Comienza la temporada de lluvias en la meseta de Mwaka Mpyacasi. Tras once meses de sequía, la tierra resquebrajada se abre para recibir el agua que le permita sobrevivir el resto del año. Con las primeras lluvias resucitan numerosos arroyuelos que fluyen hacia el sur, a través de las montañas. Los riachuelos se unen y crecen hasta convertirse en el gran Mto Wa Matumaini.

Anegada por la lluvia, a trescientos metros sobre el nivel del mar, la meseta se envuelve en una densa bruma. Las conciencias asoman tímidamente a través de la neblina. Sus capullos, cerrados por el frío aire de la noche, se abren lentamente con las primeras luces y villancicos, obsequiando con su fragancia a las buenas intenciones que como cada Navidad acuden a refrescarse en las aguas del río.

Una gran extensión de frondoso bosque bordea el Mto Wa Matumaini, atrayendo a los propósitos de año nuevo, que con sus largos cuellos alcanzan los nutritivos brotes nuevos de las copas más altas. Cuando se es así de grande se necesita un corazón fuerte para bombear sangre a través de un cuello tan largo, sólo para llevar oxígeno al cerebro. Esto hace que su presión sea el doble que la de la mayoría de los deseos.

Las dietas y los idiomas son los propósitos más grandes de la tierra, pudiendo alcanzar los 230 centímetros cúbicos en su edad adulta. Los dejar de fumar y hacer ejercicio vagan en grupos familiares independientes, pero todos los años, tras el sorteo de la lotería de Navidad, se congregan a las orillas del Mto Wa Matumaini. Por suerte para la supervivencia de la especie, los diferentes clanes de propósitos viven juntos y en paz. No compiten ni por el territorio ni por la comida.

La solidaridad es la matriarca de su clan, un clan en extinción por la superpoblación de los Yoismos que amenazan su permanencia en la meseta, obligándoles a trasladarse a una zona cada vez más en el interior del bosque, donde escasean los alimentos y el agua.

Esta mañana la solidaridad apenas puede mantenerse en pie. Su clan rodea a la matriarca tratando de sujetarla, mientras un pequeño esfuerzo frota su hinchada barriga con un manojo de plantas. La matriarca se revuelve para conseguir un poco de espacio a su alrededor. Con sus patas temblorosas intenta permanecer erguida mientras se retuerce sobre su estómago emitiendo un desgarrador quejido. La purga empieza a hacer efecto y su barriga comienza a desinflarse a medida que, agónicamente, consigue expulsar una excusa imposible de digerir:

                -Yo solo no puedo cambiar las cosas.

Al frente de su clan, como todas las Navidades, la solidaridad continúa su viaje, atravesando la meseta de Mwaka Mpyacasi, siguiendo el curso del gran Mto Wa Matumaini.

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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