo se miraba por el visor para hacer la foto, pero esa parte no les interesaba, lo que les gustaba era el clic. Para unos dedos tan pequeñitos no resultaba sencillo pulsar el disparador, así que yo situaba su dedo encima del botón y con cuidado, para no hacerles daño, presionaba con mi dedo por encima del suyo hasta que sonaba el clic. Una vez sonaba el clic le mostraba la foto que había sacado, y el niño se reía y se retiraba dejando sitio al siguiente. Las risas y el bullicio atrajeron a más personas. Uno a uno, se iban haciendo sitio como podían e iban haciendo clic. Había muchos que repetían y volvían una y otra vez. Muy pronto ya no eran sólo niños o niñas, también se acercaron muchachas. Los muchachos sólo miraban. Como yo había bajado la cámara para que llegasen los más pequeños al botón, y estaba rodeado de gente, las fotografías que estaban sacando eran primerísimos planos de brazos, caras y manos. A ellos no les importaba lo que se estaba fotografiando, algunos ni siquiera esperaban a que les enseñase la fotografía que habían sacado, simplemente oían el clic y ya se daban por satisfechos. Revisando luego las fotos (casi 100) hay algunas fotos que han quedado muy bien, hechas por ellos. Ahora, escribiendo esto desde la distancia, no puedo evitar pensar, si tuviesen una cámara de fotos, y supieran utilizarla, la de cosas que podía contar de su vida a través de sus imágenes.

Así estuvimos un buen rato. Ellos no se cansaban de hace clic, y yo tampoco de verlos disfrutar con aquello. Finalmente vino el Padre a buscarme. Nos invitaban a comer.

Entramos en la casita que había pensado que era la iglesia cuando llegué. En su interior no había ningún altar. Eras una superficie diáfana en la que había metido bancos de madera de los que se habían utilizado en la celebración, las sillas de plástico y una mesa redonda también de plástico. En el suelo había una palangana con agua y sobre la mesa varios platos soperos y vasos de plástico, una especie de tuper grande con varias bolas de sima, y una cazuela en la que sólo se veía salsa y una especie de palo asomando. También había una jarra con agua, pero el Padre me dijo que mejor bebiera de las botellas de agua mineral que habíamos llevado de la Misión. Allí hay mucho cólera y era mejor no tentar a la suerte. El Padre me señaló la palangana con agua que estaba en el suelo, y me dijo que era para lavarse las manos, así que me agaché y me las lavé. No había cubiertos, se comía con las manos. Una mujer me acercó el Tuper con las bolas de sima. Eran muy grandes, pero cogí una entera, como hacían los demás. El sima en sí no sabe a nada, pero llena mucho. No había nada para servir, así que esperé a ver cómo comían. Después de pasar las manos por la palangana y coger una bola de sima, tomaban con las manos de la cazuela un pedazo de gallina que dejaban en su plato y luego lo cubrían con la salsa volcando la cazuela sobre le plato. Yo ya me había servido un buen zanco cuando el padre sacó el palo que asomaba de la cazuela y me dijo que le habían dicho que era para mí. Me explicó que era la parte más codiciada de la gallina, y que en señal de hospitalidad y agradecimiento me lo daban a mí. Para ellos era todo un honor y no aceptarlo sería una falta de respeto, así que no pude decir que no. En el palo se enredaban las tripas de la gallina y las vísceras. Para ellos era un manjar y lo más valorado porque es lo que más proteínas tiene. Para mi era algo bastante difícil de comer. Empecé con el zanco, acompañándolo con la sima empapada en la salsa, y las cosas como son, tanta la gallina como la salsa estaban buenísimas. Si ya de por si la sima sacia, empapada en salsa hace desaparecer rápidamente el hambre. Yo seguía comiendo el zanco, la sima, la salsa, conversando con el padre, e intentaba mentalizarme que me tenía que comer la ofrenda que me había hecho. Ya había probado los entresijos, las gallinejas, el corazón, los riñones, el hígado, pero no me gustan. Tienen un sabor muy fuerte para mi gusto. No es que me den asco, es que no me gusta su sabor, y cuando digo que no me gusta, no es un no me gusta como el de las acelgas o las coles de Bruselas, que no me gustan pero que por si no hacer un feo hay que comérselas me las como, no, este no me gusta es más del estilo de que como me lo intente comer me pueden dar arcadas, y eso no creo que hubiera quedado bien. Si al no me gusta, se le suma que el sima se había expandido en mi estómago y no me entraba ni un pedacito más de nada, la situación se ponía todavía más complicada. Cuando ya no pude más, cogí el palo y cuando nadie me miraba deslicé la carne por el palo hasta que cayó en la salsa. La salsa cubría medio plato, así que fui distribuyendo las vísceras por el fondo del plato para que no asomaran, y coloqué los huesos del zanco haciendo peso por encima. Pensé que había salido airoso, pero el Padre se dio cuenta. Le dije que no podía más, que con la sima me había llenado. El Padre, que tonto no es, se dio cuenta que aquello era una verdad a medias, así que sin que nadie lo viera, tomó los intestinos de mi plato y se los llevó al suyo, haciendo desaparecer la prueba del delito.

Después de comer, volvimos a lavarnos las manos en la palangana, nos despedimos y nos fuimos.

Una vez regresamos a la Misión me eché una pequeña siesta y luego salí a continuar con el diario hasta que apareció la Magdalena a pedir un poco de pan. Eso ya lo he contado, pero lo que no conté fue aquel momento con la Magdalena.

Viernes 29/09/2017. Último día en una comunidad (Primera parte) – Bautizos y bodas

Viernes 29/09/2017. Último día en una comunidad (Primera parte) – Bautizos y bodas

Viernes 29/09/2017 11:25. Cafetería Perfiles. Madrid.

Ya estoy en Madrid. Como se suele decir, “Home Sweet Home”. He tardado una semana en escribir, pero no he tenido fuerzas para ello. Ridículo, lo sé. No he tenido fuerzas para coger un simple bolígrafo. Una excusa muy pobre, de hecho, ahora me estoy tomando un café en el Perfiles y me estoy forzando a escribir. Es como si el cambiar de continente me hubiera consumido. Tengo una sensación extraña. Por una parte estoy contento de estar en casa, de poder ver a mi familia y a mis amigos, de poder disfrutar de una buena ducha, de poder ir al supermercado y silenciar la ansiedad a base de chocolate y frutos secos; pero por otra parte echo mucho de menos aquellas mañanas en las que hasta que no abría el grifo no sabía si me iba a poder duchar o no, aquellos momentos en los que salía a escribir al porche y se me acercaban a saludar y a que les contara cosas de mi país, al Padre, a las hermanas, a Julia, a Natacha, a Lidiali, a las niñas de la casa de las meninas, a los chicos de la escuela agraria, las miradas curiosas y las sonrisas sinceras de los más jóvenes de las comunidades. Sabía que un viaje de este tipo iba a ser diferente, a la fuerza tenía que serlo, y no estaba seguro si me iba a marcar de alguna forma o estaría insensibilizado con tanta televisión. Sí, sí que me ha marcado. Ahora, después de haber vuelto a casa sólo puedo actuar de dos formas: o volver a encerrarme, a esconderme en la rutina, y recordar este viaje como una simple experiencia, sin más; o comprometerme e intentar ayudar a aquellas personas, pero ¿Cómo hacerlo? Quiero tomar la segunda opción, pero me abruma. No sé por dónde empezar, ni cómo. Lo que me ha llevado a coger el bolígrafo después de una semana sin palabras ha sido mi deuda con ellos. Sí así es, simplemente porque se lo debo a ellos. Ha pasado tiempo y mis recuerdos no son tan frescos, pero necesito acabar este diario para poder ordenar mis ideas; para que cuando el asfalto, la televisión y los atascos ahoguen mi conciencia, si en algún momento necesito encontrar alguna razón para algo, pueda recurrir a este cuaderno para poder recordar. Recordar que hay otra realidad, que se puede no mirar, o mirar y no hacer nada, pero que esa realidad existe y está ahí.

Va a ser mejor que continúe con el último día en Netia.

El último día en la Misión fue el martes 19 de septiembre, ya que al día siguiente amanecí en Netia, pero me fui temprano al aeropuerto de Nampula, y eso ya lo conté. No recuerdo a qué hora me levanté, pero supongo que sería alrededor de las 6.00. Había quedado con el Padre, que me iba a llevar a otra comunidad. Era una comunidad que estaba bastante alejada, hacia el interior, detrás de una de las montañas que se veía desde la Misión. Allí se iban a celebrar bodas y bautismos. A la pequeña Julia le encanta comer el sima de las comunidades, así que quiso acompañarnos, y Lidiali nos acompañó.

Una vez más el Padre puso a prueba la suspensión del todoterreno. Para acceder a la comunidad no había carretera como tal. Circulábamos por un camino serpenteante de tierra llena de baches y socavones. Durante todo el trayecto, aproximadamente entre una hora y hora y media, no nos cruzamos con ningún otro vehículo. Sí nos cruzábamos de ver en cuando con personas, que a nuestro paso saludaban. El Padre me dijo que a la comunidad a la que estábamos yendo, sólo se podía ir en época de sequía, ya que cuando llueve el camino se embarra y ni los todoterrenos pueden acceder.

A pesar de la distancia y el estado del camino, el viaje se me hizo muy ameno. La pequeña Julia estaba inspirada. Llegamos y la gente esperaba alrededor de una edificación rectangular de paredes de adobe y techo de chapa. Pensé que se celebrarían allí las bodas, pero todo estaba preparado para hacerlo en el exterior, a la sombra de unos árboles. Enfrente de una mesa plegable que hacía las funciones del altar, se ordenaban tres hileras de banquitos de madera.  A la derecha e izquierda del altar, tres sillas de plástico. Las sillas de la derecha para los animadores que colaboraban en la celebración, las de la izquierda para Julia, Lidiali y para mí. Había mucha gente. Muchísima gente. No había asientos para todos así que mucha gente se sentaba en el suelo.

Antes de comenzar la celebración, el Padre abrió un cuaderno y empezó a pasar lista. Hablaba en Macua y no entendía lo que decía, pero a medida que iba leyendo nombres de su cuaderno había gente que se iba poniendo de pie para dejarse ver. El Padre le hacía alguna pregunta, la persona respondía algo, en ocasiones el padre contestaba y todo el mundo se reía. Allí se levantaban desde niños hasta ancianos, y en ocasiones parejas. Luego el Padre me explicó que ese cuaderno era el registro de las personas que se habían inscrito para bautizarse o casarse. La inscripción la realizan los animadores, que son personas de las comunidades que colaboran con el Padre en las tareas pastorales, aunque no son sacerdotes. Se inscriben gente de diferentes comunidades cercanas y el día que el Padre va a hacer la celebración se acercan todos hasta allí. Una vez terminó de pasar lista y situar a los celebrantes en las primeras filas, comenzó la misa.

Al igual que el domingo anterior, al comenzar la celebración se acercaron desde los lados muchachas danzando al ritmo de los cánticos, y se colocaron delante, en tres filas, a la derecha, a la izquierda y enfrente del altar. Las muchachas situadas a la derecha llevaban un bebé sujeto a la espalda por una especie de pareo. Había momentos en la celebración en el que como parte de la coreografía de las danzas, arrodilladas en el suelo se inclinaban hacia delante, dejando ver las cabecitas pelonas de las criaturillas asomando por su espalda.

La escenografía, con la salvedad de que en esta ocasión se celebraba en el exterior y había mucha más gente, era muy similar a la de la misa del domingo pasado. Cánticos que sonaban muy bien y coreografías acompañando. Una celebración preciosa, con muchísimo ritmo y colorido; y de nuevo un sentimiento de tristeza e impotencia al ver aquellas camisetas de Nike, Adidas, Reeebook, Mickey Mouse, etc. ¿Cómo puede ser tan ruin el ser humano y aprovecharse de esa manera de los que menos tienen?

En un momento determinado el padre dijo algo y la gente se levantó y empezó a alejarse de dónde estábamos. El Padre me dijo que le acompañara, que iban a comenzar los bautismos. La gente se distribuyó alrededor de una especie de arco hecho con paja sobre la cual se erguía una cruz, hecha del mismo material. En el suelo dos zanjas de unos quince centímetros de profundidad, rellenas también de paja, se cruzaban formando una cruz debajo del arco. El padre me explicó que la cruz del suelo simbolizaba el camino del cristiano, y el arco con la cruz simbolizaba la entrada al reino de Dios. La persona que se iba a bautizar llegaba caminando por la paja acompañada por su padrino o madrina, quien ponía su mano sobre su hombro derecho. A la altura del arco se inclinaba hacia adelante, el Padre cogía agua de una palangana con una jarra de plástico naranja y se la derramaba al bautizado por la cabeza pronunciando unas palabras. A continuación, la persona que había sido bautizada terminaba de recorrer aquel camino de paja, cruzando por debajo del arco, simbolizando así que había dejado su vida anterior y entraba a formar parte del pueblo de Dios (espero no estar malinterpretando los símbolos, que ya ha pasado tiempo, pero creo recordar que era así). Primero se bautizaron los más pequeños. Si el pequeño no sabía andar su madre lo llevaba en sus brazos. Los niños que ya podían andar iban caminando solos, pero un adulto los alzaba en el momento de echarles el agua pro la cabeza. Luego fueron los jóvenes y por último los adultos.

Tras los bautismos volvimos a la zona de los banquitos. A cada uno de los bautizados se les ponía sobre los hombros una especie de capa blanca de papel, que simbolizaba la gracia de Dios, y se les daba una vela, que simbolizaba la luz. En el caso de los bebés, eran las madres las que sujetaban las velas.

A continuación tuvieron lugar los casamientos. En aquella ocasión se casaban tres parejas. Me había imaginado, no sé por qué, que serían parejas jóvenes, pero no, de jóvenes tenían más bien poco. Ellas se situaban en fila a la izquierda del Padre. ellos a la derecha del Padre, en frente cada uno de su pareja. Detrás de ellas se situaban las madrinas. Detrás de ellos se situaban los padrinos. Todos los contrayentes llevaban sobre sus hombros la capa blanca de papel. El Padre dijo unas palabras, ellos respondieron, me imagino que un sí quiero, y se intercambiaron unos anillos. Se cogieron de la mano. Ya estaban casados.

Al finalizar la celebración nos acercamos al coche. Mientras el Padre, acompañado por Lidiali y la pequeña Julia, conversaba con unas personas, yo me separé un poco cámara en mano para sacar alguna fotografía del lugar donde se había celebrado la misa. En cuanto levanté la cámara el mundo se paralizó. Multitud de niños, y no tan niños, me miraban curiosos desde todos los ángulos. Fue tal la expectación que no me atreví a hacer ninguna foto. Bajé la cámara, pero con eso no se diluyeron las miradas. Mucha gente, mucha, estaba pendiente de lo que yo hacía. Yo no estaba haciendo nada, y ellos tampoco, sólo mirándome. Me estaba poniendo nervioso, no era miedo, era vergüenza, nunca me ha gustado ser el centro de atención de nada, así que decidí guardar la cámara en la mochila. Fue entonces cuando vi que a mi lado había un niño, de unos 3 ó 4 años. Me puse de cuclillas para ponerme a su altura y le mostré la cámara. La pregunté si quería hacer una foto, pero el pequeño no respondió, sólo se hizo todavía más pequeño y comenzó a girarse muy despacito hasta darme la espalda, sin decir ni una palabra ni moverse del sitio. No era yo el único que tenía vergüenza allí. Me incorporé y vi que se habían acercado más niños. Se mantenían a unos dos metros de mí. Estaban quietos, y no decían nada, pero me pareció ver alguna sonrisa nerviosa escondida debajo de algunos churretes y mocos. Estiré el brazo mostrando la cámara y pregunté en alto si alguien quería sacar alguna foto. Aquellas fueron las palabras mágicas. En apenas segundos me vi rodeado de docenas de niños y niñas, de diferentes edades y tamaños que a base de empujones se hacían sitio estirando sus pequeñas manos hacia la cámara.

Viernes 22/09/2017. Continuando con la visita a la comunidad

Viernes 22/09/2017. Continuando con la visita a la comunidad

Viernes 22/09/2017. 19:42. Hotel AS Lisboa

Voy a continuar aprovechando el bolígrafo del hotel. No es que me guste mucho como escribe, pero hoy he estado dando una vuelta por el centro de Lisboa y echando algunas fotos, y me he olvidado de comprar uno.

Lisboa preciosa, como siempre y la gente de aquí amable y encantadora, también como siempre. Me encanta este país. Será porque son primos hermanos. Mañana voy a Santiago, a ver a mis hermanos, a mi cuñado y a Ángela, mi “sobrinaja”, que ganas de achuchar esos mofletes. Pero bueno, en esta parte del viaje no me voy a parar, así que seguimos con Mozambique.

Estaba contando la experiencia en la comunidad, así que con eso sigo. Aún a riesgo de caer en lo superficial, si me quedo simplemente en una valoración estética, el contraste del color de su piel, de un brillante azabache, con los colores chillones de sus camisetas, pareos y pañuelos, tenía  una belleza especial. Si vuelvo a la realidad, y recuerdo que por esas camisetas que llevaban y que nosotros donamos, ellos tienen que pagar; si recuerdo sus pies descalzos, no como una señal de respeto a la tierra que pisan, si no sencillamente por la falta de dinero para comprar calzado; si recuerdo como venían a saludarme y a darme las gracias, simplemente por el hecho de haberlos ido a ver; entonces esa belleza especial se cubre de un aurea de tristeza e impotencia. En este viaje he pasado por muchos sentimientos, pero creo que el sentimiento más amargo ha sido ese, el de la impotencia. El de una gran impotencia. Hay tantas cosas que me han parecido tan injustas. Y lo peor de todo es que soy consciente que todo apunta a que para que nosotros vivamos como vivimos, otros tienen que vivir como viven. Antes lo intuía, ahora lo tengo bastante claro. Y parece que en ese sentido todo vale. Me comentaban que hace unos años una mujer brasileña, que trabajaba en una ONG, empezó a darse cuenta de que desparecía gente en los alrededores del aeropuerto de Maputo. Era gente de allí, de Mozambique. Gente a la que parecía que nadie echaba de menos.  Gente que un día estaba, y al día siguiente ya no estaba y nadie sabía nada. La mujer estuvo tiempo tratando de averiguar que pasaba con esa gente y acabó denunciándolo. Por culpa de aquella mujer brasileña hubo gente en otros países del mundo que se quedaron sin órganos para trasplantes. Gracias a aquella mujer brasileña hubo personas de Mozambique que pudieron seguir con vida. La mujer brasileña tuvo que abandonar el país. Recuerdo cuando llegué a Maputo que vi en el aeropuerto a un muchacho albino, un trabajador del aeropuerto charlando con unos compañeros. En aquel momento pensé que aquello que había oído acerca del secuestro de los albinos tal vez sería una leyenda urbana. Pero no, no es ninguna leyenda urbana. Tampoco es algo del pasado. Sucede en la actualidad. En el país vecino, Tanzania, los albinos son considerados mágicos por la tradición, y sus órganos son muy apreciados para ciertos rituales. La nacionalidad del albino no importa, y su vida tampoco, así que cualquier país es bueno para este tipo de comercio. Es la ley de la oferta y la demanda. Yo quiero algo, si tú me lo vendes, yo te lo compro. Sólo son negocios. Pero esto no es algo que pase sólo en Mozambique. Mozambique de hecho debe ser de los países africanos más seguros, y este tipo de prácticas son perseguidas por el estado, pero siempre hay quien está dispuesto a saltarse la ley por ganar dinero. Lo preocupante desde mi punto de vista, es que esto exista y en la otra parte del mundo podamos dormir tranquilos porque nos queda lejos de nuestra almohada.  Y si tenemos que hacer cola una noche entera para comprarnos el último iPhone lo hacemos encantados, porque las barbaridades que se hacen en las minas de coltan, con niños trabajando como esclavos en condiciones inhumanas, para que nosotros podamos lucir el último modelo, no nos va a quitar el sueño. Basta con no mirar. Basta con no querer mirar.

En fin, sigo con la misa en la comunidad, que el tiempo y la memoria juegan en contra mía y todavía me quedan cosas que contar.

La habitación se había llenado. La gente se repartía sentada en el suelo. Sinceramente no sé si hubo alguna seña del Padre para anunciar el comienzo de la misa, pero de repente se levantaron todos y comenzaron a cantar. Un animador ayudaba al Padre, marcando el compás de los cánticos con las manos como si llevara una batuta. De las dos puertas, situadas enfrente comenzaron a entrar muchachas bailando, y se fueron distribuyendo en primera fila, enfrente y a los lados de donde se encontraba el altar. El espacio no era muy grande, y allí había mucha gente. Tenía muy cerca a una de las muchachas que bailaban, tan cerca que tenía miedo de obstaculizarla, así que retiré un poco más la silla para dejarle algo más de espacio.

La misa se celebró en macua, y sólo en la homilía el padre habló también en portugués, supongo que para que lo pudiera entender yo.

El padre me había dicho que podía sacar fotos, y alguna que otra saqué, pero cada vez que me movía un poco se multiplicaban por 20 los ojos que se detenían en mí, especialmente los de los más pequeños, así que opté por no sacar muchas fotos. Toda la celebración fue acompañada de cánticos y bailes. La verdad, fue muy bonito. Nada que ver con las celebraciones de mi país.

El sol pegaba con fuerza sobre el techo de chapa de la iglesia, y hacía mucho calor. La condensación del aire dificultaba la respiración.

Hubo varios momentos que recuerdo especialmente. Una madre dando de mamar a sus pequeños durante la celebración, algo que si pasase en mi país se condenaría, cuando allí era de lo más natural. La muchacha que bailaba al lado de mía, que había permanecido impasible y sin mirarme durante toda la misa, pero que cuando llegó el momento del rezo del padre nuestro se juntó más a mí, como quien no quiere la cosa, para escuchar como sonaba el padre nuestro en español. El momento de darse la paz cuando, especialmente los más jóvenes, se amontonaban para darme la mano.

Después de la misa nos despedimos y nos fuimos. Me dijo el Padre que normalmente se hubiera quedado a comer con ellos en la comunidad, pero como teníamos que llevar a la Hermana Aurora al aeropuerto de Nampula, andábamos muy justos de tiempo. En aquel momento me dio mucha pena, me hubiera encantado quedarme a comer con ellos, pero esa no fue la última oportunidad que tuve, y pude vivir esa experiencia más adelante.

El resto de ese día ya lo he contado. Fue cuando a la hora de comer empecé a encontrarme mal y por la tarde acompañamos a la Hermana Aurora al aeropuerto de Nampula.

Ya sólo me queda por contar mi último día en Netia. Un día que tiene mucho que contar (cada vez que recuerdo lo de la niña que llevamos a urgencias se me parte el alma), así que voy a bajar a ver si ceno algo y luego sigo (tenía que haber comprado un bolígrafo decente).

Jueves 21/09/2017. Visitando otra comunidad

Jueves 21/09/2017. Visitando otra comunidad

Jueves 21/09/2017. 8:02. Terminal internacional del aeropuerto de Maputo.

Acabo de embarcar en el avión con destino a Lisboa. Tengo sentimientos contradictorios. Por una parte me da una pena enorme abandonar este país y dejar aquí al Padre, las Hermanas, la pequeña Julia, Natacha y Lidiali, los chicos de la escuela, las niñas de la casa de las meninas; y por otra parte estoy deseando escapar de aquí. Hoy en el control del aeropuerto intentaron robarme. Fue el equipo de seguridad del aeropuerto y la policía. Me imaginaba que algo así podía pasar, así que después de desayunar en una cafetería del aeropuerto le dejé al camarero todos los meticales que me quedaban (excepto un billete de 20 que me llevé de recuerdo) de propina. Como siempre suelo hacer, antes de pasar el arco de seguridad, deposité todo lo que llevaba metálico en la mochila, y cuando pasé por el detector de metales no pitó, aun así me pidieron que pusiera los brazos en cruz y me empezaron a cachear. En cada bolsillo que tocaban algo me preguntaban que llevaba ahí, y yo siempre decía papeles, y me los hacían sacar para mostrarles que no llevaba dinero. Así fue con todos los bolsillos. Al no detectar ningún billete, el hombre que me cacheó me indicó que me fuera a una mesa situada en un lateral, apartándome del camino del resto de los viajeros, e hizo una seña con la cabeza a unos policías. Se me acercó un hombre, personal de seguridad y me pidió el pasaporte mientras nos acercábamos a la mesa. Al ver que era español me empezó a llamar Manolo. Al llegar a la mesa el hombre se puso enfrente mía, al otro lado de la mesa, custodiado por dos policías.  Con el pasaporte en la mano empezó a preguntarme cuantos meticales estaba sacando del país. Yo sabía que estaba prohibido sacar divisa nacional del país, así que le dije que nada, que lo poco que me había quedado lo había dejado en el bar de propina. Hasta ese momento todo podía parecer normal. No se puede sacar meticales y por meticales me estaba preguntando, pero de los meticales pasaron a preguntar por los euros. Querían saber cuántos euros llevaba encima. Yo le dije que ninguno, aunque sí llevaba cerca de 100 euros en la cartera, metidos en la mochila. No tenía ninguna duda que, si hubiera reconocido tener euros, me hubiera quedado sin ellos. ¿Para qué querían saber si llevaba euros sino? Temía que me pidieran abrir la mochila y descubrieran la cartera, pero no fue así, simplemente me preguntó cuándo tenía pensado volver a Mozambique, yo le respondí, con la mejor sonrisa que pude mostrar, que esperaba que pronto, porque me había encantado. Me devolvió el pasaporte y me deseó un buen viaje. Que difícil debe ser vivir en un país donde no te puedes fiar de los funcionarios públicos.

Bueno, yo a lo mío. ¿Por dónde voy? Vale, ya lo he visto, me queda por contar el domingo 17 por la mañana, cuando fuimos a una comunidad; y el martes 19 casi completo.

De ayer hay poco que contar. Me levanté a las 5:00, hice la maleta, desayuné y a las 6:00 aproximadamente vino el padre a buscarme para llevarme al aeropuerto. No hubo mucho tráfico y llegamos cerca de las 8:00 al aeropuerto. El avión salía a las 9:20, así que facturé, compré un paquete de cigarrillos y tras unos minutos conversando con el Padre (que gran hombre) embarqué. Llegué a Maputo a las 11:30 pasadas y cogí un taxi para ir al hotel. El Hotel Avenida está situado en la avenida de Julius Nyerere, una de las zonas bien de Maputo. Lo primero que hice nada más llegar fue darme un baño. Después dormí un poco. Tenía más sueño que hambre. A eso de las 15:30 vino al hotel a despedirse la hermana Aurora con una amiga. Era el último día del congreso y por la noche regresaba a Nampula. Después de la visita de la hermana volví a la habitación. Me puse una película en la Tablet y cuando acabó continué con el diario, hasta que me pudo el hambre. Llamé al servicio de habitaciones y pedí una ensalada y un plato de pollo estilo norecuerdoqué y de postre un pedazo de tarta de zanahoria. Estaba todo muy rico. Después de cenar iba a continuar con el diario, pero me dio pereza, así que me puse otra película y me quedé dormido.

Hoy me levanté a las 5:00, porque tenía el transfer del hotel al aeropuerto a las 6:00 y antes tenía que hacer el checkout. Llegamos al aeropuerto muy rápido, facturé, pasé por el mal rato al pasar el control de seguridad, y una vez pasado enseguida embarcamos.

Ahora tengo por delante 10 horitas de avión, así que a ver si me da tiempo a terminar de contar lo que me falta.

Voy a continuar con la mañana del domingo 17.

El domingo me levanté un poco más tarde, a las 7:30. No había pasado una buena noche. Me había despertado varias veces con sudores fríos y malestar en general. No parecía que tuviera fiebre, pero me dolía todo el cuerpo. Cuando me levanté parecía que se me había pasado.

Desayuné y salí un rato fuera. En la Misión hay una iglesia. La iglesia se levanta en el medio de los terrenos de la Misión, y destacaba por su tamaño del resto de las edificaciones. Desde fuera se aprecia una doble altura, pero me imagino que por dentro será una única planta de techos altos. La iglesia está revestida de ladrillos rojizos, y estrechos ventanales con cristales de colores azul, verde, rojo y amarillo. Hay varias ventanas sin cristales. En la parte frontal hay un sencillo pórtico, sujeto por 6 columnas blancas que dan sombra a 3 modestas puertas de madera, al cual se accede a través de 4 escalones.

Le había preguntado a la hermana si los domingos se celebraba misa y me dijo que misa como tal no, ya que los domingos el Padre iba a las comunidades, pero que hacían una celebración. Tenía curiosidad por ver esa celebración y me hubiera gustado verla, pero no pude, ya que el Padre me vino a buscar por si quería acompañarle a ver cómo era una misa en una comunidad, y no me pude resistir.

Nos adentramos con el 4×4 por un camino tortuoso, hacia el interior, apartándonos de la carretera principal. El cáliz dorado que el Padre había colocado entre los dos asientos de delante daba saltos con cada bache. Camino de la comunidad le pregunté al Padre si todos los domingos iba a celebrar la misa con las comunidades, y me dijo que su parroquia la componen 114 comunidades, muy alejadas unas de otras, y aunque intentan agruparse aquellas comunidades que se encuentran cerca unas de otras, para la misa, el año no tiene suficientes domingos para visitarlas a todas, así que celebra la misa cualquier día de la semana, dando prioridad en tiempos de sequía a las comunidades más aisladas, ya que en época de lluvias es imposible acceder a ellas. Tras unos 40 minutos dando botes por los baches, llegamos a la comunidad. El Padre me dijo que se iban a llevar una sorpresa, porque no me esperaban. Y así fue. En cuanto bajamos del coche pude sentir multitud de miradas puestas en mí, y no me extraña, allí no había playas paradisíacas, ni hoteles de lujo, ni televisión, mi internet, ni periódicos. Allí no había nada, ni la más mínima comodidad, y por supuesto tampoco había agua ni electricidad, por lo que para muchos de ellos yo era el primer blanco que veían en su vida. Me mantuve al lado del Padre, y a medida que se iban acercando a saludar al padre también estrechaban mi mano con una sonrisa que transmitía amabilidad y, aunque no entendía por qué, agradecimiento. Más tarde lo entendería. Aunque suene raro, al menos para mí, estaban agradecidos por el simple hecho de haberlos ido a ver. Allí nadie va a visitarles. Ellos no existen para mucha gente.

Nos metimos en una especie de casita rectangular, de las de pared de ladrillo de adobe y techo de chapa. Dos huecos a cada lado, en la parte frontal, hacían de puertas. El suelo era de cemento y al fondo, centrado con las puertas, se levantaba un sencillo altar de obra. Era la iglesia. El Padre me indicó que me sentara a su lado, en una silla de plástico, parecida a la de los chiringuitos de playa. La silla del padre y la mía eran las únicas que había. El Padre se puso encima de su ropa una túnica blanca (no sé como se llama) y una estola, que había sacado de su viejo maletín, y depositó el misal encima del pequeño altar. Poco a poco la estancia se fue llenando. Multitud de jóvenes y no tan jóvenes, se iban sentando en el suelo. Me sentía observado. Me sentía muy observado.

Antes de comenzar la celebración, el Padre se dirigió a los asistentes para presentarme. Lo hizo en portugués y en macua, porque no todos los allí presentes habían ido a la escuela. El Padre les dijo que yo había ido a visitarlos desde España, en Europa, para conocerlos y estar con ellos. Les dijo que España era un país mucho más desarrollado que Mozambique y que había dejado las comodidades de mi país para ir hasta allí y que me daba las gracias por ello. No pude evitar sentirme culpable. No me sentía merecedor de aquellas palabras. Yo sólo estaba pasando unos días de vacaciones. Yo me iría, pero ellos se quedarían allí, sin casi nada. El Padre les dijo que me podían preguntar lo que quisieran. Me hicieron varias preguntas acerca de mi familia, si estaba casado, si tenía hijos, mi profesión, etc. Respondiendo a una de sus preguntas, sinceramente, no recuerdo cual, les dije que era yo quien les tenía que estar agradecido a ellos por haberme dado la oportunidad de conocerlos y que si, como la mayoría de los turistas que visitan Mozambique, hubiera ido del aeropuerto internacional de Maputo a un hotel de 5 estrellas y de ahí a los chiringuitos (regentados por y para europeos) de las playas paradisíacas de los archipiélagos, hubiera dejado de conocer otra realidad que también existe, y entonces uno de ellos, un señor mayor, me respondió que ellos no saben cómo es Maputo. Era cierto, ellos no podían comparar. No sabía, no conocían lo que había más allá de su comunidad, o como mucho de las comunidades cercanas. No tenían televisión. No tenían periódicos. No tenían Internet. No sabían o al menos nunca había visto, que hay lugares en el mundo donde la electricidad se utiliza, entre otras cosas, para iluminar vestidos o zapatos detrás de enormes escaparates; o que hay una cosa que se llama piscina, que básicamente se utilizan para refrescarse y pasar el rato; eso por no hablar de que hay sitios donde existe un sanidad y una educación digna; o que está de moda la comida ecológica, que no es más que alimentos cultivados como lo hacen ellos, de forma natural, sin química. Sé que puede haber quien piense, “Mejor para ellos si no conocen. Ojos que no ven, corazón que no siente”, pero me parece una reflexión cobarde. No ver una realidad no quiere decir que no exista, y pensar así me hace dudar por quién lo están diciendo, si por los que no pueden ver, ellos; o por los que no quieren ver, nosotros.

La celebración fue muy especial, nada que ver con las celebraciones que he visto hasta entonces.

Me estoy quedando sin tinta y el bolígrafo apenas escribe. Lo único que hago es rallar la hoja. Voy a tener que dejarlo aquí, y bien que lo siento, todavía me quedan más de 9 horas de viaje por delante. En Lisboa compraré un bolígrafo para continuar, que a este paso no voy a acabar nunca el diario.

Miércoles 20/09/2017. Siguiendo con la visita a Illa de Mozambique y la sorpresa de las meninas

Miércoles 20/09/2017. Siguiendo con la visita a Illa de Mozambique y la sorpresa de las meninas

Miércoles 20/09/2017. 17:36. Hotel Avenida. Maputo.

Ya estoy en Maputo. Antes de salir de Madrid había reservado una habitación en el Hotel Avenida, un hotel de 5 estrellas y ahora tengo un remordimiento enorme. Creo que algo me ha hecho “clic” dentro con este viaje.

He llegado a Maputo alrededor de las 12:00 y he tomado un taxi en al aeropuerto para venir directamente al hotel. Lo primero que he hecho ha sido darme un baño, de esos con espuma, he conectado la Tablet a la Wifi y me he dado una vuelta por los periódicos digitales de España. Parece que la situación en Cataluña es cada vez más tensa. No sé cómo va a acabar todo esto.

Todavía no he comido. Cuando venía en el taxi he visto un PizzaHut unas cuantas calles más arriba, y tenía pensado acercarme por allí para comer un poco de comida basura, pero me ha comentado que hace unas semanas a un chico español que paseaba por la zona le paró la policía, le pidió el pasaporte para identificarse, él se lo dio, y se lo quitaron, y para devolvérselo le pidieron dinero. Le cogieron la cartera y le quitaron todo el dinero que llevaba encima, así que he preferido esperar un poco y pedir la cena al servicio de habitaciones. No quiero irme de este país con un mal recuerdo.

Anoche, antes de la cena en casa del padre, tuve una de esas experiencias que no podrá olvidar el la vida. Tuvimos que llevar a otra niña al hospital, al servicio de urgencias, y había que estar allí para creer lo que pasó. Llevo mucho retraso con el diario, y sinceramente, esto no creo que se le olvide, así que voy a continuar con la visita a Illa Mozambique, y cuando cuente el día de ayer, contaré lo de la niña.

Voy a continuar con la visita a la Illa de Mozambique.

Al llegar a la isla, lo primero que me llamó la atención fue el puente que unía la isla con el continente. Tenía una longitud de unos 3 kilómetros, y tan sólo un carril, por el que circulaban vehículos en ambos sentidos. Para facilitar el paso, cada pocos metros se abrían huecos a un lado de la carrera, con espacio para unos tres vehículos, de tal forma que cuando coincidieran dos vehículos en sentido contrario, uno de ellos se pudiera apartar, metiéndose en ese hueco, para permitir el paso del otro vehículo. Para tratar de minimizar el caos, tanto a la entrada del puente como a la salida, unos hombres comunicados con walkie talkie controlaban el acceso al puente en ambos extremos. A la ida no tuvimos mayor problema para cruzar el puente, pero a la vuelta sí pillamos un pequeño atasco hacia la mita del puente que nos tuvo unos minutos retenidos.

La Illa Mozambique fue el primer lugar al que llegaron los portugueses y fue la primera capital del país. En sus edificaciones se puede apreciar un estilo colonial que, debido a la falta de mantenimiento, se envuelves en un manto de decadencia que transmite una belleza especial.

Nada más cruzar el puente, la hermana le dijo al señor Méndez que diera una vuelta alrededor de la isla, para que la pudiera ver. Rodeamos la isla por el sur, rodeando con el coche el cementerio musulmán. Desde la costa más oriental se podía ver la isla de San Lorenzo, donde había un imponente fortín (el fortín de San Lorenzo) levantado para defender el sur de la isla. La isla de San Lorenzo está relativamente cerca, y cuando baja la marea se puede llegar a ella caminando. Parece ser que el fortín, fue utilizada también como una cárcel, donde encerraban a los esclavos. La esclavitud fue un negocio muy lucrativo del que no se sólo se beneficiaron los europeos. Los europeos compraban los esclavos a los comerciantes locales, que hacían negocio con la población más pobre. Obviando los latigazos, y encarcelamientos, no veo que haya cambiado mucho el modelo de negocio actual. Las multinacionales contratan los servicios locales para conseguir mano de obra barata con unas condiciones laborales precarias.

Al terminar de rodear la isla por la parte sur y volver a la altura del puente, nos detuvo un policía. El policía se acercó con una gran sonrisa, una sonrisa que me parecía familiar. Lo primero que pensé es que el pobre agente tendría sed, y nos pediría dinero para algún refresco, pero no fue así. Tan sólo nos apercibió porque habíamos rodeado la parte sur metiéndonos por dirección prohibida. Por esta vez sólo nos avisaba.

La Illa de Mozambique está considerada por la UNESCO como patrimonio de la humanidad y es un destino turístico, de hecho, fue el primer sitio en todo el viaje en el que pude ver turistas. No es un tipo de isla como es por ejemplo Zamzibar, con playas paradisíacas y chiringuitos de ensueño, pero sí me pareció una isla preciosa y digna de visitar.

De la parte sur fuimos a la parte norte, y nos detuvimos al lado de la fortaleza de San Sebastián. Nada más bajar del coche se nos acercó un muchacho que intentó vendernos unas monedas antiguas. Según nos dijo las monedas se las vende un hombre que vive en la isla de Goa (entiendo que se referirá al farero, porque en la isla de Goa que yo sepa no hay más que un faro), que consigue las monedas de los barcos que naufragaron por la zona, y que cuando necesita dinero las trae a Illa Mozambique para venderlas. Aquella historia me pareció, como poco, rocambolesca, y más teniendo en cuenta que posteriormente intentaron varios muchachos más vendernos las mismas monedad antiguas.

Fuimos a visitar el museo de la Illa de Mozambique (Palacio de los Capitanes Generales). El palacete fue construido por la Compañía de Jesús como un colegio, pero posteriormente, tras la expulsión de la Compañía de Jesús se convirtió en la residencia del gobernador, hasta que cuando la capital del distrito pasó a Nampula, la gobernación fue trasladada y el palacete se convirtió en residencia para el presidente de la república de Portugal o sus ministros para cuando visitaran la colonia.

Cuando llegamos al museo no había nadie en la puerta. Nos asumamos dentro, y entramos hasta el patio. Nadie apareció. Volvimos a la puerta y apareció un joven que nos vio entrar y nos dijo que el hombre estaba por aquí, pero que debería estar mostrando el museo a alguna visita. Aprovechó la ocasión para intentar vendernos algunas monedas antiguas. Al cabo de unos minutos apareció el “guardián” del museo. Venía de la calle. Pagamos las entradas y nos hizo de guía por el museo. Nos mostró una a una todas las habitaciones y nos fue explicando quienes eran cada uno de los retratos que colgaban de las paredes. El palacete tenía tres habitaciones de invitados, la habitación del gobernador y su esposa, la habitación de los reyes de Portugal (nunca utilizada por un monarca), dos cocinas, un comedor con una mesa enorme, una sala de espera, el despacho del gobernador, el tocado de la mujer del gobernador y una sala de juegos.  Ahora que me doy cuenta, o no nos lo enseñaron o no recuerdo haber visto ningún baño. Fue una visita muy interesante, me gustó. Según nos dijo el guía, hacía unos meses que había robado del museo unas piezas de oro que había. No me extraña, teniendo en cuenta que sólo hay una persona que hace de vigilante y guía.

Después de la visita dimos un paseo hasta el final del embarcadero situado en frente del museo. El embarcadero se estaba vistiendo de gala. Un muchacho trenzaba banderines multicolores de un lado a otro del paseo, mientras un compañero sujetaba una inestable escalera. Era la víspera del aniversario de la isla, y se esperaba una gran afluencia de visitantes para celebrar su 199 cumpleaños.

En la mitad del embarcadero había montada una terraza donde varios turistas descansaban disfrutando de las vistas. Eran los primeros blancos con los que me había cruzado desde que había llegado a Nampula (con la excepción de la hermana Comboniana Mai María).

Llegamos hasta el final y allí tres muchachos se divertían realizando saltos acrobáticos para zambullirse en el agua desde el embarcadero. Realmente lo hacían para divertirse, porque allí no había turistas.

Saqué un par de fotos de la isla vista desde el embarcadero y nos fuimos a comer.

El restaurante estaba a pie de playa. Lo regentaba un portugués y estaba muy bien cuidado. Se entraba desde la calle a un recibidor muy amplio y diáfano, con una barra a la derecha y mesas bajas a la izquierda. Cruzando el recibidor se salía a los jardines. Los jardines se dividían en varios reservados con capacidad para 6 ó 7 meses amplias. Nos metimos en uno de los reservados y nos ocupamos una de las mesas libres. Desde mi sitio se podía ver la playa. Vino en seguida el camarero a atendernos. El camarero era mozambiqueño y era un verdadero profesional. Tenía a todos los comensales que no rodeaban en el bolsillo, y no me extraña, era de trato muy agradable, y muy simpático. Cada vez que se acercaba a una mesa les arrancaba unas carcajadas, incluida la nuestra. La hermana y yo pedimos pescado, y el señor Méndez pidió frango (pollo). De entrante pedimos una especie de empanadillas, mita de carne mitad de pescado, y estaban realmente deliciosas. Para compartir pedimos 3 brochetas de gambas y pescado que vimos llevar a otra mesa y tenían una pinta estupenda. De postre pedimos un trozo de una especie de bizcocho típico de allí. No recuerdo de qué era pero estaba muy rico. Todo estaba muy rico. Para acabar me pedí un café.

Cuando llegamos nosotros sólo había dos mesas ocupadas, pero poco a poco se fue llenando. Todos los comensales eran turistas, la mayoría portugueses, excepto en una mesa que había con un portugués un mozambiqueño, pero un mozambiqueño de esos con barriga, reloj y cadena de oro, que presentó a su acompañante al dueño del restaurante.

Mientras comíamos, unas niñas llegaron por la playa y se subieron a un pequeño barco pesquero que se encontraba anclado a escasos metros de la orilla. Desde mi sitio podría haberles robado una foto, pero preferí acercarme y pedirles permiso. Me dijeron que sí, y les saqué un par de fotos. Al poco tiempo llegaron más niños y el pequeño pesquero se transformó en un navío pirata tomado por los niños de nunca jamás. Sólo faltaba Peter Pan.

Cuando acabamos de comer, con la excusa de ir al baño me acerqué a la barra del recibidor para pagar, ya que de otra forma no me hubieran dejado. Le pregunté al duelo si podía pagar con euros, y me dijo que podía ser, pero que aceptaban tarjetas. Ya había tenido problema para pagar con tarjeta en el restaurante de Nampula, pero probé por si acaso, y esta vez sí la aceptó. A la tercera va la vencida y por fin les pude invitar. Al cambio fue algo más de 40 euros, entendí entonces por qué allí sólo había turistas. 40 euros a nosotros nos puede parecer que está bien, pero allí, teniendo en cuenta que el sueldo medio es de 80 euros al mes, es una pequeña fortuna.

Llegamos a Netia de noche, alrededor de las 18:00. La hermana me dijo que si no estaba muy cansado, cuando encendieran el generador, las niñas de las casas de las meninas me tenían preparada una sorpresa, y así fue, después de cenar encendieron el generador y me vino a buscar la Hermana Aurora.

Habían puesto una silla en el porche y me dijo la hermana de que sentara. De la oscuridad comenzaron a salir las niñas, que entre risas nerviosas se fueron ordenando por tamaños delante de mí. Se adelantó una de las niñas. Era de las mayores, debía tener unos 14 años. Primero me dio las gracias por haberlas ido a visitar y tras decir algo, que no entendí, a sus compañeras, comenzaron a cantar. Tras la primera canción el baile acompañó a los cánticos. Ni que decir tiene que el espectáculo era precioso. Y claro está, lo que más temía sucedió, una de las niñas más pequeñas se me acercó y me tendió las manos. Era la hora de hacer el ridículo una vez más. Lo intenté, Dios sabe que lo intenté, pero el lastre de la timidez y la vergüenza, unido a la más absoluta carencia de ritmo solo sacaron de mí una especie de movimientos que más que bailes debieron parecer espasmos. Oí risas, y no me extraña, yo también me hubiera reído. Poco a poco fue reduciendo los espasmos hasta un sutil movimiento de la pierna derecha, como si aquello se pudiera convalidar como una especie de amago de baile, y allí me quedé, de pie, delante de más de 40 niñas, disfrutando con sus bailes y canciones, y yo allí parado, delante de ellas, movimiento una pierna en un intento desesperado por seguir el ritmo. Muy triste. Aquello debía ser nuevo para ellas. Allí tienen el ritmo en la sangre, y yo nací sin ritmo. Les debió divertir, así que vino otra niña a volver a intentarlo. “De perdidos al río” me dije, y recordando viejos tiempos, como si de una bachata se tratara, comencé a darle vueltas a ritmo de salsa. No es que sepa o hubiera sabido bailar salsa, pero me parecía más apropiado intentarlo con la salsa que con el chunda chunda. Aquello les hizo gracia y se animaron más, y con ellas yo, así que una vez ignorada la vergüenza comencé a moverme como Mc Hammer en sus mejores tiempos, o eso creí yo. La niña que me había sacado a bailar comenzó a acompañarme moviéndose igual (aunque mejor), y el resto de niñas comenzaron a gritar, a reírse, y aplaudir, y nos acompañaron con el baile. Se lo estaban pasando bien. Y creo que en aquel momento entendieron que yo también, y que si parecía tan soso era porque soy tímido, no porque no me gustase la sorpresa que me había preparado.

Delante de mí veía mucho más que unas niñas, veía el futuro, y así se lo intenté transmitir. Les pregunté si querían que les dijera un secreto y respondieron al unísono que sí. Les pregunté si les gustaba el mundo en el que vivían. Al principio no sabían muy bien que responder. No conocían otro mundo más que el suyo. Les volví a preguntar, pero esta vez condicionando un poco más la respuesta, adornando la pregunta con la mentira, la corrupción, la injusticia y la pobreza. Obviamente respondieron a coro que no. Les dije entonces que les iba a decir un secreto, que ellas tenían la llave para cambiar esas cosas del mundo que no les gustaba, les pregunté si sabían por qué y respondieron que no. Entonces les pregunté cuántos hijos tenían pensado tener. Se rieron, y comenzaron a decir diferentes números: 10, 4, 8, 5, etc. Me quedé con 5, para facilitar el cálculo, y les dije que en la casa de las meninas había aproximadamente 50 niñas, y que de media cada una de ellas iban a tener unos 5 hijos, por lo que entre todas ellas tendrían unos 250 niños. Soy consciente que no me siguieron con el cálculo, pero se rieron al oír lo de los 250 hijos y sí eran conscientes que esos eran muchos hijos. Continué diciéndoles entonces que si ellas, como madres, educaban a sus hijos con valores de honradez, justicia, dignidad y respeto, 250 niños eran un buen número para comenzar a cambiar las cosas. No hubo respuesta. Ni risas. Sólo hubo silencio. Puede que todavía fueran muy niñas, o puede que les sea muy difícil hablar de futuro cuando desde que nacen sólo tienen el ahora.

Para finalizar me dedicaron unas palabras de agradecimiento. Una vez más me estaban dando las gracias simplemente por el hecho de haber ido a conocerles. A continuación, representaron una breve obra de teatro contando la historia de una madre que finge la muerte de su hija para recibir dinero por el duelo de sus vecinos, y que al final la descubre. La moraleja era que el dinero ganado a base de mentiras no es bueno, y que hay que ganarlo con honradez.

Tras la representación las niñas querían seguir cantando, pero la hermana les dijo que era tarde y tenían que descansar, así que cantaron la última de despedida y se retiraron al internado.

Aquella noche me dormí una vez más pensando en lo injusto que es el mundo. No pasé una buena noche, de hecho, me desperté varias veces con sudores fríos.

Por ahora lo dejo aquí, que el estómago se me va a volver reversible. Voy a ver si pido algo al servicio de habitaciones. Luego sigo.