17:24. Misión de Netia. Distrito de Manupo. Nampula.

Acabamos de regresar y las hermanas se han retirado a la oración, así que voy a aprovechar para seguir con el diario. No quiero dejar que los recuerdos se distorsionen por no escribir con continuidad. No me fio de mi neurona y hay muchas cosas que no quiero olvidar.

La hermana me ha llevado a la comunidad más cercana a la misión. Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de niños que jugaban fuera de las casas, aunque no era de extrañar, teniendo en cuenta la tasa de natalidad tan alta que hay allí y que las casas no son más que unas pequeñas edificaciones rectangulares hechas de ladrillos de adobe y techo de paja (allí le llaman Capi), de una sola habitación, dos a lo sumo dependiendo el tamaño de la familia, y por supuesto sin luz, por lo que prácticamente sólo se meten dentro para dormir cuando se pone el sol. La vida durante el día se hacía fuera de las casas.

Las casas tampoco tenían agua, y se abastecían de los ríos cercanos, que en esta época del año estaban prácticamente secos, y de pequeños pozos que hacía excavando la tierra de forma totalmente artesanal. Cuando se secaba un pozo lo cerraban y excavaban otro.  Estos pozos podían estar bastante apartados de la población, por lo que tenían que recorrer largas distancias para obtener el agua.

A unos cuantos kilómetros de la comunidad hay un río con caudal, que podría abastecerlos, pero la inversión en infraestructuras es más bien nula, y la solución que da el gobierno es que construyan pozos. El problema es que si no llueve los pozos tampoco son la solución. Unos kilómetros más arriba una corporación participada por la Comunidad Europea, Estados Unidos y el gobierno de Mozambique, han adquirido miles de hectáreas de terreno para montar una plantación de bananos, y para poder hacer llegar el agua a la plantación han construido una presa y han derivado el agua a sus terrenos, y yo me pregunto, ya que esa corporación, así como el resto de multinacionales Brasileñas que se llevan la madera, Chinas que se llevan la piedra, Indias que se llevan el algodón y la sal, etc, etc, etc. se están beneficiando de los recursos naturales de aquella región, así como de la mano de obra no especializada que les sala muy barata, ¿No podrían en contraprestación ayudar un poco a las comunidades de allí? Digo yo que si como en este caso realizan una gran inversión para llevar el agua a sus plantaciones, ya aprovechando podrían hacer llegar también el agua a las comunidades cercanas a la plantación, que necesitan tanto el agua como sus bananos, ¿No? Lo sé, no seas iluso Jaime, de los habitantes de las comunidades no se sacan beneficios. Siempre lo he pensado, en este mundo hay dos tipos de personas: lo que si te pueden salvar la vida con una pastilla te la dan por humanidad y los que le suben el precio a la pastilla para sacar un mayor beneficio, importándoles una mierda que no lo puedas pagar. Así es la vida.

Bueno, volviendo a la comunidad, sobra decir que la mayoría de aquellas personas no tenían nada. Y cuando digo nada es nada. Le pregunté a la hermana de qué vivía aquella gente y me dijo que de la agricultura de subsistencia. Las tierras donde estaba asentada aquella comunidad no era fértil, así que todos los días tenían que caminar varios kilómetros hasta la montaña donde tenían sus cultivos. La época de lluvias es de diciembre a marzo, pero cada año llueve menos, y basan su alimentación en la yuca, debido a que es un cultivo que soporta mejor la sequía que otras plantas. Esas comunidades no reciben ningún tipo de subsidio o ayuda, por lo que para obtener dinero para comprar cualquier cosa que necesiten, salen a la carretera principal a vender lo que tienen, bien sea la yuca, tomates, cacahuetes, una gallina, etc. Eso les permite obtener algún metical, el problema es que la mayoría de ellos no tienen para comer y vender, así que lo que venden es comida que dejan de tener para alimentar a la familia.

La pobreza y la tasa de natalidad tan elevada son las principales causas por las cuales los padres entregan a sus hijas en matrimonio apenas han tenido el primer período. No es que no quieran a sus hijas, simplemente es una forma de reducir el número de bocas a alimentar. No debe ser nada fácil sacar adelante 12 hijos con casi nada que comer. Precisamente para tratar de combatir estos matrimonios prematuros, la Misión creó la casa de las “meninas”, para que las familias pudieran tener allí a las niñas hasta los 15 años aproximadamente, para que fueran alimentadas por la misión y les dieran una formación y les enseñaran a valerse por sí mismas. En la actualidad tienen en la casa unas 50 niñas.

Me suena a topicazo, pero a los niños se les veía felices. Al estar todo el día en la calle, el sentimiento de comunidad estaba mucho más arraigado que en España, al menos que en Madrid. No tienen ni televisión, ni consolas, ni teléfonos móviles, ni juguetes, así que los suplen por la imaginación y lo que tienen a su alcance. Mientras caminaba por la comunidad vi pasar varias veces a un grupo de unos 10 niños, niños y niñas, de distintas edades, riéndose mientras corrían todos ellos agarrados a una cuerda. Iban de un lado para otro, corriendo y riendo. Lo estaban pasando muy bien. Pero no se puede caer en la tentación de pensar “Míralos, que felices son. Son más felices que nuestros hijos”, porque es peligroso quedarse con eso. Los niños no dejan de ser niños, pero lo que hay por detrás tiene una lectura mucho más triste y cruda. Esos niños crecerán sin ninguna esperanza de mejorar su forma de vida, y mientras sean niños y jueguen todo es divertido, pero cuando dejen de ser niños se tendrán que enfrentar a una realidad muy dura. Es muy triste pero esa gente tiene asumido que la vida es así y no se puede cambiar. Creo que para poder tener una mejor educación y sanidad, tienen que cambiar esa forma de pensar y reclamar sus derechos como personas, y eso me hace pensar que tal vez precisamente por eso la educación sea tan deficiente y que tal vez no interese que esas personas adquieran un pensamiento crítico.

Ahora recuerdo mi primera impresión cuando llegué al aeropuerto de Maputo: “que limpio está todo, que civilizado es Mozambique”. Desde luego si mi viaje hubiera consistido en ir del aeropuerto de Maputo, a uno de los tantos hoteles e 5 estrellas que hay con valoraciones muy positivas en Tripadvisor, y de ahí hubiera ido a una de las playas paradisíacas de los archipiélagos del sur y en una terraza, propiedad de algún europeo, hubiera regresado a mi país con la imagen de un país, que no es que no sea real, porque esa realidad existe y está ahí, pero existen muchas realidades y la que yo estoy conociendo es muy diferente, y también existe. Y viviría tan a gusto y con la conciencia muy tranquila porque todos los meses dono 50€ a UNICEF para ayudar a niños pobres que deben estar por ahí.

Son las 18:05 y voy a tener que parar de escribir porque todavía no han encendido el generador, ya es de noche y me estoy dejando los ojos con el frontal. En cuanto pueda sigo escribiendo.

Por cierto, la pequeñaja que conocí esta mañana y se llevaron al hospital de Nampula, se llama Julia (lo pronuncian como Giulia), y la chica que nos recibió ayer al llegar a la misión se llama Natacha.

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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