Hace algo más de una semana participé en una carrera de 5,5 km. No batí ningún récord de velocidad, es más, llegué el penúltimo. Si no llegué el último debió ser porque los últimos 500 metros eran cuesta abajo y yo pesaba más. Una amiga de la familia, Ana, me había pedido que publicara algo sobre cómo fue la carrera y, como Ana lleva siguiendo las publicaciones que voy haciendo desde que me lancé a esta aventura, voy a recoger el testigo, pero espero que no le importe que lo haga a mi manera. Me gustaría intentar contarlo de tal forma que lo pudiera entender mi “sobrijada”, Ángela. Ángela, de momento, no va a poder leer esta publicación porque, aunque ya conoce muchas letras, todavía no domina la alquimia de las palabras. Tal vez cuando tenga 5 años pueda leerlo ella sola, porque parece ser que es en 5 dónde se encuentra el umbral entre todo lo que ya se puede hacer sola y lo que todavía no se puede porque no se es TAN mayor. Hasta entonces se lo van a tener que leer porque no es que ella no pueda, es que todavía no sabe.

Pido disculpas de antemano por si alguien tiene la paciencia suficiente para leer toda la publicación y no he sido capaz de transmitirle a través de este relato nada, espero que pueda perdonarme y comprender, que el desafío era grande. Las mismas cosas no se ven de igual manera cuando se mira con ojos de niña, más específicamente con los ojos de una niña con la fantástica habilidad de transformarse en Kion, cachorro líder de la Guardia del León, y luchar contra las hienas para ayudar a los animales del reino que están en peligro. Todo el mundo sabe, o debería saber, que no hay problema en el reino que la Guardia del León no pueda solucionar. Eso es lo cree mi sobrina y ella nunca miente, al menos de momento.

Vamos a ello, a ver qué sale de aquí.

 

Lo que te voy a contar no pasó hace tanto tiempo como para no recordarlo. Tampoco sucedió en un lugar muy lejano. Sucedió en una ciudad de esas de las de muchos coches y edificios altos. En esta ciudad había un viejo oso perezoso que vivía en su sofá. Cada mañana, el oso perezoso se levantaba temprano para ir a trabajar. Salía de su sofá al salir el sol y regresaba al salir la luna. Cuando estaba en su sofá lo que más le gustaba era tumbarse y contemplar las luciérnagas. Se podía quedar horas ensimismado con aquel espectáculo de luces y colores. Las luciérnagas sabían cómo entretener al oso perezoso. Los fines de semana el oso perezoso salía a jugar con sus amigos, pero lo que más le gustaba al oso perezoso era sacar a pasear el paraguas con su sobrina, porque como todo el mundo sabe, o debería saber, no hay nada más divertido para un oso perezoso que sacar a pasear un paraguas con un cachorro de león. Se puede decir que el oso perezoso tenía una vida cómoda. No tenía muchas cosas, pero tampoco necesitaba mucho más.

Una mañana de sábado como otra cualquiera, el oso perezoso quería desayunar. Era un día de esos de fiesta total y ese día no tenía que ir a trabajar. Como todo el mundo sabe, o debería saber, el desayuno favorito de los osos perezosos es un buen tazón de leche con dos tostadas con miel. El oso perezoso preparó las tostadas, se sirvió leche en el tazón y cuando fue a coger la miel, ¡Oh, no! Se había acabado.

El oso perezoso arrugó la nariz y exclamó:

– ¡Zapatillas! Tendré que ir a comprar más miel.
– ¡Que pereza! – le susurró Kitambaa al oído – Te las puedes comer así, sin miel. También están ricas. ¿Quieres salir a la calle ahora? En el sofá se está tan bien…

Kitambaa se abrazó con fuerza al oso perezoso. Kitambaa era la Mzigo mzito del oso perezoso. Las Mzigo mzito se agarran a la espalda de los animales cuando nacen y los acompañan durante toda su vida. Todo animal tiene una Mzigo mzito agarrado a él, pero no todos los animales las pueden ver. Las Mzigo mzito pueden cambiar de forma cuando quieren y se alimentan de los defectos de los animales a los que acompañan. La comida favorita de Kitambaa era la pereza y cuanta más pereza tenía el oso perezoso, más comía Kitambaa y más grande y pesada se ponía.

– Pero a mí me gusta la miel, Kitambaa – replicó el oso perezoso – Yo quiero desayunar con miel. Quédate tú si quieres en el sofá. Yo voy a comprar más miel.

Kitambaa se enrolló alrededor del oso perezoso y guardó silencio. Estaba enfadada porque no hay nada que más moleste a una Mzigo mzito que quedarse sin comer.

El oso perezoso saltó de su sofá y salió a la calle con Kitambaa enroscada a su cintura. Camino de la tienda de las abejas, el oso perezoso metió la mano en el bolsillo y sacó unas monedas. Estaba contando las monedas cuando una de ellas se escapó y rodó por el suelo. La moneda rodó y rodó; cruzó la plaza; bajó las escaleras y chocó con la pared de la casa de la cebra Camila. Las patitas del oso perezoso se movían lo más deprisa que podían, lo cual no era mucho, porque eran pequeñitas y rechonchas. Le había costado mucho esfuerzo haber ganado esa moneda y no quería perderla. Sin esa moneda no podría comprar la miel que tanto le gustaba. Se acercó a la pared de la casa de la cebra Camila y buscó la moneda, pero no la encontró. El oso perezoso pegó su nariz al suelo. Si no podía ver la moneda tal vez podría olerla, porque como todo el mundo sabe, o debería saber, los osos perezosos tienen muy buen olfato. Olisqueó por el suelo, pero no encontró ningún rastro de la moneda. Todavía estaba olisqueando, cuando vio un destello que salía de lo que parecía una grieta en la pared. Acercó su uña a la grieta y, con suavidad, tiró de la esquinita. La pared se empezó a despegar como si fuera un papel. Con mucho cuidado el oso perezoso fue tirando hasta que despegó lo suficiente como para poder asomar la cabeza. La luz venía de allí. El oso perezoso tuvo que pestañear varias veces para que sus ojos se acostumbrasen a la claridad. Vio entonces un cielo del color más azul que jamás había visto y un sol amarillo, muy amarillo, cuyos rayos iluminaban una tierra rojiza de la que brotaba todo tipo de árboles y plantas, muy diferentes a las que él conocía.

– ¿Alguna vez habías visto algo así, Kitambaa? – Preguntó sorprendido el oso perezoso -¡Cuánta luz!

Kitambaa estiró su cuello y asomó la cabeza por encima del hombro del oso perezoso sin mucho interés.

– Sólo es luz – dijo Kitambaa – Las luciérnagas también dan luz y son mucho más divertidas.

El oso perezoso hizo el agujero más grande y, cuando hubo hueco suficiente, saltó hacia al otro lado. Cuando sus pequeños piececitos tocaron el suelo una nube de polvo naranja revoloteó a su alrededor.

– Cof, cof, cof – tosió Kitambaa – Esto está muy sucio. Busquemos la moneda y volvamos a casa. Volvamos a nuestro sofá.
– Ya buscaremos luego la moneda, Kitambaa ¡Vamos a explorar!

El oso perezoso caminó con Kitambaa a su espalda bajo el sol durante horas, hasta que el sol se fue a descansar y dejó su sitio a la luna. Y con la luna llegaron las estrellas.

– ¡Kitambaa, mira el cielo! ¿Alguna vez habías visto tantas estrellas? No sabía que cupiesen tantas estrellas en un mismo cielo.

Kitambaa levantó con desgana la mirada hacia el cielo.

– Pero son muy aburridas. ¿Para qué sirven las estrellas si no se mueven, no iluminan y no dan calor?

El oso perezoso estaba tan entretenido contando las estrellas que no escuchaba lo que Kitambaa le decía. Cuando al oso perezoso no le quedaban ya números para seguir contando le entró sueño. Se tumbó debajo de un árbol y se quedó dormido. Kitambaa se acurrucó alrededor del oso perezoso y se quedó dormida también.

A la mañana siguiente, el oso perezoso todavía estaba soñando cuando un ruido a su alrededor le despertó. Abrió los ojos. Ya había vuelto a salir el sol y la claridad no le dejaba ver. Sólo veía una sombra encima de su cabeza. La sombra se movía y tenía dos grandes y redondos ojos que miraban fijamente al oso perezoso. El oso perezoso dio un respingo.

– ¿Quién eres? – Preguntó asustado el oso perezoso mientras Kitambaa se escondía detrás de él.

Aquellos ojos también se asustaron y se escondieron detrás del árbol.

– ¿Quién eres? – repitió el oso perezoso.
– Soy un gálago de Grant – se oyó una voz que salía de detrás del árbol – ¿Y tú?
– Yo soy un oso perezoso – respondió mientras se levantaba del suelo y se sacudía la tierra de encima. Sólo el oso perezoso podía ver a Kitambaa, así que no les presentó.

El gálago de Grant salió muy despacito de detrás del árbol, sin dejar de mirar con sus grandes ojos redondos al oso perezoso. El oso perezoso nunca había visto antes un gálago de Grant y le llamaba la atención sus grandes orejas, sus redondos ojos y esa cola larga y peluda que llevaba enroscada detrás suya.

– Nunca había conocido antes a un gálago de Grant – dijo el oso perezoso.
– Yo tampoco a un oso perezoso – respondió el gálago de Grant.

Y se hicieron amigos.

El gálago de Grant invitó al oso perezoso a su casa. Al llegar al poblado del gálago de Grant, multitud de ojos grandes y redondos, grandes orejas y colas peludas salieron de todas partes para ver al oso perezoso. No solían tener visitas y mucho menos la de un oso perezoso.
Invitaron al oso perezoso a desayunar. Se sentaron todos alrededor de una gran mesa que dejaron presidir al oso perezoso por ser el invitado. No tenían mucha comida, pero todo lo que tenían lo pusieron sobre la mesa. No había miel, pero el oso perezoso tampoco la echó de menos. Estaba el oso perezoso desayunando cuando sintió unos golpecitos en su patita. El oso perezoso bajó la mirada y vio una pequeña gálago de Grant que le ofrecía su muñeca. A juzgar por el tamaño de la pequeña gálago de Grant, debía ser de la edad de su sobrina.

– ¿Es para mí? – Preguntó el oso perezoso.

La pequeña agachó la cabeza y salió corriendo del comedor. Era muy tímida, pero poco a poco fue perdiendo la vergüenza y no se volvió a separar del oso perezoso.

Al terminar de desayunar enseñaron al oso perezoso el poblado. Era un poblado muy pobre. Las casas estaban hechas de papel. Había un hospital, pero no tenía ni agua, ni medicinas. No tenían lámparas, ni bombillas, así que por la noche las hienas robaban las medicinas cuando nadie las veía. Había un colegio también, pero no tenían ni pupitres ni sillas y los pequeños se sentaban en el suelo. Los gálagos de Grant se alimentaban de las frutas y las hojas de los árboles, así que los gálagos de Grant más mayores enseñaban a los más jóvenes como plantar y cuidar a los árboles, porque no se nace sabiendo y esas cosas hay que aprenderlas. Los gálagos de Grant necesitaban los árboles para poder vivir, pero cada vez quedaban menos, porque por las noches, cuando nadie los veía, los buitres los arrancaban y se los llevaban en camiones. Los chacales, que reinan en aquellas tierras, miraban a otro lado porque las hienas y los buitres eran sus amigos. Los gálagos de Grant estaban en peligro.

El oso perezoso pasó unos días con sus nuevos amigos. Vivió con ellos, comió con ellos e incluso bailó con ellos, cuando todo el mundo sabe, o debería saber, que los oso perezosos no bailan.

El oso perezoso regresó a su ciudad y contó lo que allí había visto: “No tienen agua”, “no tienen ni lámparas ni medicinas”, “las hienas, los buitres y los chacales les roban”. A lo que le respondían: “Que pena”, “pobrecitos”, “que mala suerte”, pero nadie sabía cómo ayudarles y el oso perezoso tampoco.

– Amigo, tú no puedes hacer nada para ayudarles – susurró Kitambaa – La vida es así y un oso perezoso no puede hacer nada para cambiar las cosas. Túmbate en el sofá y veamos las luciérnagas.

El oso perezoso se tumbó en el sofá y allí estuvo varios días, viendo como las luciérnagas reían, discutían y jugaban, pero el oso perezoso no podía dejaba de pensar en los pobres gálagos de Grant y las luciérnagas no le entretenían.

Una noche el oso perezoso tuvo un sueño. Volvía a soñar con los gálagos de Grant, las hienas, los buitres y los chacales. Las hienas y los chacales se comían a los gálagos de Grant y los buitres les robaban las casas y la comida. El oso perezoso gritó un “¡Basta ya!”. Las hienas, los buitres y los chacales se quedaron quietos, se miraron unos a los otros y comenzaron a reír. El oso perezoso sintió unos golpecitos en la patita, miró hacia abajo y vio a su sobrina.

– En el reino del León, cuando los animales están en peligro piden ayuda a la Guardia del León. No hay problema que la Guardia del León no pueda resolver.

El oso perezoso se despertó y de un salto salió del sofá.

– ¡Eso es! – gritó el oso perezoso – Tal vez yo no pueda ayudarles, pero sí puedo buscar a quienes puedan hacerlo.

Kitambaa, que estaba dormida, dijo algo entre dientes, pero el oso perezoso no la escuchó.

Si el oso perezoso fuera un León, volvería al poblado de los gálagos de Grant a luchar contra las hienas, los chacales y los buitres, pero el oso perezoso no era un león y no sabía pelear. Si el oso perezoso fuera un castor, volvería al poblado de los gálagos de Grant a construir casas que la lluvia no pudiera destruir, a construir Hospitales con agua y medicinas, a construir colegios con pupitres y bancos donde los más pequeños pudieran jugar y aprender, pero el oso perezoso no era un castor y no sabía cómo construir. El oso perezoso tenía pocas cosas, pero al menos tenía lápiz, papel y sabía dibujar palabras, así que escribió varias notitas que pegó en el muro. Las notitas decían: “Soy el oso perezoso y estoy buscando a la Guardia del León”.

– ¿Tú crees que eso va a servir para algo? – dijo Kitambaa – A nadie le van a interesar tus notitas.
– Tengo que intentarlo al menos – respondió el oso perezoso – Puede que lea las notitas alguien, que tal vez conozca a alguien, que a lo mejor conoce a alguien que conoce a la Guardia del León y les avisa.
– ¿Y por qué la Guardia del León va a querer ayudar a unos gálagos de Grant? – preguntó Kitambaa.
– Porque la Guardia del León defiende el ciclo de la vida y ayuda a los animales que están en peligro. Eso es lo que me ha dicho mi sobrina y mi sobrina no miente.
– Sabes que no vas a conseguir nada con esto, ¿Verdad?.
– Puede que no consiga nada, pero tengo que intentarlo, pero intentarlo de verdad – respondió el oso perezoso y continuó pegando notitas en el muro.

Durante días y semanas el oso perezoso continuó dejando notitas, pero nadie respondía, así que el oso perezoso intentó decorar las notitas con colores y dibujos. El oso perezoso no era un artista, pero intentaba hacerlo lo mejor que sabía.

 

Había pasado un año desde que el oso perezoso había visitado a los gálagos de Grant. Todavía no había conseguido encontrar a la Guardia del León, pero lo seguía intentando.

– Amigo, estás haciendo el tonto – dijo Kitambaa – Llevas un año pegando notitas en el muro y no has conseguido nada. Déjalo ya. Lo has intentado, pero no ha funcionado. ¿Qué más puedes hacer?

Kitambaa sabía cómo hacer daño al oso perezoso y con aquellas palabras lo había conseguido. El oso perezoso volvió a su sofá muy triste y durante días se quedó allí, tumbado, sin decir ni una palabra. Kitambaa le abrazaba y sonreía. El oso perezoso apenas salía del sofá más que para ver el muro por si alguien hubiera respondido a sus notitas. Pero nunca había respuesta. Una mañana el oso perezoso leyó en el muro que iba a haber una carrera. Más de mil gacelas iban a participar. Algunas de ellas venían desde tierras lejanas.

– A lo mejor alguna de las gacelas conoce a la Guardia del León – dijo el oso perezoso – Tengo que participar en esa carrera.
– ¿Tú? ¿En una carrera? – dijo Kitambaa soltando una sonora carcajada – Tú no ha corrido en tu vida, amigo. Todo el mundo se va a reír de ti. Vas a hacer el ridículo.
– Me da igual Kitambaa. Que se rían si quieren, pero tengo que intentarlo – respondió el oso perezoso.

El oso perezoso sabía que iba a ser un reto difícil porque, como todo el mundo sabe, o debería saber, los osos perezosos no aguantan más de tres pasos seguidos corriendo sin ponerse rojos y caer al suelo desmayados. Pero tenía que intentarlo, así que decidió entrenar para la carrera.

Los primeros días fueron muy duros. Al oso perezoso le pesaban las patitas, la barriga y Kitambaa, que no se despegaba de su espalda. El primer día dio tres pasitos, se puso rojo y se desmayó. El segundo día dio cuatro pasitos, se puso rojo y se desmayó. El tercer día dio cinco pasitos, se puso rojo y se desmayó. Poco a poco, y con mucho esfuerzo, el oso perezoso daba cada vez más pasitos antes de desmayarse. Con el tiempo el oso perezoso se fue encontrando mejor. Se sentía más ágil, más fuerte y con más ganas de encontrar a la Guardia del León. Entrenaba por las mañanas, antes de ir a trabajar y por las noches estaba tan cansado que más de una vez se había quedado dormido mientras cenaba, con la cabeza matida en el plato de sopa. Todas las mañanas Kitambaa protestaba, se enfadaba y gritaba, pero el oso perezoso estaba aprendiendo a no hacerle caso. Y así fueron pasando los días.

La noche antes de la carrera, Kitambaa, que estaba muy molesta porque el oso perezoso no le hacía caso, mordisqueó las patitas del oso perezoso cuando éste dormía. Cuando el oso perezoso se levantó por la mañana le dolían las patitas al caminar.

– ¡Zapatillas! ¿Qué voy a hacer ahora? Si me duelen las patitas no puedo correr – dijo triste el oso perezoso.
– No pasa nada, amigo – dijo Kitambaa disimulando, como si ella no tuviera nada que ver con su dolor de patitas– Estas cosas pasan. No puedes decir que no lo has intentado. Qué pena, tanto esfuerzo para nada. ¿Ves? Yo ya te lo había dicho, pero no me haces caso. ¿No ves que yo siempre quiero lo mejor para nosotros? Volvamos a nuestro sofá a descansar las patitas.
– ¡No! – respondió el oso perezoso – la carrera es esta noche. Todavía queda tiempo.

Había llegado demasiado lejos como para abandonar. El oso perezoso se puso una bolsa de hielos sobre sus patitas y se quedó descansando.

Había llegado la hora. El oso perezoso ya estaba en la salida, acompañado de su hermana y una amiga de ambos, que también participaban en la carrera. Para que se le viera bien, el oso perezoso llevaba puesta una camiseta con la frase: “Soy el perezoso”.

– Que tontería – se burló Kitambaa – Como si no se notase quién es el oso perezoso entre tanta gacela.

El oso perezoso no le hizo caso. Si le seguían doliendo las patitas no se estaba dando cuenta.  Estaba muy concentrado. Para terminar la carrera tenía que dar dos vueltas al circuito y sabía que no iba a ser fácil.

Dieron la salida. Salieron las gacelas y, detrás, el oso perezoso. Los primeros metros el oso perezoso pudo seguir el ritmo de las gacelas más lentas, pero no pasó mucho tiempo antes de que se quedarse sólo. Kitambaa se había enrollado en las piernas del oso perezoso haciendo que le pesasen más y no dejaba de gritarle para que abandonase, pero el oso perezoso no quería abandonar.

El oso perezoso todavía no había dado la primera vuelta al circuito, cuando le adelantaron varias gacelas que ya iban por la segunda vuelta. Una de las gacelas se dio la vuelta y le dijo:

– ¡Ánimo! ¡Tú puedes!

Las palabras de ánimo de la gacela no hacían que se le quitaran la pesadez de las patitas, el dolor en los pies o le hicieran correr más deprisa, pero le ayudaban a mantener a Kitambaa callada.

La mayoría de las gacelas había llegado a la meta hacía tiempo, pero al oso perezoso todavía le faltaba por dar una vuelta entera.

– Amigo, si lo dejas ahora nadie se va a dar cuenta – dijo Kitambaa – Ya eres el último, que más da.
– ¡Cállate Kitambaa! – dijo el oso perezoso casi sin aire.

Kitambaa no dejó de gritar durante toda la carrera. Al principio el oso perezoso no le escuchaba, pero estaba ya muy cansado y empezaba a dolerle la cabeza con tanto grito. Fue entonces cuando escuchó una voz que le era familiar:

– Venga, que ya casi está. Vamos juntos.

Era la hermana del oso perezoso, que le había estado esperando. A partir de ahí continuaron juntos. Por el camino el público, que se había quedado tras el paso de las gacelas, los animaba y eso les daba fuerzas. Juntos continuaron y juntos entraron en la meta.

El oso perezoso lo había conseguido. Cansado, dolorido, pero había llegado a la meta. Había llegado el último, pero eso no le importaba.

– ¿Dónde está la Guardia del León? – Dijo Kitambaa riéndose del oso perezoso – Yo no los veo ¿Y tú?

El oso perezoso no dijo nada. Cogió un lápiz, un papel y dejó una notita en el muro: “Soy el oso perezoso y estoy buscando a la Guardia del León”.

– Te han ganado todas la gacelas ¿Y ahora qué? ¿Ya podemos volver al sofá? – se burló Kitambaa.
– Yo no competía contra las gacelas, Kitambaa, yo competía contra ti. Tú puedes ir a dónde quieras. Yo seguiré buscando a la Guardia del León.

 

 

 

De momento esta historia todavía no tiene final. El oso perezoso continúa buscando a la Guardia del León, con la esperanza de que, tal vez algún día, le pueda demostrar a su sobrina que los cuentos no mienten y que si lo intenta puede cambiar el mundo, pero tiene que intentarlo de verdad.

 

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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