Miércoles 13/09/2017. 10:34. Misión de Netia. Distrito de Manupo. Nampula.

Retomar este diario en una página nueva no puede ser más significativo. El diario se merece un punto y aparte. Un reinicio. Un nuevo comienzo.

Trataré de ordenar los acontecimientos cronológicamente, retomándolo dónde lo dejé.

Desde las 12:00 a las 14:00 no hay mucho que contar. Comí en la cafetería de la planta de arriba, una especie de bocadillo de frango (pollo) con patatas fritas y un café con leche. A parte de eso, el tiempo transcurrió entre los asientos de la planta baja de la zona de vuelos domésticos y las salidas a fumar. Los baños no eran como los de Etiopía.

A las 14:00 facturé. Apenas llevaba unos minutos sentado enfrente de la puerta de embarque cuando se me acercó un policía sonriente y me pidió que le acompañara a la zona de checking. El policía, sin dejar de sonreír en todo momento, me preguntaba mientras caminábamos a dónde iba, de dónde era y alguna otra cosa que no entendí, hasta que me pareció entenderle que llevaba unos ordenadores en la maleta. Yo le dije que sí. Eran los portátiles que me había enviado Bea para llevar a la Misión. El policía me dijo, muy amablemente, que no era bueno llevarlos en la maleta, porque los podían robar y luego iba a llorar. Nos metimos por detrás del mostrador de facturación en sala en la que otro hombre revisaba la maletas que pasaban por la cinta transportadora a través de una máquina de rayos equis. Mi maleta estaba a un lado, fuera de la cintra transportadora. No había plastificado la maleta porque no lo veía necesario. La maleta tenía un cierre de combinación homologado por la ATS de Estados Unidos. Me dijo que era mejor que sacar los portátiles de la maleta. Yo le dije que ya llevaba una mochila de equipaje de mano, y le pregunté si no me pondrían algún problema por llevar además los portátiles, y me dijo que no, así que abrí la maleta y saqué los portátiles. Iba a cerrar la maleta pero el policía me dijo que esperara un momento, y removió la ropa para ver lo que llevaba. Salvo los portátiles, en la maleta no llevaba nada más que ropa. Le electrónica la llevaba en la mochila. Al comprobar que no había nada interesante me dijo que podía cerrar la maleta yo le di las gracias, y cuando me disponía a salir, con la misma sonrisa que en ningún momento se desdibujó de su cara, me pidió algo para tomar un café. Yo en ese momento no le entendía, no por el idioma, sino porque me parecía muy raro. ¿Era cierto lo que estaba oyendo? Miré mi maleta fuera de la cintra transportadora, miré al otro hombre que no levantaba la cabeza de la pantalla de la máquina de rayos equis y miré al policía. Podía decirle que no, y seguro que no me hubiera pasado nada, pero ¿Qué le hubiera pasado a esa maleta que estaba en esos momentos fuera de la cintra transportadora? No lo sé, pero no quería comprobarlo, así que me eché la mano al bolsillo donde había los meticales y tanteé en su interior. Había pedido billetes pequeños, así que me habían dado de 20, 50, 100 y 200. Saqué un billete a ciegas, y fue de 20 meticales (al cambio vienen a ser algo más de 20 céntimos de euro). Con el billete en la mano le mire, sonreí y le dije “esto es poco, ¿no?” y el asintió sin dejar de sonreír. Volví a meter la mano en el bolsillo, y al azahar, volví a sacar otro billete de 20 meticales. Le miré e hizo un gesto con la cabeza que interpreté como un “Sigue buscando”. Volví a meter la mano en el bolsillo. Esperaba sacar ya de una vez uno de 200 meticales a ver si así me podía ir, pero saqué uno de 50 meticales. Aquello tampoco era suficiente. El policía me dijo que también le servían euros, pero le dije que no tenía. Si tenía, en la cartera, pero tenía claro que si abría la cartera me quedaba sin todos los euros que llevaba encima, así que volví a meter la mano en el bolsillo, y esta vez sí, saqué un billete de 200 meticales. El policía dijo algo parecido a “Tá ben”, me cogió de las manos los dos billetes de 20, el de 50 y el de 200, lo que al cambio vienen a ser unos 4 euros y ya me pude ir, con la mochila al hombre y los dos portátiles metidos en dos bolsas, en las manos. Por supuesto el policía no me acompañó de vuelta, el trabajo ya estaba hecho.

A parte del momento del café del policía, del resto de la espera no hay mucho más que contar. El avión salió con media hora de retraso. El vuelo era de una hora y cincuenta minutos. Una vez más me convertí en bicho bola y me desperté cuando estábamos descendiendo para aterrizar en Nampula.

Aterrizamos en Nampula alrededor de las seis y media de la tarde, y era noche cerrada. El aeropuerto de Nampula era bastante chiquitito y en seguida localicé mi maleta y salí, tras  pasar la maleta por una nueva máquina de rayos equis. A la salida, un montón de personas se arremolinaban esperando algún viajero. De entre todas ellas pude ver claramente a una mujer que me sonreía. Era la hermana Aurora, responsable de la Misión. Ella me había reconocido porque le había enviado una foto del pasaporte para que me pudiera hacer la carta de invitación, pero tampoco era muy difícil reconocerme, no allí no había muchas personas de raza blanca. La hermana Aurora, muy amablemente, me dio la bienvenida, y me presentó al padre Antonio Gasolina, el párroco de la misión. Le hermana Aurora es de Perú, y llevaba en la misión de Netía desde hace más de 14 años. El padre Gasolina era oriundo de allí.

Nos subimos en un 4×4 y nos dirigimos a la Misión de Netia. De Nampula a Netia hay unos 120 kilómetros de carretera mal asfaltada y sin apenas iluminación. Durante los primeros kilómetros, a ambos lados de la carretera se veían casas y personas caminando en uno y otro sentido.  A medida que nos alejamos de Nampula, las viviendas estaban cada vez más distanciadas, pero no dejamos de cruzarnos con bicicletas y personas que transitaban a ambos lados de la carretera sin más iluminación que los focos de los coches.

Al llegar a la altura de Netia, dejamos a un lado la carretera para adentrarnos por un accidentado camino de tierra, por el que sólo los todoterrenos podían circular.

Tras algo más de dos horas de trayecto, llegamos a la Misión. Sinceramente no puedo decir cuál fue mi primera impresión al ver la Misión, porque no se veía nada. Sólo llegué a intuir lo que me parecieron varias edificaciones, apenas perfiladas en la oscuridad. Era noche cerrada, y no había electricidad. Si me fijé en el cielo. No había ningún tipo de contaminación lumínica y pocas veces había visto el cielo tan lleno de estrellas. También me llamó la atención el silencio.

Nos salió a recibir una muchacha con la linterna. Me la presentaron, pero ahora mismo no recuerdo su nombre. Entramos en la casa de las hermanas, donde me iba a quedar. Era una casa humilde, pero muy acogedora. Me enseñaron mi habitación. Dos camas individuales, cada una de ellas con mosquitera, separadas por una pequeña mesita de noche; un armario pequeño, pero más que suficiente para la ropa que llevaba; y una mesa sencilla a modo de escritorio con su silla, era todo lo que había en la estancia principal. Y no se necesitaba nada más. La habitación disponía de un baño privado, con ducha, inodoro y lavabo. Sobre la cama, toallas, pasta de dientes y un cepillo. Había dos ventanas, una grande en la estancia principal que daba a la parte de atrás de la vivienda, y una ventana pequeña en el baño, ambas con mosquitera.

Y de repente se hizo la luz. Habían encendido el generador. Antes de instalarme y deshacer la maleta cenamos. La hermana Aurora me presentó a la otra hermana que estaba con ella en la misión (¡Que malo soy para los nombres!) y con nosotros cenó también la muchacha que nos había salido a recibir. Sobre la mesa del refectorio (comedor) había una cacerola con arroz blanco, una bandeja de patatas (o batatas) fritas, ensalada y carne (creo que era conejo). Todo estaba muy rico.

El cansancio me estaba venciendo, así que tras una breve conversación en la que la hermana Aurora me contó un poco lo que hacían en la Misión, me retiré a la habitación a descansar. La hermana me dijo que descansara y que no me preocupara por la hora de levantarme, aun así, puse el despertador a las seis de la mañana. No iba a estar allí más que nueve días, y no quería pasarme el tiempo durmiendo. Aunque estaba agotado me puse en la Tablet (con los casquitos) una película y no recuerdo haber pasado de los créditos.

A las seis sonó el despertador. A través de los cristales traslúcidos de la puerta y el estrecho hueco que quedaban entre las dos piezas de las cortinas, se colaba la claridad. En el exterior se oían voces y movimiento. Hice la cama, me tomé una ducha como pude con el hilillo de agua que había, me vestí, me tomé la pastilla de la malaria y salí de la habitación.

Nada más salir me encontré con la hermana de la que no recuerdo su nombre. Me llevó al comedor y me dijo que tomara asiento. En la mesa había café soluble, leche en polvo, azúcar morena, un termo con agua caliente y una especie de bollos de pan, muy parecidos (sin llegar a serlo) a las medianoches. Estaban muy ricos. Para untar había mermelada.

Apareció la hermana Aurora y se sentó conmigo a acompañarme mientras desayunaba. Mientras conversábamos, apareció una niña pequeña (como no, no recuerdo su nombre, soy un desastre). Al principio su timidez le impedía acercarse a mí, pero en unos minutos fue más fuerte la curiosidad que la vergüenza, y empezó a traerme todo lo que encontraba a su alcance. Yo iba cogiendo todo aquello que me entregaba, le daba las gracias y lo dejaba encima de la mesa. Pronto sobre la mesa había depositado platos, bollitos de pan, un bote con manises (deliciosos, por cierto), una muñeca, cajas de pastillas, llaves, una mochila. Me trajo incluso una bicicleta rosa con ruedines, que no me pareció ni apropiado subir encima de la mesa. La pequeña tiene tres años, los mismos que mi “sobrijada” (sobrina y ahijada). Vivía con ellas en la Misión desde el mes de enero (hacía ocho meses). Su madre era una niña y la había abandonado, dejándola con su bisabuela, la cual no la podía mantener, así que se la había entregado a la Misión para que la cuidasen. Según me comentó la hermana Aurora, uno de los muchos problemas que hay allí son los matrimonios prematuros. En el momento que una niña tiene el periodo, y por lo tanto la puede tener hijos, la entregan en matrimonio, porque así es una boca menor que alimentar para la familia (hay que tener en cuenta que son de comunidades muy pobres) y lo normal es que las mujeres comiencen a ser madres muy jóvenes, siendo realmente niñas, y tengan más de una decena de hijos a lo largo de su vida, aunque no suele ser una vida larga, ya que la esperanza de vida en este país ronda los 45 años, menos en el caso de las mujeres.

La hermana (la hermana Aurora no, la otra) iba a llevar a la pequeña al hospital de Nampula a que le revisaran la vista, la que tenía estrabismo. La niña no se quería ir, porque quería jugar conmigo. Al final la convencimos, y le dije que cuando volviera yo iba a seguir aquí.

Después de desayunar, la hermana Aurora me llevó a dar una vuelta por los terrenos de la misión y me contó un poco su historia. La Misión fue construida por los hermanos Combonianos en el siglo pasado. Tras la guerra de Independencia fue expropiada por el gobierno. Poco a poco, básicamente a medida que las edificaciones se iban cayendo por la falta de mantenimiento, la iglesia pudo recuperar algunos edificios que fueron rehabilitando. Actualmente en los terrenos donde se ubica la misión conviven edificios gestionados por la misión y edificios gestionados por el gobierno. La misión gestiona la iglesia, una escuela primaria de formación profesional agraria, la casa das “meninas”, un centro pastoral polivalente, la casa del padre y la casa de las hermanas, dos internados para los estudiantes de la escuela profesional, la casa de los profesores y la casa del médico. El gobierno gestiona una escuela de primaria y un centro de saludo tipo 1, así como las casas de los funcionarios que están en por la cercanía (profesores de la escuela pública, enfermeros del centro de salud, etc.).

La diferencia del estado de conservación entre las edificaciones gestionadas los la misión y las gestionadas por el gobierno son como la noche y el día. Como me decía la hermana “para hablar de dignidad a las personas, lo primero que hay que hacer es tratarles dignamente, y eso es lo que nosotros intentamos aquí”.

Fuimos a visitar la escuela agraria. La escuela tenía básicamente dos aulas y una sala de profesores. Al lado de las aulas estaban construyendo, con la ayuda de Manos Unidas, otro barracón que será un edificio administrativo. Entramos en las aulas y sin decir nada, los alumnos se pusieron de pie y nos dieron los buenos días. Todos los alumnos, tanto ellos como ellas, iban uniformados con un pantalón verde y una camisa del mismo color pero unos tonos más claro. Había pupitres individuales y la clase de veía limpia y cuidada. La hermana me presentó a los alumnos y a los formadores, y me tocó decir algunas palabras, que la hermana fue traduciendo al portugués. Como era de esperar en mi, la timidez me poseyó, y sólo pude decirles que yo estaba allí para aprender de ellos y que aunque les pareciera serio, en el fondo no lo era, que era tímido nada más, y que no tuvieran miedo de acercarse a hablar conmigo o preguntarme lo que quisieran, que no me comía a nadie. De las dos aulas sólo un alumno se animó a preguntarme. Su pregunta también me la hizo posteriormente una formadora, quería saber cuál era mi profesión, pregunta difícil de responder pues no creo ni que mi familia lo tenga muy claro, así que lo resumí en que trabajaba en una oficina con ordenadores.

Tras visitar las aulas de la escuela agraria, la hermana me mostró cómo los alumnos estaban haciendo prácticas en la huerta, las plantaciones y el invernadero. También fuimos a ver los corrales de los animales (gallinas, pavos y cerdos) y cómo se preparaba el abono, 100% natural. Lo que allí producen es para el autoconsumo, para abastecer a las comunidades (la Misión da servicio a 214 comunidades repartidas en un territorio muy grande y en algunos casos de complicado acceso) y para vender lo que se pueda para obtener recursos para ayudar al mantenimiento de sus instalaciones. De regreso a la casa de las hermanas, pasamos por la escuela pública de primaria, gestionada por el gobierno. Nos metimos en varias aulas y el panorama era totalmente diferente. Los niños estaban sentados directamente en el suelo, porque no había pupitres, ni sillas, ni nada. El suelo, si bien en algún momento había debido estar cimentado, presentaba socavones que denotaba una falta total de mantenimiento. Las paredes estaban totalmente pintarrajeadas y unos huecos hacían las funciones de ventanas. Más tarde me dirían “y estas no están tan mal, al menos tienen techo”. Viendo aquello entendí lo que me decía la hermana de tratarlos con dignidad. Lo más chocante (o no) es que en Mozambique sí existen partidas y subvenciones dedicadas a la educación, de hecho la mejora tanto de la educación como de la sanidad son las grandes apuestas y compromisos del gobierno, sin embargo, por la razón que sea, esas subvenciones se van diluyendo por el camino y lo que realmente llega, al menos a esa escuela de la región de Nampula, región rural del norte de Mozambique, es un lápiz y un cuaderno de mala calidad para cada niño.

Regresando de la escuela nos encontramos con el Padre. La hermana Aurora se despidió de nosotros y se retiró a hacer sus quehaceres y el Padre me siguió enseñando el lugar. Tras enseñarme su casa y los internados y el centro pastoral polivalente, fuimos al centro médico. Todo lo que pueda contar de aquel sitio parecerá increíble. A mí al menos me lo pareció. La bofetada de realidad fue increíble. No creo que se me pueda olvidar nunca. Hay que verlo para creerlo. El centro médico se compone de una serie de barracones y cuando llegamos los pacientes de todas las edades, se apilaban en los pórticos, buscando la sombra mientras esperaban su turno. En ese centro médico hay, digámoslo así, tres niveles de funcionarios: el Director médico, que en este caso lleva la dirección de 4 centros médicos muy apartados unos de otros, por lo que es muy frecuente que no esté allí (hoy no estaba); los enfermeros, que llevan el centro en la ausencia del médico; y los que denominan sirvientes, que según me pareció entender, era una especie de celadores con conocimientos muy básicos de primeros auxilios.

Dimos una vuelta por el reciento. Había cuatro alas, formadas por tres barracones (uno de ellos en forma de L) divididos en pequeñas salas. Los barracones se distribuyen formando una especie de cuadrado incompleto, espaciados los unos de los otros por caminos de tierra. En el primer barracón que te encuentras al llegar al centro por un lado están las consultas y la habitación de las mujeres (pacientes internadas) y por la parte de detrás estaba la habitación de los enfermos de tuberculosis y otras salas que no sé lo que son. En el siguiente barracón, dispuesto en un ángulo de 90 grados con este primero, estaban la sala de urgencias, la habitación de los hombres internados, el economato y la farmacia. A 90 grados de este barracón, y enfrente del primero, estaba el último, en forma de L. las primeras salas no sé lo que eran, pero la última era la sala de maternidad.

Enfrente de la habitación de los enfermos de tuberculosis, en el exterior, un hombre, un paciente, removía en cuclillas con una cuchara de palo el contenido de una olla que calentaba al fuego de una hoguera en el suelo. El personal médico prepara su comida en una especie de cobertizo apartado, que no tiene más que una hoguera y una hoya grande, pero los pacientes, aunque pueden comprar algunos alimentos en el economato, se traen la comida de su casa y la cocinan fuera.

Entré en la habitación de los enfermos de tuberculosis, y se me cayó el alma a los pies. Unas seis camas dispuestas una al lado de la otra, con aproximadamente 40 centímetros de separación, ocupaban todo el largo de la habitación. Las dos camas del fondo sólo eran un somier de hierros, las otras cuatro camas tenían colchón. No creo que se me pueda olvidar en mi vida las sábanas que de cualquier forma estaban puestas sobre aquellas camas. La mugre se mezclaba con la sangre y el color blanco, que en un principio debieron haber tenido, había desaparecido por completo. Al ver aquello recordé que el centro médico tampoco tenía ni agua ni electricidad. Las comunidades rurales del norte de Mozambique que no están pegadas a la carretera principal carecen de acceso al agua potable y a la electricidad. Gracias a la colaboración del Canal de Isabel II, hace un año se hizo un proyecto para canalizar el agua no sólo a los edificios gestionados por la misión, sino también al centro médico, y se construyeron varios pozos de los que sacar el agua. El problema es que, al no haber energía, sólo pueden extraer el agua de los pozos durante las dos horas al día que pueden tener encendido el generador de gasóleo, y no es suficiente para abastecer los internados, el centro médico, la escuela, regar las plantaciones, dar de beber a los animales, etc.

Tras ver la habitación de los enfermos de tuberculosis, entré en la habitación de los pacientes internados con enfermedades comunes. Por la situación del barracón y la posición de sol a esa hora, la habitación estaba en penumbra. En una de las camas un hombre de unos 50 años estaba acostado tapado de la cintura para abajo con un manta. El padre le preguntó que le pasaba, y el hombre apartó la manta dejando ver su pie derecho. Estaba hinchado y la piel parecía que iba a explotar por la tensión. Nunca había visto una inflamación así. El hombre nos dijo que se le había caído un leño en el pie. No hace falta tener conocimientos médicos para darse cuenta que aquella herida estaba infectada. Para tratar su pie le habían recetado paracetamol. Allí no hay otra cosa y todo lo resuelven con paracetamol. Con los medicamentos pasa lo mismo que con las subvenciones en la educación. “Haberlos, como las meigas, hailos”, pero misteriosamente no llegan a los centros médicos donde tienen que llegar y curiosamente mientras en los centros médicos se habla de una ruptura de stocks, en las farmacias que venden los medicamentos a los pacientes, al no haber en los centros médicos, ahí nunca faltan, eso sí, se venden, y para lo que ganan allí, caros. De todas formas, aunque llegasen a aquel centro médico medicamentos veo complicado que muchos de ellos se pudieran conservar sin una refrigeración adecuada, y sin electricidad es complicado.

Son las 12:18 y me acaban de venir a buscar para ir a comer. Aquí lo dejo por ahora y luego continúo.

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