Lunes 11/09/2017. 11:08. Madrid. Terminal 2 del Aeropuerto de Adolfo Suárez (Barajas).

Aquí comienza el diario de mi viaje. Queda aproximadamente una hora y media para que salga el avión, así que aprovecho para escribir un poco. Es la primera vez que hago un diario de viaje, pero creo que este viaje lo merece. No quiero olvidarme de las cosas (maldita memoria pez), así que espero tener constancia y escribir con regularidad.

Supongo que lo suyo para empezar sería explicar qué hago aquí, cómo me siento y lo que me ha llevado a hacer este viaje. Y la verdad, no me resulta sencillo contestar a ninguna de estas tres preguntas.

“¿Qué hago aquí?” La idea de hacer un viaje de cooperación es algo que me llama desde hace mucho tiempo, pero nunca he sabido qué puertas tocar y, para qué mentir, aunque lo hubiera sabido no tengo claro si me habría atrevido a hacerlo porque me acompleja no saber qué puedo aportar, en qué puedo ayudar, y esta sensación de no sé qué ofrecer no me ha abandonado y la llevo en la maleta, de hecho, es lo que más me preocupa de este viaje. No quiero ser una carga para nadie.

Todo ha sido muy rápido. Yo estaba planificando un viaje a Tailandia. Es un viaje que tengo pendiente, y este año pensaba que iba a ser el año. Siempre me han atraído sus playas, algo bastante paradójico, teniendo en cuenta que no me gusta la arena, ni la sal del agua, ni tomar el sol. Que le voy a hacer, soy así de raro. Pero mis planes dieron un giro aquella tarde que tomando algo con Cris (y con Iñigo), me contó que iba a bajar a Córdoba y que quedaría con su amiga Bea que acababa de regresar de Mozambique, de visitar a su hermano que estaba colaborando allí en una Misión. En aquel momento no dije nada, pero aquello no dejó de dar vueltas en mi cabeza, y dos días después le envié un mensaje, preguntándole si podía preguntarle a Bea si había alguna posibilidad de conocer aquella Misión. Y así empezó todo. Cris se lo contó a Bea, y Bea me puso en contacto con la Hermana Aurora de la Misión de Netia No era la misión donde estaba su hermano, pero sinceramente, a mí no me importaba el destino. La hermana Aurora, de las hermanas Agustinianas hijas del Santísimo Salvador, me respondió que me recibían con los brazos abiertos y aquí estoy ahora, esperando el vuelo a Lisboa, que sale a las 12:25. En Lisboa estaré unas horas, hasta las 19:00 que cojo el avión a Maputo. Llegaré a Maputo mañana, a las 6:30 y tendré que esperar hasta las 16:00 para tomar el vuelo a Nampula. Llego a Nampula alrededor de las 18:00. Allí han dicho que me irían a buscar para llevarme a la Misión, que según me ha dicho Bea está a unas dos horas en coche. Me quedan por lo tanto aproximadamente 32 horas por delante hasta llegar a mi destino.

En Maputo me ha dicho Bea que me estará esperando una hermana Comboniana. Desde Córdoba me han hecho llegar dos portátiles para la Misión de Netia, y una gran caja con medicamentos y otra con gafas para hacérselo llegar al Hospital de Nampula. Los dos portátiles los he metido en la maleta, bien protegidos para evitar daños, pero las medicinas y las gafas no cabían, así que he metido ambas cajas en una bolsa grande de Ikea sujetándolas bien con cinta de embalar. Además, tampoco llevo los medicamentos escondidos porque no voy a traficar con ellos. No son para vender, sino para ayudar a su gente, a gente que lo necesita. Espero que lo entiendan y no me pongan problemas. Aparte de la maleta y la bolsa de Ikea con las dos cajas, llevo como equipaje de mano la mochila con la cámara, así que llevo excedente de equipaje y si bien con la TAP he podido ampliar la reserva y facturar dos maletas, en el vuelo nacional con la LAM no he encontrado la opción y supero el número de bultos, así que, para evitar problemas, una hermana Comboniana recogerá los medicamentos y las gafas en Maputo, y se la hará llegar al Hospital de Nampula.

Maputo, Nampula, Netia,… me he aprendido estos nombres, pero no sé nada de ellos. No sé dónde voy. No sé cómo es. No sé lo que me espera. No he querido informarme previamente para no condicionarme. Quiero descubrirlo por mí mismo. Me he comprado una guía de viaje, la única que encontré de Mozambique en castellano, pero no he querido leerla todavía. Prefiero esperar a llevar unos días allí.

Estos días me he sentido extraño. Aparentemente no me han saltado los nervios, y no lo entiendo. Es la primera vez que viajo solo, fuera de un circuito programado. Me encantaría poder coger la mochila y recorrerme países, pero no me atrevo. No es miedo desde el punto de vista de la seguridad física, es más bien temor por no atreverme a desenvolverme por mí mismo, y quedarme encerrado en la habitación de un hotel. En esta ocasión es un “fifty fifty”, ya que el viaje lo hago solo, pero allí estaré acompañado, o eso creo. No sé si me integraré bien o si mi timidez me convertirá en seta. No sé nada, pero voy abierto a todo. Sólo espero estar a la altura de la hospitalidad con la que me reciben. Así, que respondiendo a la pregunta que formulaba al principio de “¿Cómo me siento?”, supongo que la respuesta sería expectante.

Y así llegamos a la tercera pregunta: “Qué espero de este viaje?” Podría decir que encontrarme a mí mismo, pero sería como no decir nada. Por una parte, supongo que busco un estímulo para reordenar mis prioridades. Hacer un reseteo y reconstruir mi escala de valores. Por otra parte, encontrarme con una realidad que desconozco y que está ahí. Es más sencillo no mirar, “ojos que no ven, corazón que no siente”, pero hay algo dentro de mí que me dice que eso no esta bien.

Aunque quedan 20 minutos para que abran la puerta de embarque, ya se está formando cola en el mostrador. Somo como borreguitos. Estamos todos sentados cómodamente, pero ha sido ponerse un chico primero en la cola, y como si los asientos quemasen, una docena de personas se han levantado para ponerse detrás de él.

De momento dejo aquí este amago de diario, más tarde continuaré.

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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