Martes 12/09/2017. 09:37. Terminal de vuelos “domésticos” del aeropuerto de Maputo.

Llevo tres horas en el aeropuerto de Maputo y estoy que me subo por las paredes. He llegado a las 6:30 y el avión a Nampula no sale hasta las 16:00, así que no me queda más remedio que armarme de paciencia.

El vuelo de Lisboa a Maputo ha sido de unas 10 horas, pero la verdad es que ni me enteré. Embarcamos a eso de las seis y pico (hora de Portugal). Cuando compré el billete había elegido el asiento 25A, pensando que era la fila que estaba delante de la salida de emergencia y así podría recostar el asiento sin molestar a nadie, pero como es habitual en mí, las cosas no salieron como me esperaba, y resultó ser la última fila de una de las secciones del avión, y detrás de mi asiento había una pared.

Esperé a que sirvieran la cena viendo una película en el display de mi asiento. Me sorprendió que hubiera películas de estreno dobladas al español. Puse una película de la que no recuerdo su nombre, pero que me entretuvo. Trataba sobre una exmujer que hacía la vida imposible a la nueva pareja de su exmarido. El audio estaba en español, sí, pero en español latino.

Pusieron la cena. Daban dos opciones y la verdad, yo no sabía muy bien que había pedido, porque hablaban en portugués y no lo entendía bien. Una de las opciones era no sé que de espinacas, así que le pedí la otra, que resultó ser trocitos de pollo con zanahoria cocida y maíz. El pollo tenía una salsita muy rica. De acompañamiento había una “cajita” de ensalada y otra de champiñones con tiras de queso. También había un bollito de pan y mantequilla salada. De postres, un mousse de chocolate que estaba realmente bueno.

Terminé de cenar. Me retiraron la bandeja. Me puse en el cuello una almohadilla mullidita que me había comprado en el aeropuerto de Lisboa y me tapé con la manta del avión. Elegí en el display otra película y me hice bicho bola.

Durante el vuelo sólo me desperté una vez., a eso de las tres y media de la mañana. Me quité la almohadita que se me estaba resintiendo el cuello y seguí durmiendo hasta las cinco y pico, cuando me despertó el sonido del carrito que traía el desayuno.

Cuando me desperté todavía era de noche, pero no tardó mucho en amanecer. Siempre es precioso ver amanecer sobre las nubes, pero he de reconocer que los dos amaneceres que más me gustaron vistos desde un avión, fueron los dos en África: el del viaje a Kenia y este.

Tomamos tierra, y para pasar el control de inmigración tuvimos que rellenar un formulario. Sinceramente pensaba que iba a ser un formulario complicado de rellenar, pero no lo fue. Básicamente había que poner tu nombre y apellidos, el número de pasaporte y la fecha de vencimiento, los días que ibas a estar en Mozambique, el motivo del viaje y donde te ibas a hospedar. Presenté el formulario cumplimentado con el pasaporte en el mostrador. Llevaba preparada la carta de invitación que me había hecho llegar de la Misión, pero no se la tuve que mostrar. Me tomaron las huellas dactilares, pusieron un sello en el pasaporte ya está. Ya estaba en Mozambique.

Lo siguiente era recoger el equipaje, y ahí aparecieron todos los nervios que no habían aparecido hasta ahora al acordarme de la caja de los medicamentos. Bea me había dicho que le habían dicho que hasta 10 kilos de medicamentos no pasaba nada, que como mucho intentarían asustarme un poco para sacarme algo de dinero, y aquella escena no me apetecía nada. Las maletas comenzaron a dar vueltas por la cinta y no tardé mucho en localizar la mía, y la bolsa de Ikea. Para salir tenías que pasar por una máquina de rayos equis el equipaje. “Ya está”, me dije, “ahora a montar el numerito”, pero no, sorprendentemente a mí no me pararon. Si pararon a otros pasajeros, a los que se llevaron a unas mesas y les hicieron abrir las maletas, pero a mi no. Pensaba que ya estaba a salvo, pero antes de cruzar la puerta de salida había un hombre comprobando que la pegatina que ponen en el billete con la referencia del equipaje coincidía con la del equipaje. Me detuvo, busqué el billete y me di cuenta que no lo tenía. Posiblemente lo hubiera dejado en el bolsillo del avión donde se guardan las recomendaciones de seguridad. Le dije que lo había perdido. El hombre me miró y yo pensé “ya está, a la mesa”. Me pidió el pasaporte, no sé lo que miró en el pasaporte, supongo que el número, y revisó las etiquetas de la maleta y la bolsa de Ikea, me devolvió el pasaporte y me dijo “Adiante”.

Esperando tras la puerta había un gran número de personas. Yo intenté esquivarlas, encontré un hueco en una pared enfrente de la puerta. Dejé el equipaje en el suelo, apoyé la espalda contra la pared y respiré hondo. Parecía que hubiera pasado varios kilos de cocaína, cuando sólo eran medicinas para ayudar a quien más lo necesita. Soy un exagerado, lo sé.

Había bastante bullicio, y entre toda la gente pude ver a una mujer mayor de raza blanca, con el pelo corto, con una blusa azul claro y una falda larga, hasta los tobillos, de color azul marino. No sabía cómo era la hermana Comboniana que iba a recogerme, pero desde luego aquella mujer daba el perfil de monja. La mujer me vió, se acercó y me preguntó si era Jaime. Antes de salir de Madrid, me había hecho un Selfy (no me gusta nada salir en las fotos, y creo que es este debe ser el primer Selfy que me hago en la vida) y se lo había enviado a Bea para que se lo hiciera llegar a la hermana Comboniana que me iría a recoger al aeropuerto de Maputo. Me preguntó por las medicinas, le dije que en la bolsa de Ikea estaban las medicinas y las gafas, y ella me dijo que se las llevaba y las haría llevar al hospital de Nampula. Yo pensaba que además de recoger las medicinas me venía a recoger, para llevarme a la ciudad, pero cuando me preguntó si seguía viaje hacia Nampula le dije que sí, así que ella se despidió amablemente, me dio las gracias por haberles llevado las medicinas y se fue. Lo que se me pasó decirle es que tenía una escala de más de 9 horas en Maputo. Como si de un deja vi se tratara me planteé coger un taxi a la ciudad, pero pasear por ahí con la maleta no me parecía ni práctico ni seguro, así que lo descarté en seguida.

Asumiendo una larga espera en aquel aeropuerto, me dirigí al mostrador de la oficina de cambio. Me habían dicho que en los cajeros podía sacar dinero con la tarjeta, así que sólo cambié 40 euros para poder tomarme algo y comprar tabaco, que se me había acabado en Lisboa. Antes de embarcar en Lisboa me había fumado el último cigarrillo que me quedaba en una deprimente área de fumadores del aeropuerto. Me había dicho a mí mismo que aquel sería el último cigarrillo, y que desde eso momento dejaba de fumar (había conseguido estar casi un año sin fumar, pero hace unos meses volví, y no estoy orgulloso de ello). El mono, alimentado por la ansiedad ante la perspectiva de tener que esperar en aquel aeropuerto durante más de 9 horas, me poseyó, y una vez tuve los meticales en el bolsillo, intenté encontrar algún lugar en el que vendieran cigarrillos. Des la terminal internacional, donde había llegado, me indicaron que las tiendas estaban en la terminal “doméstica” (de vuelos nacionales), que realmente era el mismo edificio, pero en el otro extremo (a 3 minutos andando). Pregunté en la terminal de vuelos domésticos y me indicaron que las tiendas estaban en el piso de arriba. Subí, pero las tiendas estaban todavía cerradas. Me senté en una cafetería de la planta de arriba con vistas a las pistas. Pedí un café con leche y un zumo de naranja natural. Pregunté a qué hora abrían las tiendas y me dijeron que a las 9:00. La cafetería tenía wifi. Le pedí las claves al camarero y pude conectarme mientras tanto. No había muy buena cobertura, así que envié un par de mensajes a la familia y poco más. El camarero, un joven muy agradable, vino a avisarme que ya habían abierto la tienda, así que le pedí la cuenta. En total eran 300 meticales, lo que al cambio vienen a ser unos 4 euros. Le di dos billetes de 200 meticales y le dejé el cambio. La tienda era más bien pequeña y básicamente lo que vendrían era souvenirs. Le pregunté si vendían cigarrillos y me señaló un pequeño estante con algunos paquetes de tabaco. Las marcas que tenían era desconocidas para mí. Vi un paquete de Marlboro gold light y ese fue el que le pedí. Me costó 200 meticales (unos 2,76 euros). Salí fuera del aeropuerto, y no voy a mentir, aquel cigarrillo me supo a gloria.

Estuve entrando y saliendo a fumar varias veces, en un intento desesperado (e inútil) de hacer avanzar más rápido el tiempo. Pregunté en el mostrador de información donde había wifi con mayor calidad, y me dijeron que en el restaurante. Todavía era temprano para comer, así que me asomé y vi que el restaurante tenía también cafetería. Pregunté si estaba abierta y me dijeron que sí. Pedí una Coca-Cola zero, y me dieron acceso a la Wifi. Las chicas del mostrador de información no me habían mentido, esta Wifi tenía una buena cobertura. Le envié un mensaje a Bea, confirmándole que había llegado bien a Maputo y ya había entregado las medicinas y las gafas a la hermana Comboniana. Estuve revisando un rato mi Facebook y leyendo los periódicos digitales de mi país. El órdago del Gobern catalán para hacer un referéndum declarado ilegal el 1 de octubre ocupaba las principales portadas. Terminé el refresco y salí a echar otro cigarro.

Todavía me quedaban más de 6 horas por delante, y estaba claro que los cigarrillos no empujaban hacia delante las manijas del reloj más rápido, así que me forcé (porque he de reconocer que me daba pereza) a continuar con el diario del viaje, y mira por donde, lo que no conseguí con los cigarrillos, lo conseguí con la escritura. Son las 10:53 y desde que continué con el diario se me ha pasado el tiempo volando.

Voy a echar otro cigarrillo para celebrarlo y continúo (guiño).

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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