Una vez más debo comenzar con la frase “Hace tiempo que no escribo” y he de reconocer que, en esta ocasión, no ha sido porque no haya habido novedades. En el mes de enero, cuando parecía que ya se había conseguido sacar el proyecto adelante, surgieron algunas complicaciones que no supe gestionar bien a nivel emocional y, sencillamente, llegué a un punto que me quedé sin energías (que no sin ganas, ni ilusión). Qué difícil es gestionar las fuerzas cuando no se encuentran por ninguna parte. Ya me habían avisado: “estas cosas van despacio”, “tómatelo con calma”. Ahora mismo está todo congelado por la pandemia, pero el proyecto de la energía sigue con vida, que es lo importante, de hecho han surgido nuevas oportunidades para intentar nuevas locuras, pero todo eso, si no te importa, lo contaré en otro momento porque esta publicación te la quiero dedicar a ti.

 

No sé a ti, pero a mi todo esto que estamos viviendo con el coronavirus me viene muy grande. Vivo en un pequeño piso interior, así que la única ventana que tengo a la calle es la televisión, el ordenador y el móvil, porque #yomequedoencasa. Sigo diariamente los datos de los afectados por el coronavirus en España, unos números fríos e impersonales, detrás de los cuales hay personas, miles de personas. Hay miles de familiares y amigos; miles de abuelos, padres, hermanos e hijos. Hay miles de seres queridos que hace unos días estaban y ahora ya no. Seres queridos que se han ido sin poder despedirse. Seres queridos que se han ido sin poder despedirles. El instinto de supervivencia nos hace agarrarnos con esperanza a unas curvas que sólo pueden ser buenas cuando lleguen a cero. Y si aquí la situación es complicada, cuando abro el foco tiemblo. Me agarro, como un clavo ardiendo, a la esperanza de que la experiencia previa en epidemias, la baja densidad de población y las largas distancias jueguen a su favor y el coronavirus no avance por Mozambique porque, teniendo en cuenta las condiciones del sistema de salud pública de allí, la situación puede ser dramática si el virus se extiende. Sí, es cierto que, debido a la baja esperanza de vida y la alta natalidad, la población es más joven que en España, pero la falta de alimentos y nutrientes provoca que una de las enfermedades más comunes sea la hipertensión, un factor de riesgo. De momento, oficialmente tan sólo hay diagnosticados 29 contagios (que yo sepa todos ellos en la capital, Maputo) y ninguna muerte. Espero de todo corazón y desde lo más profundo de mi alma, que controlen el virus a tiempo o lo que puede pasar será muy difícil de digerir para aquellos que tengan un mínimo de conciencia.

 

Esta mañana, poniendo un poco de orden en las estanterías, me he reencontrado con Anna Frank. “Una sola vela puede tanto desafiar como definir la oscuridad”. Siempre me ha gustado esa frase. Yo no los puedo ver, pero cada tarde, desde la ventana, escucho los aplausos y me emocionan. Y los siento. Y me sumo a ellos asomado al patio interior, aunque nadie me vea ni me oiga. Sí, me emocionan desde el primer día, cuando ni la confusión, ni el miedo, impidieron que muchas personas compartiesen la necesidad de asomarse a los balcones y ventanas, para hacer volar desde el confinamiento sus aplausos. Desconocidos aplaudiendo a desconocidos. Ni colores, ni símbolos, ni banderas. En esencia, personas aplaudiendo a personas. Sinceramente, no sé a qué saben los aplausos, pero los míos llevaban agradecimiento, tristeza e impotencia. Y con los aplausos ascendimos al olimpo a personas que ni lo buscaban y ni lo querían, personas que siempre han estado ahí, pero a las que ahora ponemos capas de héroes, capas que no protegen del coronavirus pero intentan dar calor. Desconocidos intentando salvar la vida a desconocidos. Ni colores, ni símbolos, ni banderas. En esencia, personas salvando a personas. Eso es humanidad, no en su acepción de conjunto, sino de capacidad. Y eso a mí me emociona. También me emocionan todas esas iniciativas de personas como tú y como yo, de carne y hueso, que en momentos tan difíciles y complicados, aportan su tiempo, sus conocimientos y su experiencia (además de sus medios, sus habilidades y su creatividad), para intentar ayudar como pueden. Personalmente, siempre he tenido puestas mis esperanzas en los movimientos Maker y esta crisis, en ese sentido, me da esperanzas.

 

Por supuesto en esta crisis no hay sólo velas, también hay quienes se mueven en la oscuridad intentando especular con el sufrimiento y el miedo de los demás. Eso no podemos evitarlo con los aplausos. Hace ya mucho tiempo que el ser humano aprendió a silenciar su conciencia. Algunos seguramente le llamarán evolución. Yo prefiero llamarle falta de empatía y de escrúpulos.

 

No tengo ni idea de cuándo acabará esta pesadilla, pero terminará. Y este virus se irá, o dejará de matar. Tal vez, cuando todo esto acabe, podamos aprender algo de la experiencia; o tal vez no. Tal vez, cuando todo esto acabe, volvamos a nuestras vidas sin abandonar los balcones y los aplausos; o tal vez no. Tal vez, cuando todo esto acabe, estemos mejor preparados para una próxima vez; o tal vez no. Quién sabe. Lo que sí sé es que cuando todo esto acabe y las rutinas vuelvan a tomar las calles, lo más cómodo, lo más sencillo, será hacerse una camiseta con el mensaje “Yo sobreviví al Covid-19” y aparcar todo esto en el álbum de las experiencias. Pero si todo esto te ha servido para hacer tambalear tus valores y prioridades, si por tu cabeza ha sobrevolado el pensamiento de cómo desafiar la oscuridad, no esperes a que nadie encienda la vela por ti. Elige la causa y comienza a caminar. Te sorprendería ver hasta donde puedes llegar. El primer paso es complicado, muy complicado, sobre todo si comienzas el camino en solitario, pero tras ese primer pasito vienen todos los demás. Que no te frenen los “no sé”,  los “no puedo”, o los “no soy”. No te preocupes por lo que no tienes y aprovecha lo que está a tu alcance. Si de verdad deseas alcanzar ese objetivo ya irán apareciendo los caminos y las personas. Yo no sé si podrás conseguir tu causa, pero lo que sí sé, y de eso no tengo ninguna duda, es que intentarlo tan sólo depende de ti y, si lo intentas de verdad, tal vez lo puedas conseguir. Y si lo sé no es porque lo haya leído en algún libro de autoayuda o una taza de Mister Wonderful. Lo sé, simplemente, porque yo lo he probado y, créeme, merece la pena intentarlo. Lo dicho, intentarlo tan sólo depende de ti, de nadie más, pero eso sí, no te engañes y hazte un favor, no pierdas tu tiempo, si lo intentas, inténtalo de verdad, como si te fuese la vida en ello, porque muchas puertas se cerrarán y necesitarás tener compromiso para no abandonar. Y no es sencillo, lo sé, pero es posible y el camino merece la pena, aunque a veces sientas que te quedas sin fuerzas. 

 

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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