Disculpa si te escribo desde este blog. Me hubiera encantado escribirte desde mi email personal, más que nada porque a diferencia de otras cartas que he escrito antes, con esta sí se puede decir que tengo una pequeña esperanza de que si te llega la leas y respondas.

En estos momentos estoy en aeropuerto de Munich y me quedan unas 6 horas por delante hasta el siguiente vuelo. 6 horas es mucho tiempo para no hacer nada, así que he preferido hacer cualquier otra cosa, como por ejemplo escribirte esta carta. De Munich voy a Johanesburgo y de ahí a Nampula, una provincia del norte de Mozambique. Voy principalmente para verles y coincidir allí con los técnicos de una ONG Belga que van a ver si les pueden ayudar a acercarles la electricidad, que allí no tienen. También voy a ver cómo ha quedado la presa, que a finales de enero se vino abajo por las lluvias torrenciales durante los monzones. Esa presa abastecía de agua a miles de personas y comienza la temporada seca, así que a ver que se puede hacer.

No te preocupes, este no es email para pedirte dinero.

El otro día pasando de un canal a otro te descubrí en el programa Latemotiv, con Buenafuente. No te voy a mentir, no te conocía, pero por favor, no te lo tomes a mal, yo vivo bastante aislado en mi mundo. El caso es que me enganchó la entrevista y me quedé hasta que acabó. Sinceramente, me pareciste una de esas personas que sabe que este mundo tiene cosas que no están bien hechas. Al final de la entrevista te escuché dar voz al piano y no pude evitar que se me escaparan los sueños. Y precisamente por eso te escribo. Porque dicen que los sueños hay que perseguirlos.

Allí donde voy casi no hay nada. Son unas comunidades rurales de esas de casa de adobe y paja, sin electricidad ni agua. Allí hay un colegio público de primaria, una escuela de formación profesional agraria y un hospital, pero aparte de eso sólo hay personas, muchas personas y apenas hay nada más.

El caso es que mientras te escuchaba intentaba imaginarme lo que podría ser para ellos, que no tienen televisión y no han visto un piano en su vida, poder oirte. Poder escuchar, sentir una música que no han escuchado en su vida y que sin este tipo de locuras es muy probable que nunca escuchasen. Y por eso te escribo, para invitarte a conocerlos y ayudarles a descubrir el arte. No se trataría de un gran concierto, más bien algo informal. Tú, un piano y la gente de aquellas comunidades. Yo, si no te importa, te acompañaría, porque no me querría perder por nada del mundo los rostros de aquellas personas y sobretodo de aquellos niños. Allí no hay muchos extranjeros y los que van suelen ir para llevarse la madera, la piedra, las cosechas etc., y esta podría ser una maravillosa ocasión para que en vez de llevarse se les lleve, en esta ocasión sensaciones y sentimientos que de otra forma nunca en su vida conocerían.

Pues nada James, aquí te dejo esta carta. No sé si te llegará o si la leerás, pero tienes tiempo si necesitas pensarlo, ya que voy a estar allí una semana y una vez que salga de Europa ya no dispondré de datos.  Me encantaría poder leer tu respuesta a mi vuelta y llámame ingenuo, pero personalmente pienso que la experiencia también podría ser muy enriquecedora para ti. No todos los días se puede contar con una audiencia tan sumamente agradecida.

Si has leido esta carta, muchas gracias por tu tiempo; Si no la has leido, otro «éxito» en mi haber. Sea como sea y fuera como fuere yo por aquí seguiré haciendo cualquier otra cosa para intentar ayudarles.

Un saludo y mucha suerte.

Pd. Si lo que te preocupa es cómo llevar allí un piano dímelo y seguro que entre los dos algo se nos ocurre.

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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