– Señores, señores, por favor, tengan la bondad. Les ruego un poco de silencio.

Miembros del álgebra, la aritmética y el cálculo habían acudido de todos los rincones del mundo a la asamblea. Había una gran expectación y, por qué no decirlo, preocupación por el tema que allí se trataba: el progresivo crecimiento del número π y sus fatales consecuencias para el universo matemático.

–Tiene la palabra la interrogación –continuó diciendo el presidente.

–Con la venia –contestó cortésmente la interrogación–. Que nuestro colega π padece un sobredimensionamiento y que eso conlleva un gran peligro es algo evidente, sinceramente, no creo que debamos seguir perdiendo más tiempo en este punto. Lo que realmente nos tenemos que preguntar es: ¿Podemos hacer algo para corregirlo? ¿Existe alguna solución para este problema?

–Me temo que ninguna –respondió el signo menos-. Llevamos todo el día debatiendo y no encontramos ninguna solución. π no hace nada más que crecer y crecer, y así seguirá hasta que explote y nos arrastre a todos con él. Asumámoslo ¡Será el fin de las matemáticas!

–Seguro que hay una solución –replicó el signo más–, es más, ¡Tiene que haber una solución! Lo único que tenemos que hacer es encontrarla.

–De nada sirve perseguir quimeras -dijo la división-. Propongo que aquellos que estén de acuerdo con el signo más continúen con el debate y el resto abandonemos la asamblea.

–¡Discrepo! –exclamó la multiplicación-. Ante un problema como éste debemos permanecer unidos, al fin y al cabo, es un asunto que nos afecta a todos.

–Caballeros, caballeros, por favor –dijo el signo igual–. Llevamos todo el día discutiendo sobre el futuro de nuestro colega y todavía no le hemos oído pronunciarse. Considero que, como cualquiera de nosotros, tiene derecho a dar su opinión.

–El signo igual tiene razón, por favor señor π, tenga usted la bondad –dijo el Presidente señalando el estrado.

π, que hasta aquel momento había permanecido fuera de la sala asomando la cabeza por la puerta, se dirigió muy lentamente hacia el atril, arrastrando pesadamente su cuerpo sobre una alfombra roja que con cada paso desaparecía bajo sus pies Apenas asomaba por la puerta una parte minúscula de sí mismo cuando ya había ocupado prácticamente toda la tarima. El sudor de su frente, sus mejillas sonrojadas y la respiración entrecortada delataban el gran esfuerzo que aquella peregrinación había supuesto para él. Sus costuras, tensas y muy forzadas, amenazaban con ceder en cualquier momento.

–Señor Presidente, estimados colegas –comenzó a decir π todavía jadeante–. Siento mucho ser el foco de sus preocupaciones. Nací siendo un 3, fruto de la relación entre una circunferencia y su diámetro. Era un poquito más grande que los 3 de mi edad, pero eso en principio no supuso ningún problema. Con el tiempo pasé de ser un 3, a ser un 3’1416, luego un 3’1415926, más tarde un 3’14159265359 y así hasta los más de 2,7 billones de dígitos que actualmente me siguen y me persiguen. Comprendo la preocupación de los miembros de la asamblea, pues a este ritmo habrá más números en mi interior que en todo el universo matemático y mi desbordamiento provocaría un hecatombe en las ciencias sin parangón, pero les aseguro que no soy capaz de controlarlo, y créanme que lo he intentado. La dieta del redondeo no me ha funcionado, y la realidad es que sigo creciendo y creciendo sin control. Sinceramente, no sé qué hacer para repeler las cifras, y créanme que lo intento.

Aquellas palabras acompañadas de las lágrimas que comenzaron a brotar de sus ojos enmudecieron el auditorio. El crecimiento de π preocupaba a los asistentes, pero π no era un mal número y todos lo sabían. Quien más o quien menos todos los allí presentes habían formado parte de una forma o de otra en algún problema sin resolver y eran conscientes de la frustración que eso suponía.

Tras unos minutos en silencio finalmente el presidente tomó de nuevo la palabra.

–Caballeros, me temo que nos encontramos entonces en el mismo punto que cuando comenzamos esta reunión. Con un gran problema y ninguna solución. Es inútil que sigamos alargando por más tiempo esta asamblea. Como dice nuestro colega el signo menos no nos va a quedar más remedio que asumirlo, las matemáticas están perdidas. Así que si nadie tiene nada más que añadir…

–Un portero – se escuchó decir desde el fondo del hemiciclo.

Todos los asistentes se giraron buscando el origen de aquellas palabras.

–Sí, un portero –repitió tímidamente un joven que se hallaba sentado en una esquina en la última fila. Era el número e que hasta aquel momento había permanecido callado, escuchando los razonamientos de sus colegas más veteranos. Comprendía mejor que nadie la trascendencia del asunto pues, si bien en menor medida, compartía el mismo problema que su colega -. Si lo que π quiere es no dejar entrar a nadie sin su permiso, lo que tenemos que hacer es poner un portero que controle el acceso.

Un murmullo generalizado se escuchó en la sala.

–¿Poner un portero al número π? Eso es absurdo –replicó el signo menos.

–Efectivamente –contestó e–, es una idea absurda, pero si con la lógica no hemos sido capaces de encontrar una solución al problema de π, tal vez ponerle un portero funcione, al fin y al cabo π no deja de ser un número irracional, ¿y hay algo más irracional que ponerle un portero a un número?

Tras unos minutos debatiendo la propuesta finalmente la asamblea acordó, quizás más por cansancio que por convicción, ponerla en práctica. Podría ser una idea absurda, pero era la única idea que tenían y antes que no hacer nada para resolver el problema prefirieron hacer cualquier otra cosa.

A la mañana siguiente entró en vigor el derecho de admisión para el número π. Nombraron portero al punto, el cual, situado al final de π, ejercía con gran celo su trabajo, impidiendo el paso a ninguna cifra sin invitación. Y aquella idea funcionó. π dejó de crecer sin control y las matemáticas se salvaron de su particular cataclismo.

Hay veces que las ideas más absurdas son precisamente las que mejor funcionan, y de la misma manera que con un punto se terminó el problema, también con un punto finaliza esta historia.

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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