Ya lo había compartido en la página de Facebook y en la cuenta de Instagram, pero mi madre, aunque ha sido de las primera en enterarse, ha protestado porque no practica eso de las redes sociales y sólo lee lo que publico en este blog, y aunque no me lo decía abiertamente, yo sé que estaba muy preocupada por que alguien pensase que su hijo se había fugado a una isla desierta con el dinero recaudado en el crowdfunding, así que, por favor, permitirme que esta publicación se la dirija a mi madre (espero que no os importe).

Mamá, que sí, ¡El contenedor con el sistema solar ya está en Mozambique! Ha costado, ¿eh? Casi cuatro años, algunos de ellos muy duros, como el pasado, pero ¿Lo ves?, al final ha merecido la pena.

Aún recuerdo cuando te dije aquel día en la cocina que no sabía cómo lo iba a hacer, pero que había tomado la decisión de intentar ayudar a acercar la electricidad a la escuela agraria y al hospital, pero a intentarlo de verdad. No te voy a mentir, me costó decírtelo, porque al compartirlo contigo sabía que convertía una buena intención en un compromiso, y así fue, tras compartirlo contigo me lancé a la piscina, creé este blog y lo compartí con “el resto del mundo” (con quien me quisiese leer).

Mamá, tú me conoces mejor que nadie y sabías que mi ecosistema natural era el sofá. Sabías muy bien que no me gusta la visibilidad, que eso de salir en fotos y vídeos me horroriza y el sacrificio personal que suponía para mi hacerlo. Sabías muy bien que no me va el politiqueo, ni coleccionar tarjetas de visita. Sabías que vivo más bien al día. Sabías que lo único que tenía para empezar eran buenas intenciones, pero nada más y aún así, no me quitaste la idea de la cabeza, ni enumeraste los problemas y obstáculos como tú y yo sabemos que sueles hacer, aunque te pareciese intentar «poner una pica en flandes«.

No estoy seguro si lo llegué a publicar en el diario del primer viaje o no, por lo que no sé si lo sabes, porque nunca lo hablamos, pero cuando regresé de aquel primer viaje a Netia lo pasé muy mal. El sentimiento de impotencia era enorme y la frustración de no poder hacer nada me corroía. A este lado del mundo “nuestra realidad” se reduce a lo que nos quieren mostrar. Hay tanta porquería en Internet que es muy difícil diferenciar lo que es información real de lo que son fakes y terminas por no creerte nada más que aquello que sale de la boca o de la pluma de los que “piensan como tú”, lo cual siempre me ha parecido peligroso.  Pero en el mundo conviven muchas otras realidades, muy duras y que, aunque no las veamos, existen y conviven con las nuestras, de hecho, realmente todas estas realidades, las “suyas” y las “nuestras” son las dos caras de una misma moneda (y subrayo lo de moneda, porque al fin y al cabo de eso se trata todo, de dinero).  En aquel primer viaje hubo muchas imágenes que nunca podré olvidar (ni quiero hacerlo), pero hubo una que yo creo que fue la que más me empujó a comprometerme con esta causa en concreto, que fue cuando acompañé una noche a una niña a urgencias, porque estaba con convulsiones y sin sentido. El centro de salud no tenía electricidad (ni agua) y tuvimos que sujetar las piernas y los brazos de la niña entre varias personas (debido a sus convulsiones) mientras otras tantas alumbraban con los flashes de los teléfonos móviles para intentar acertar con la vena para ponerle un suero. Aquel chorro rojo iluminado por los flashes, bajando por el brazo de la niña hasta una sábana mugrienta que cubría la camilla, tuvo mucho que ver con la decisión que tomé.

Pero no te voy a mentir mamá, cuando adquirí el compromiso lo hice por dos razones. La primera de ellas y principal, para intentar llevarles la energía, porque la necesitan. La segunda, para demostrarme a mí mismo, si yo, tan sólo un particular; un particular sin conocimientos, ni experiencia, ni contactos, ni financiación; un particular que lo único que tenía era el tiempo libre que podía sacar después del trabajo, un ordenador y una conexión a internet; realmente podría hacer algo para ayudarles a conseguir la energía. Después de casi cuatro años, y aunque todavía queda la instalación, lo más complicado ya está hecho, así que ahora puedo decir que sí, que lo pude conseguir, que puede ayudar a ayudarles.  Y lo digo muy alto. Lo digo gritando. “SÍ, LO CONSEGUÍ”. Mamá, por favor, no me malinterpretes, no lo digo con soberbia, vanidad, ni con orgullo. Soy muy consciente que yo, en todo esto, lo único que he hecho ha sido buscar a las personas que pudiesen hacerlo realidad y que lo que hice yo, lo podría haber hecho cualquiera. Lo digo con rabia. Se trata de un grito de rabia que me sale del alma, porque el haberlo conseguido me demuestra que, si realmente hubiese voluntad, el mundo podría ser mucho más justo, y si el mundo no es más justo es simple y llanamente porque quienes realmente tienen el poder de cambiar las cosas no lo quieren intentar. Quienes realmente tenemos el poder de cambiar las cosas no son las siglas, los logotipos, los símbolos, ni los colores; somos las personas, las personas como tú y como yo, pero nada cambiaremos si no creemos en nosotros mismos, ni en lo que podemos lograr.

Pues nada mamá, aquí dejo la publicación y ya te voy avisando, no te encariñes mucho con el blog, que le quedan sólo dos publicaciones más. Una para mostrar la instalación del sistema solar y su puesta en funcionamiento y otra de despedida y agradecimientos.

Un besazo y te quiero.

Jaime

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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