Son las dos de la mañana y estoy tirado en el aeropuerto internacional de Doha. Salí ayer de Madrid a las 16.45. Se supone que hacía en Doha una escala de dos horas para coger el vuelo a Johannesburgo y de ahí el tercer vuelo a Nampula, Mozambique, pero el avión llegó con retraso a Doha, si a eso le sumamos que mi asiento en el Jumbo era en la penúltima fila del avión, que la puerta de embarque era diferente a la que aparecía en el billete y que la «nueva» quedaba en la otra punta del aeropuerto, que no es que sea pequeñín precisamente, el resultado era de esperar. Llegar con la lengua fuera cuando la puerta de embarque ya estaba cerrada, perder el vuelo a Johannesburgo y con él también el siguiente y ahora a esperar a ver cuándo me encuentran un hueco para seguir viaje.

La verdad, no sé porque me sorprende, porque este cuarto viaje a Mozambique ya empezó raro antes de salir. Estuve apunto de no conseguir el visado y quedarme en tierra. Las otras tres veces que viajé a Mozambique lo único que se necesitaba para obtener el visado era tener el pasaporte en regla, una carta de invitación de la persona que te invitaba a visitarle, dos fotos y los billetes de avión, pero parece ser que este año cambiaron los requisitos y ahora la carta de invitación tiene que estar legalizada con la firma y sello de un Notario de Mozambique (allí son funcionarios del estado) y también piden una fotocopia de la tarjeta de residencia de la persona que te invita, también con la firma y el sello del susodicho funcionario y yo esos nuevo requisitos no los tenía y me llegaron el último día que tenía para poder sacar el visado, 15 minutos antes de que cerrase el horario de atención de la embajada, así que por los pelos.

Pero ahí no acaba la cosa. En el control de seguridad del aeropuerto en Madrid me hicieron sacar el portátil de la mochila y ponerlo en una bandeja aparte. El avión salía del satélite de la T4 y desde las puertas de seguridad la puerta de embarque quedaba a más de 20 minutos y una pareja joven que iba delante mía decidió ponerse los cinturones sin sacar las bandejas con sus cosillas de la cinta transportadora de la máquina de rayos X, provocando un colapso de las bandejas que se iban amontonando bloqueadas por las de la parejita. En cuanto vi asomar las mías puse una encima de la otra y me retiré a una mesita para recoger las monedas, el móvil, los casquillos, las llaves, etc. Me sujeté los pantalones como pude con el cinturón entre los dientes, cogí la mochila con la cámara de fotos y fui corriendo a coger el tren que comunica la T4 con la terminal satélite. Pensaba que llegaba justo, pero tuve que esperar y esperar (y por esa espera estoy ahora tirado en Doha). Por fin subimos al avión tras las típicas indicaciones de seguridad despegamos y ya en el aire cogí mi mochila, la abrí para coger el portátil, la volví a cerrar y me senté con cara de tonto pensando en aquella bandeja de abajo que se había quedado en el aeropuerto de Barajas con mi portátil.

No sé cuándo llegaré a Mozambique, porque hasta mañana por la tarde no salen vuelos a Johannesburgo. Tampoco sé si comeré algo, porque lo malo de sentarse en la penúltima fila del avión es que se puede acabar el pollo y la pasta y a mí el cordero no me gusta, así que llevo desde el viernes por la noche con un café y un toblerone.

Todavía queda mucho viaje y puede pasar de todo. No sé dónde estará mi equipaje y no me hace ninguna gracias que mi maleta llegue sin mí a Nampula o que llegue yo sin la maleta, porque aguantar 10 días con la misma ropa no creo que sea sano. Sinceramente, espero que el viaje mejore y por lo menos guste la propuesta de proyecto que llevo para el sistema solar, porque el comienzo está siendo un poco desastroso, pero bueno, lo que importa realmente son los finales, así que paciencia (no me queda otra).

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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