Miércoles 20/09/2017. 17:36. Hotel Avenida. Maputo.

Ya estoy en Maputo. Antes de salir de Madrid había reservado una habitación en el Hotel Avenida, un hotel de 5 estrellas y ahora tengo un remordimiento enorme. Creo que algo me ha hecho “clic” dentro con este viaje.

He llegado a Maputo alrededor de las 12:00 y he tomado un taxi en al aeropuerto para venir directamente al hotel. Lo primero que he hecho ha sido darme un baño, de esos con espuma, he conectado la Tablet a la Wifi y me he dado una vuelta por los periódicos digitales de España. Parece que la situación en Cataluña es cada vez más tensa. No sé cómo va a acabar todo esto.

Todavía no he comido. Cuando venía en el taxi he visto un PizzaHut unas cuantas calles más arriba, y tenía pensado acercarme por allí para comer un poco de comida basura, pero me ha comentado que hace unas semanas a un chico español que paseaba por la zona le paró la policía, le pidió el pasaporte para identificarse, él se lo dio, y se lo quitaron, y para devolvérselo le pidieron dinero. Le cogieron la cartera y le quitaron todo el dinero que llevaba encima, así que he preferido esperar un poco y pedir la cena al servicio de habitaciones. No quiero irme de este país con un mal recuerdo.

Anoche, antes de la cena en casa del padre, tuve una de esas experiencias que no podrá olvidar el la vida. Tuvimos que llevar a otra niña al hospital, al servicio de urgencias, y había que estar allí para creer lo que pasó. Llevo mucho retraso con el diario, y sinceramente, esto no creo que se le olvide, así que voy a continuar con la visita a Illa Mozambique, y cuando cuente el día de ayer, contaré lo de la niña.

Voy a continuar con la visita a la Illa de Mozambique.

Al llegar a la isla, lo primero que me llamó la atención fue el puente que unía la isla con el continente. Tenía una longitud de unos 3 kilómetros, y tan sólo un carril, por el que circulaban vehículos en ambos sentidos. Para facilitar el paso, cada pocos metros se abrían huecos a un lado de la carrera, con espacio para unos tres vehículos, de tal forma que cuando coincidieran dos vehículos en sentido contrario, uno de ellos se pudiera apartar, metiéndose en ese hueco, para permitir el paso del otro vehículo. Para tratar de minimizar el caos, tanto a la entrada del puente como a la salida, unos hombres comunicados con walkie talkie controlaban el acceso al puente en ambos extremos. A la ida no tuvimos mayor problema para cruzar el puente, pero a la vuelta sí pillamos un pequeño atasco hacia la mita del puente que nos tuvo unos minutos retenidos.

La Illa Mozambique fue el primer lugar al que llegaron los portugueses y fue la primera capital del país. En sus edificaciones se puede apreciar un estilo colonial que, debido a la falta de mantenimiento, se envuelves en un manto de decadencia que transmite una belleza especial.

Nada más cruzar el puente, la hermana le dijo al señor Méndez que diera una vuelta alrededor de la isla, para que la pudiera ver. Rodeamos la isla por el sur, rodeando con el coche el cementerio musulmán. Desde la costa más oriental se podía ver la isla de San Lorenzo, donde había un imponente fortín (el fortín de San Lorenzo) levantado para defender el sur de la isla. La isla de San Lorenzo está relativamente cerca, y cuando baja la marea se puede llegar a ella caminando. Parece ser que el fortín, fue utilizada también como una cárcel, donde encerraban a los esclavos. La esclavitud fue un negocio muy lucrativo del que no se sólo se beneficiaron los europeos. Los europeos compraban los esclavos a los comerciantes locales, que hacían negocio con la población más pobre. Obviando los latigazos, y encarcelamientos, no veo que haya cambiado mucho el modelo de negocio actual. Las multinacionales contratan los servicios locales para conseguir mano de obra barata con unas condiciones laborales precarias.

Al terminar de rodear la isla por la parte sur y volver a la altura del puente, nos detuvo un policía. El policía se acercó con una gran sonrisa, una sonrisa que me parecía familiar. Lo primero que pensé es que el pobre agente tendría sed, y nos pediría dinero para algún refresco, pero no fue así. Tan sólo nos apercibió porque habíamos rodeado la parte sur metiéndonos por dirección prohibida. Por esta vez sólo nos avisaba.

La Illa de Mozambique está considerada por la UNESCO como patrimonio de la humanidad y es un destino turístico, de hecho, fue el primer sitio en todo el viaje en el que pude ver turistas. No es un tipo de isla como es por ejemplo Zamzibar, con playas paradisíacas y chiringuitos de ensueño, pero sí me pareció una isla preciosa y digna de visitar.

De la parte sur fuimos a la parte norte, y nos detuvimos al lado de la fortaleza de San Sebastián. Nada más bajar del coche se nos acercó un muchacho que intentó vendernos unas monedas antiguas. Según nos dijo las monedas se las vende un hombre que vive en la isla de Goa (entiendo que se referirá al farero, porque en la isla de Goa que yo sepa no hay más que un faro), que consigue las monedas de los barcos que naufragaron por la zona, y que cuando necesita dinero las trae a Illa Mozambique para venderlas. Aquella historia me pareció, como poco, rocambolesca, y más teniendo en cuenta que posteriormente intentaron varios muchachos más vendernos las mismas monedad antiguas.

Fuimos a visitar el museo de la Illa de Mozambique (Palacio de los Capitanes Generales). El palacete fue construido por la Compañía de Jesús como un colegio, pero posteriormente, tras la expulsión de la Compañía de Jesús se convirtió en la residencia del gobernador, hasta que cuando la capital del distrito pasó a Nampula, la gobernación fue trasladada y el palacete se convirtió en residencia para el presidente de la república de Portugal o sus ministros para cuando visitaran la colonia.

Cuando llegamos al museo no había nadie en la puerta. Nos asumamos dentro, y entramos hasta el patio. Nadie apareció. Volvimos a la puerta y apareció un joven que nos vio entrar y nos dijo que el hombre estaba por aquí, pero que debería estar mostrando el museo a alguna visita. Aprovechó la ocasión para intentar vendernos algunas monedas antiguas. Al cabo de unos minutos apareció el “guardián” del museo. Venía de la calle. Pagamos las entradas y nos hizo de guía por el museo. Nos mostró una a una todas las habitaciones y nos fue explicando quienes eran cada uno de los retratos que colgaban de las paredes. El palacete tenía tres habitaciones de invitados, la habitación del gobernador y su esposa, la habitación de los reyes de Portugal (nunca utilizada por un monarca), dos cocinas, un comedor con una mesa enorme, una sala de espera, el despacho del gobernador, el tocado de la mujer del gobernador y una sala de juegos.  Ahora que me doy cuenta, o no nos lo enseñaron o no recuerdo haber visto ningún baño. Fue una visita muy interesante, me gustó. Según nos dijo el guía, hacía unos meses que había robado del museo unas piezas de oro que había. No me extraña, teniendo en cuenta que sólo hay una persona que hace de vigilante y guía.

Después de la visita dimos un paseo hasta el final del embarcadero situado en frente del museo. El embarcadero se estaba vistiendo de gala. Un muchacho trenzaba banderines multicolores de un lado a otro del paseo, mientras un compañero sujetaba una inestable escalera. Era la víspera del aniversario de la isla, y se esperaba una gran afluencia de visitantes para celebrar su 199 cumpleaños.

En la mitad del embarcadero había montada una terraza donde varios turistas descansaban disfrutando de las vistas. Eran los primeros blancos con los que me había cruzado desde que había llegado a Nampula (con la excepción de la hermana Comboniana Mai María).

Llegamos hasta el final y allí tres muchachos se divertían realizando saltos acrobáticos para zambullirse en el agua desde el embarcadero. Realmente lo hacían para divertirse, porque allí no había turistas.

Saqué un par de fotos de la isla vista desde el embarcadero y nos fuimos a comer.

El restaurante estaba a pie de playa. Lo regentaba un portugués y estaba muy bien cuidado. Se entraba desde la calle a un recibidor muy amplio y diáfano, con una barra a la derecha y mesas bajas a la izquierda. Cruzando el recibidor se salía a los jardines. Los jardines se dividían en varios reservados con capacidad para 6 ó 7 meses amplias. Nos metimos en uno de los reservados y nos ocupamos una de las mesas libres. Desde mi sitio se podía ver la playa. Vino en seguida el camarero a atendernos. El camarero era mozambiqueño y era un verdadero profesional. Tenía a todos los comensales que no rodeaban en el bolsillo, y no me extraña, era de trato muy agradable, y muy simpático. Cada vez que se acercaba a una mesa les arrancaba unas carcajadas, incluida la nuestra. La hermana y yo pedimos pescado, y el señor Méndez pidió frango (pollo). De entrante pedimos una especie de empanadillas, mita de carne mitad de pescado, y estaban realmente deliciosas. Para compartir pedimos 3 brochetas de gambas y pescado que vimos llevar a otra mesa y tenían una pinta estupenda. De postre pedimos un trozo de una especie de bizcocho típico de allí. No recuerdo de qué era pero estaba muy rico. Todo estaba muy rico. Para acabar me pedí un café.

Cuando llegamos nosotros sólo había dos mesas ocupadas, pero poco a poco se fue llenando. Todos los comensales eran turistas, la mayoría portugueses, excepto en una mesa que había con un portugués un mozambiqueño, pero un mozambiqueño de esos con barriga, reloj y cadena de oro, que presentó a su acompañante al dueño del restaurante.

Mientras comíamos, unas niñas llegaron por la playa y se subieron a un pequeño barco pesquero que se encontraba anclado a escasos metros de la orilla. Desde mi sitio podría haberles robado una foto, pero preferí acercarme y pedirles permiso. Me dijeron que sí, y les saqué un par de fotos. Al poco tiempo llegaron más niños y el pequeño pesquero se transformó en un navío pirata tomado por los niños de nunca jamás. Sólo faltaba Peter Pan.

Cuando acabamos de comer, con la excusa de ir al baño me acerqué a la barra del recibidor para pagar, ya que de otra forma no me hubieran dejado. Le pregunté al duelo si podía pagar con euros, y me dijo que podía ser, pero que aceptaban tarjetas. Ya había tenido problema para pagar con tarjeta en el restaurante de Nampula, pero probé por si acaso, y esta vez sí la aceptó. A la tercera va la vencida y por fin les pude invitar. Al cambio fue algo más de 40 euros, entendí entonces por qué allí sólo había turistas. 40 euros a nosotros nos puede parecer que está bien, pero allí, teniendo en cuenta que el sueldo medio es de 80 euros al mes, es una pequeña fortuna.

Llegamos a Netia de noche, alrededor de las 18:00. La hermana me dijo que si no estaba muy cansado, cuando encendieran el generador, las niñas de las casas de las meninas me tenían preparada una sorpresa, y así fue, después de cenar encendieron el generador y me vino a buscar la Hermana Aurora.

Habían puesto una silla en el porche y me dijo la hermana de que sentara. De la oscuridad comenzaron a salir las niñas, que entre risas nerviosas se fueron ordenando por tamaños delante de mí. Se adelantó una de las niñas. Era de las mayores, debía tener unos 14 años. Primero me dio las gracias por haberlas ido a visitar y tras decir algo, que no entendí, a sus compañeras, comenzaron a cantar. Tras la primera canción el baile acompañó a los cánticos. Ni que decir tiene que el espectáculo era precioso. Y claro está, lo que más temía sucedió, una de las niñas más pequeñas se me acercó y me tendió las manos. Era la hora de hacer el ridículo una vez más. Lo intenté, Dios sabe que lo intenté, pero el lastre de la timidez y la vergüenza, unido a la más absoluta carencia de ritmo solo sacaron de mí una especie de movimientos que más que bailes debieron parecer espasmos. Oí risas, y no me extraña, yo también me hubiera reído. Poco a poco fue reduciendo los espasmos hasta un sutil movimiento de la pierna derecha, como si aquello se pudiera convalidar como una especie de amago de baile, y allí me quedé, de pie, delante de más de 40 niñas, disfrutando con sus bailes y canciones, y yo allí parado, delante de ellas, movimiento una pierna en un intento desesperado por seguir el ritmo. Muy triste. Aquello debía ser nuevo para ellas. Allí tienen el ritmo en la sangre, y yo nací sin ritmo. Les debió divertir, así que vino otra niña a volver a intentarlo. “De perdidos al río” me dije, y recordando viejos tiempos, como si de una bachata se tratara, comencé a darle vueltas a ritmo de salsa. No es que sepa o hubiera sabido bailar salsa, pero me parecía más apropiado intentarlo con la salsa que con el chunda chunda. Aquello les hizo gracia y se animaron más, y con ellas yo, así que una vez ignorada la vergüenza comencé a moverme como Mc Hammer en sus mejores tiempos, o eso creí yo. La niña que me había sacado a bailar comenzó a acompañarme moviéndose igual (aunque mejor), y el resto de niñas comenzaron a gritar, a reírse, y aplaudir, y nos acompañaron con el baile. Se lo estaban pasando bien. Y creo que en aquel momento entendieron que yo también, y que si parecía tan soso era porque soy tímido, no porque no me gustase la sorpresa que me había preparado.

Delante de mí veía mucho más que unas niñas, veía el futuro, y así se lo intenté transmitir. Les pregunté si querían que les dijera un secreto y respondieron al unísono que sí. Les pregunté si les gustaba el mundo en el que vivían. Al principio no sabían muy bien que responder. No conocían otro mundo más que el suyo. Les volví a preguntar, pero esta vez condicionando un poco más la respuesta, adornando la pregunta con la mentira, la corrupción, la injusticia y la pobreza. Obviamente respondieron a coro que no. Les dije entonces que les iba a decir un secreto, que ellas tenían la llave para cambiar esas cosas del mundo que no les gustaba, les pregunté si sabían por qué y respondieron que no. Entonces les pregunté cuántos hijos tenían pensado tener. Se rieron, y comenzaron a decir diferentes números: 10, 4, 8, 5, etc. Me quedé con 5, para facilitar el cálculo, y les dije que en la casa de las meninas había aproximadamente 50 niñas, y que de media cada una de ellas iban a tener unos 5 hijos, por lo que entre todas ellas tendrían unos 250 niños. Soy consciente que no me siguieron con el cálculo, pero se rieron al oír lo de los 250 hijos y sí eran conscientes que esos eran muchos hijos. Continué diciéndoles entonces que si ellas, como madres, educaban a sus hijos con valores de honradez, justicia, dignidad y respeto, 250 niños eran un buen número para comenzar a cambiar las cosas. No hubo respuesta. Ni risas. Sólo hubo silencio. Puede que todavía fueran muy niñas, o puede que les sea muy difícil hablar de futuro cuando desde que nacen sólo tienen el ahora.

Para finalizar me dedicaron unas palabras de agradecimiento. Una vez más me estaban dando las gracias simplemente por el hecho de haber ido a conocerles. A continuación, representaron una breve obra de teatro contando la historia de una madre que finge la muerte de su hija para recibir dinero por el duelo de sus vecinos, y que al final la descubre. La moraleja era que el dinero ganado a base de mentiras no es bueno, y que hay que ganarlo con honradez.

Tras la representación las niñas querían seguir cantando, pero la hermana les dijo que era tarde y tenían que descansar, así que cantaron la última de despedida y se retiraron al internado.

Aquella noche me dormí una vez más pensando en lo injusto que es el mundo. No pasé una buena noche, de hecho, me desperté varias veces con sudores fríos.

Por ahora lo dejo aquí, que el estómago se me va a volver reversible. Voy a ver si pido algo al servicio de habitaciones. Luego sigo.

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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