Ha pasado una semana de mi regreso de Netia y me ha vuelto a pasar lo mismo que la última vez. El asfalto pegajoso, la rutina sedativa y un sentimiento de sabor amargo, muy amargo, una mezcla de tristeza e impotencia, no me ayuda a pasar de una realidad a la otra de una forma natural. Debe ser una especie de jetlag de la conciencia. Me cuesta escribir, pero hay mucho que contar así que tendré que buscar las palabras allí donde estén.

En esta publicación voy a intentar terminar de contar este segundo viaje a Netia, continuando donde lo dejé, con los belgas, los niños, la montaña y el dron.

Los belgas eran tres, o dos y medio, ya que uno de ellos, Geraldo, no tengo claro si era brasileño de ascendencia belga, o era un belga que vivía en Brasil. Sea como fuere, este hombre antes trabajaba en una ONG Belga, que ayudó a construir la escuela agraria en el 2012. Según me contó, esa ONG despareció. Parece ser que el propietario enfermó de Alzheimer y en su demencia (porque estando cuerdo nunca lo hubiera hecho) dejó a su hijo al cargo de la ONG. No siempre las habilidades se heredan y en poco tiempo la organización perdió la certificación y terminó por desaparecer. Aunque a veces parece que cuesta encontrarlas, todavía hay gente buena en el mundo y aunque la ONG ya no existe, Geraldo sigue intentando ayudar al desarrollo de aquellas comunidades. Gracias a Geraldo la ONG Belga Energy-Assistant.org situaron a la comunidad de Neti – Natete en el mapa y enviaron a dos técnicos, Markus y Matheus, para ver las instalaciones y tomar nota de las necesidades de consumo. Esta fue el punto donde yo me quedé con Energía Sin Fronteras, ya que es muy complicado identificar las necesidades reales sin un técnico in situ. Los belgas llegaron el lunes por la noche. Se alojaron en la casa del Padre. El mayor de los dos Belgas hablaba algo de español y el más joven algo de portugués, así que más o menos nos entendíamos y si en algo nos atascábamos recurríamos a Geraldo que ejercía de intérprete. El lunes no dio para mucho, presentaciones y poco más.

Geraldo, Matheus, el Señor Ignacio, Markus y el Padre Gasolina

Al día siguiente, el martes, estuvimos visitando las instalaciones con los belgas. Ellos estuvieron tomando nota de las características del transformador, los diferentes tipos de bombas que tienen para extraer el agua de los pozos, las necesidades de las escuelas, los internados, el centro multiusos, el hospital, etc. El más joven de los belgas me comentó que nunca había estado en África. Hablar de África en su conjunto es como hablar de Europa como un todo, como si España, Alemania o Reino Unido fueran una misma cosa. No es lo mismo Kenia, que Nigeria, que Sudáfrica o Mozambique, pero si es cierto que igual que hay muchas diferencias, también hay muchas semejanzas. Dicen que humanidad nació en el continente africano. Visto lo visto, la humanidad creció, se independizó y se olvidó del continente africano. Lo que sí tengo claro es que Matheus no olvidará nunca la experiencia y apostaría a que no será la primera vez que les visite. Yo ese día comí en casa de las Hermanas, los belgas en la casa del Padre. Después de comer fuimos a ver las torres del tendido eléctrico, situados al otro lado de la carretera principal, a unos 3 kilómetros en línea recta de la Misión. Los belgas vieron que se había hecho una extensión de la red eléctrica, que cruzaba la carretera principal y se adentraba hacia el interior. Se trataba de una instalación privada que conducía a las antenas de telefonía. Para las escuelas, los internados y el hospital no hay electricidad, pero para las antenas sí.

Después de ver las torres y hacer sus cálculos los belgas, regresamos a la casa del Padre a descansa un rato y beber un poco de agua (embotellada, allí no hay otra). Una vez recuperamos fuerzas nos fuimos de excursión. Posiblemente durante la comida el Padre les hablaría a los belgas de una montaña cerca de allí en cuya cumbre hay un santuario.La montaña se ve desde la Misión y cuando me dijeron que íbamos a subir allí arriba yo pensé que estaban bromeando, pero no, de broma nada, allí que nos fuimos. Un muchacho de la escuela agraria nos hizo de guía, abriéndonos el camino a través de la maleza. A cierta altura el Padre dijo que nos esperaba allí y se sentó a descansar. Yo me veía con fuerzas, o eso creía, así que continué subiendo. Nuestro guía conocía bien el cambio, pero no se veía senda por ninguna parte, sólo maleza. Seguí subiendo hasta que la verticalidad del penúltimo repecho me convenció a conformarme con una vistas desde no tan arriba. El pequeño guía y los belgas continuaron su acenso y yo decidí deshacer el camino andado para regresar con el Padre, pero no pude. Llegué a un punto donde no fui capaz de adivinar por dónde habíamos ido y aunque por un momento volvió a mi el Jaimito que de pequeño no había aventura que se le resistiera, el hecho de que me oriento como una taza en un microondas y que no faltaba mucho para que comenzara a irse el sol me ayudaron a desistir. Me senté a esperar que volvieran.

Vistas desde la montaña

 

Llegamos al a casa del Padre y todavía no había oscurecido, así que decidí probar el dron. Nunca había manejado ninguno y quería probar como se manejaba antes de grabar con él.  Las hélices del aparato hacen bastante ruido y, aunque sube bastante alto, como no hay contaminación sonora, desde abajo se escucha el zumbido y en un par de minutos estábamos rodeado de niños y no tan niños. Yo nunca había visto un dron y ellos tampoco. Como la batería del dron no dura más e 25 minutos y es complicado re cargarla cuando no hay electricidad, tras un par de subidas y bajadas, pruebas de giros y poco más, prefería guardar el juguetito hasta el día siguiente para poder grabar aquello. Desde eso día constantemente había pequeñajos cerca de la casa del Padre que cuando me veían me decían tímidamente «Avión» para que volviese a volar el dron. Por desgracia al día siguiente tuve un accidente aéreo con el dron (lo empotré contra la copa de un árbol) y se acabó la diversión.

Primera foto hecha con el dron

 

Y por hoy lo voy a dejar aquí. Ahora me alegro de haber retomado el diario, aunque haya sido en diferido. Me hace recordar. Mañana continuaré contando y compartiré algún vídeo.

 

 

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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