Jueves 21/09/2017. 8:02. Terminal internacional del aeropuerto de Maputo.

Acabo de embarcar en el avión con destino a Lisboa. Tengo sentimientos contradictorios. Por una parte me da una pena enorme abandonar este país y dejar aquí al Padre, las Hermanas, la pequeña Julia, Natacha y Lidiali, los chicos de la escuela, las niñas de la casa de las meninas; y por otra parte estoy deseando escapar de aquí. Hoy en el control del aeropuerto intentaron robarme. Fue el equipo de seguridad del aeropuerto y la policía. Me imaginaba que algo así podía pasar, así que después de desayunar en una cafetería del aeropuerto le dejé al camarero todos los meticales que me quedaban (excepto un billete de 20 que me llevé de recuerdo) de propina. Como siempre suelo hacer, antes de pasar el arco de seguridad, deposité todo lo que llevaba metálico en la mochila, y cuando pasé por el detector de metales no pitó, aun así me pidieron que pusiera los brazos en cruz y me empezaron a cachear. En cada bolsillo que tocaban algo me preguntaban que llevaba ahí, y yo siempre decía papeles, y me los hacían sacar para mostrarles que no llevaba dinero. Así fue con todos los bolsillos. Al no detectar ningún billete, el hombre que me cacheó me indicó que me fuera a una mesa situada en un lateral, apartándome del camino del resto de los viajeros, e hizo una seña con la cabeza a unos policías. Se me acercó un hombre, personal de seguridad y me pidió el pasaporte mientras nos acercábamos a la mesa. Al ver que era español me empezó a llamar Manolo. Al llegar a la mesa el hombre se puso enfrente mía, al otro lado de la mesa, custodiado por dos policías.  Con el pasaporte en la mano empezó a preguntarme cuantos meticales estaba sacando del país. Yo sabía que estaba prohibido sacar divisa nacional del país, así que le dije que nada, que lo poco que me había quedado lo había dejado en el bar de propina. Hasta ese momento todo podía parecer normal. No se puede sacar meticales y por meticales me estaba preguntando, pero de los meticales pasaron a preguntar por los euros. Querían saber cuántos euros llevaba encima. Yo le dije que ninguno, aunque sí llevaba cerca de 100 euros en la cartera, metidos en la mochila. No tenía ninguna duda que, si hubiera reconocido tener euros, me hubiera quedado sin ellos. ¿Para qué querían saber si llevaba euros sino? Temía que me pidieran abrir la mochila y descubrieran la cartera, pero no fue así, simplemente me preguntó cuándo tenía pensado volver a Mozambique, yo le respondí, con la mejor sonrisa que pude mostrar, que esperaba que pronto, porque me había encantado. Me devolvió el pasaporte y me deseó un buen viaje. Que difícil debe ser vivir en un país donde no te puedes fiar de los funcionarios públicos.

Bueno, yo a lo mío. ¿Por dónde voy? Vale, ya lo he visto, me queda por contar el domingo 17 por la mañana, cuando fuimos a una comunidad; y el martes 19 casi completo.

De ayer hay poco que contar. Me levanté a las 5:00, hice la maleta, desayuné y a las 6:00 aproximadamente vino el padre a buscarme para llevarme al aeropuerto. No hubo mucho tráfico y llegamos cerca de las 8:00 al aeropuerto. El avión salía a las 9:20, así que facturé, compré un paquete de cigarrillos y tras unos minutos conversando con el Padre (que gran hombre) embarqué. Llegué a Maputo a las 11:30 pasadas y cogí un taxi para ir al hotel. El Hotel Avenida está situado en la avenida de Julius Nyerere, una de las zonas bien de Maputo. Lo primero que hice nada más llegar fue darme un baño. Después dormí un poco. Tenía más sueño que hambre. A eso de las 15:30 vino al hotel a despedirse la hermana Aurora con una amiga. Era el último día del congreso y por la noche regresaba a Nampula. Después de la visita de la hermana volví a la habitación. Me puse una película en la Tablet y cuando acabó continué con el diario, hasta que me pudo el hambre. Llamé al servicio de habitaciones y pedí una ensalada y un plato de pollo estilo norecuerdoqué y de postre un pedazo de tarta de zanahoria. Estaba todo muy rico. Después de cenar iba a continuar con el diario, pero me dio pereza, así que me puse otra película y me quedé dormido.

Hoy me levanté a las 5:00, porque tenía el transfer del hotel al aeropuerto a las 6:00 y antes tenía que hacer el checkout. Llegamos al aeropuerto muy rápido, facturé, pasé por el mal rato al pasar el control de seguridad, y una vez pasado enseguida embarcamos.

Ahora tengo por delante 10 horitas de avión, así que a ver si me da tiempo a terminar de contar lo que me falta.

Voy a continuar con la mañana del domingo 17.

El domingo me levanté un poco más tarde, a las 7:30. No había pasado una buena noche. Me había despertado varias veces con sudores fríos y malestar en general. No parecía que tuviera fiebre, pero me dolía todo el cuerpo. Cuando me levanté parecía que se me había pasado.

Desayuné y salí un rato fuera. En la Misión hay una iglesia. La iglesia se levanta en el medio de los terrenos de la Misión, y destacaba por su tamaño del resto de las edificaciones. Desde fuera se aprecia una doble altura, pero me imagino que por dentro será una única planta de techos altos. La iglesia está revestida de ladrillos rojizos, y estrechos ventanales con cristales de colores azul, verde, rojo y amarillo. Hay varias ventanas sin cristales. En la parte frontal hay un sencillo pórtico, sujeto por 6 columnas blancas que dan sombra a 3 modestas puertas de madera, al cual se accede a través de 4 escalones.

Le había preguntado a la hermana si los domingos se celebraba misa y me dijo que misa como tal no, ya que los domingos el Padre iba a las comunidades, pero que hacían una celebración. Tenía curiosidad por ver esa celebración y me hubiera gustado verla, pero no pude, ya que el Padre me vino a buscar por si quería acompañarle a ver cómo era una misa en una comunidad, y no me pude resistir.

Nos adentramos con el 4×4 por un camino tortuoso, hacia el interior, apartándonos de la carretera principal. El cáliz dorado que el Padre había colocado entre los dos asientos de delante daba saltos con cada bache. Camino de la comunidad le pregunté al Padre si todos los domingos iba a celebrar la misa con las comunidades, y me dijo que su parroquia la componen 114 comunidades, muy alejadas unas de otras, y aunque intentan agruparse aquellas comunidades que se encuentran cerca unas de otras, para la misa, el año no tiene suficientes domingos para visitarlas a todas, así que celebra la misa cualquier día de la semana, dando prioridad en tiempos de sequía a las comunidades más aisladas, ya que en época de lluvias es imposible acceder a ellas. Tras unos 40 minutos dando botes por los baches, llegamos a la comunidad. El Padre me dijo que se iban a llevar una sorpresa, porque no me esperaban. Y así fue. En cuanto bajamos del coche pude sentir multitud de miradas puestas en mí, y no me extraña, allí no había playas paradisíacas, ni hoteles de lujo, ni televisión, mi internet, ni periódicos. Allí no había nada, ni la más mínima comodidad, y por supuesto tampoco había agua ni electricidad, por lo que para muchos de ellos yo era el primer blanco que veían en su vida. Me mantuve al lado del Padre, y a medida que se iban acercando a saludar al padre también estrechaban mi mano con una sonrisa que transmitía amabilidad y, aunque no entendía por qué, agradecimiento. Más tarde lo entendería. Aunque suene raro, al menos para mí, estaban agradecidos por el simple hecho de haberlos ido a ver. Allí nadie va a visitarles. Ellos no existen para mucha gente.

Nos metimos en una especie de casita rectangular, de las de pared de ladrillo de adobe y techo de chapa. Dos huecos a cada lado, en la parte frontal, hacían de puertas. El suelo era de cemento y al fondo, centrado con las puertas, se levantaba un sencillo altar de obra. Era la iglesia. El Padre me indicó que me sentara a su lado, en una silla de plástico, parecida a la de los chiringuitos de playa. La silla del padre y la mía eran las únicas que había. El Padre se puso encima de su ropa una túnica blanca (no sé como se llama) y una estola, que había sacado de su viejo maletín, y depositó el misal encima del pequeño altar. Poco a poco la estancia se fue llenando. Multitud de jóvenes y no tan jóvenes, se iban sentando en el suelo. Me sentía observado. Me sentía muy observado.

Antes de comenzar la celebración, el Padre se dirigió a los asistentes para presentarme. Lo hizo en portugués y en macua, porque no todos los allí presentes habían ido a la escuela. El Padre les dijo que yo había ido a visitarlos desde España, en Europa, para conocerlos y estar con ellos. Les dijo que España era un país mucho más desarrollado que Mozambique y que había dejado las comodidades de mi país para ir hasta allí y que me daba las gracias por ello. No pude evitar sentirme culpable. No me sentía merecedor de aquellas palabras. Yo sólo estaba pasando unos días de vacaciones. Yo me iría, pero ellos se quedarían allí, sin casi nada. El Padre les dijo que me podían preguntar lo que quisieran. Me hicieron varias preguntas acerca de mi familia, si estaba casado, si tenía hijos, mi profesión, etc. Respondiendo a una de sus preguntas, sinceramente, no recuerdo cual, les dije que era yo quien les tenía que estar agradecido a ellos por haberme dado la oportunidad de conocerlos y que si, como la mayoría de los turistas que visitan Mozambique, hubiera ido del aeropuerto internacional de Maputo a un hotel de 5 estrellas y de ahí a los chiringuitos (regentados por y para europeos) de las playas paradisíacas de los archipiélagos, hubiera dejado de conocer otra realidad que también existe, y entonces uno de ellos, un señor mayor, me respondió que ellos no saben cómo es Maputo. Era cierto, ellos no podían comparar. No sabía, no conocían lo que había más allá de su comunidad, o como mucho de las comunidades cercanas. No tenían televisión. No tenían periódicos. No tenían Internet. No sabían o al menos nunca había visto, que hay lugares en el mundo donde la electricidad se utiliza, entre otras cosas, para iluminar vestidos o zapatos detrás de enormes escaparates; o que hay una cosa que se llama piscina, que básicamente se utilizan para refrescarse y pasar el rato; eso por no hablar de que hay sitios donde existe un sanidad y una educación digna; o que está de moda la comida ecológica, que no es más que alimentos cultivados como lo hacen ellos, de forma natural, sin química. Sé que puede haber quien piense, “Mejor para ellos si no conocen. Ojos que no ven, corazón que no siente”, pero me parece una reflexión cobarde. No ver una realidad no quiere decir que no exista, y pensar así me hace dudar por quién lo están diciendo, si por los que no pueden ver, ellos; o por los que no quieren ver, nosotros.

La celebración fue muy especial, nada que ver con las celebraciones que he visto hasta entonces.

Me estoy quedando sin tinta y el bolígrafo apenas escribe. Lo único que hago es rallar la hoja. Voy a tener que dejarlo aquí, y bien que lo siento, todavía me quedan más de 9 horas de viaje por delante. En Lisboa compraré un bolígrafo para continuar, que a este paso no voy a acabar nunca el diario.

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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