He tenido que interrumpir el diario, porque han encendido el generador y he aprovechado para darme una ducha y lavar en el lavabo un polo, porque llevo dos días lavándome como los gatos y por el bien de los que me rodean imperaba asearme, que durante el día hace mucho calor. Yo me levanto entre las 6:00 y las 7:00 y a esa hora no siempre hay agua así que me estoy lavando como puedo con un hilito d agua que sale del lavabo y la botella del agua mineral que por la noche me da la hermana por si tengo sed. Me hace gracia, siempre he dicho que yo para poder salir de casa, aunque fuera a echar la basura, tenía que darme una ducha. Aquí se te quitan esas tonterías. En ningún momento he notado mal olor. En la Misión todo el mundo va aseado y con la ropa limpia, y no me refiero a las hermanas o al padre, son a todos los chicos y chicas de la escuela y las meninas. No puedo sentir más admiración por toda esta gente, por las condiciones en las que viven y por como lo llevan.

Bueno, continúo con la playa.

Al llegar a la playa nos bajamos del coche y en seguida se acercaron 3 “meniños da rúa”. El padre les dijo que le cuidaran el coche y los niños se quedaron vigilándolo. Antes de meternos en la playa pasamos por una pequeña zona arbolada, en la que varios puestos de artesanía local y caracolas de mar descansaban a la sombra.

La playa era preciosa. La arena, era blanca y fina, y el mar dibujaba franjas con distintas tonalidades de azul, que iban desde el azul turquesa a un azul oscuro intenso. Era una playa de postal. Tres rudimentarias embarcaciones de pesca se mecían suavemente por las olas a pocos metros de la orilla.

Tras sacar alguna foto, regresamos al coche. El Padre les dio unas monedas a los pequeños vigilantes, y nos fuimos.

Al lado de la playa había una construcción megalómana a medio construir. Era un complejo turístico con una ornamentación espantosa. Me evocó una mezcla entre un souvenir recargado de un bazar chino cutre y un harén de las mil y una noches. Realmente espantoso. Ese era uno de los muchos complejos turísticos a pie de playa que había por la zona, promovidos por inversores extranjeros cuando se construyó el faraónico aeropuerto internacional de Nacala, pero que debido al poco éxito que tuvo el aeropuerto, con tan sólo un único vuelo a la semana, se paralizaron las obras y se quedaron a medio hacer.

De ahí fuimos a otra playa donde un grupo de muchachos se estaban bañando mientras jugaban con un pedazo grande de plástico que usaban a modo de barco. En Padre me propuso tomar algo y nos sentamos en un chiringuito a pie de playa. Éramos sus únicos clientes. Yo pensaba que íbamos a tomar un refresco, pero el Padre pidió la carta. Al Padre no le convencía los pescados que tenían y yo sólo miraba los precios e intentaba hacer recuento de los meticales que llevaba en el bolsillo, porque la salida de Netia había sido inesperada y no había cogido la cartera. Yo creo que el Padre pensó que no me gustaba la carta, así que me propuso ir a otro sitio y yo le dije que sí, pero no porque no me gustase la carta, realmente ni la había visto, pero así ganaría tiempo y podría ver lo que llevaba en el bolsillo, porque quería invitarle y no sabía si tenía suficiente.

Fuimos a otro restaurante a pie de otra paya, pero en esta ocasión la playa estaba separada del restaurante por una reja. Aquí también éramos los únicos comensales. Para comer tanto el Padre como yo pedimos pescado. Trajeron el pez más feo que había visto en mi vida, y duro como él solo, por algo le llamaría el “Pez Pedra”, pero las cosas como son, estaba exquisito. No recuerdo haber probado un pescado como aquel. Me encantó. Cuando acabamos de comer pedimos la cuenta. La comida costaba 1.400 meticales, algo más de 19 euros. Yo sólo llevaba 800 meticales, así que no pude invitarle y pagamos a medias.

Si el camino de ida se había hecho largo, el de vuelta se hizo eterno. A la digestión se sumó el calor y el sol pegando de frente. No sé si era vaho o es que a la altura de mis ojos el parabrisas estaba rallado, pero la carretera se veía borrosa. Paramos un momento en una carpintería. Allí trabajaba el señor Joao Batista, un carpintero muy bueno que estaba haciendo los muebles del nuevo edificio administrativo que estaban construyendo en escuela agraria de la misión, pero que no cumplía con los plazos. Hacía más de un año que le había hecho en encargo, se le había pagado el trabajo íntegro en dos plazos, las obras acabarán la semana que viene y de los muebles todavía no se sabía nada. El Padre me dijo que le iba a decir que yo era de Manos Unidas y que vengo a ver cómo va el trabajo y para cuándo habrá acabado. El Padre preguntó por el señor Joao Batista a un chico que estaba en la puerta de la carpintería, y el chico le dijo que estaba descansando. El Padre le dijo que había venido con una persona de Manos Unidas que quería ver el trabajo, y a los pocos minutos salió Joao Batista y nos hizo pasar a la carpintería. Nos fue guiando por varios almacenes mostrándonos diversas tablones y maderas que según decía eran para los muebles. A decir verdad, yo lo único que vi hecho fueron unas cuentas sillas. Joao Batista se dirigía a mi cuando hablaba y yo sólo asentía. No entendía la mitad de lo que me decía. Joao Batista se comprometió a que en quince días estarían todos los muebles acabados, pero que necesitaba tomar unas medidas para las estanterías. El Padre, que lo conocía, le propuso acercarle aprovechando que nosotros regresábamos a Netia. Aquella propuesta le pilló fuera de juego a Joao Batista, y aunque él no podía ir, envió con nosotros a uno de sus aprendices.

El viaje de vuelta transcurrió sin mucho que contar, hasta que casi llegando a la Misión el Padre dio una cabezada y casi nos salimos por la cuneta. Menos mal que se quedó en un pequeño susto.

Cuando llegamos a la Misión ya estaba oscureciendo. Las hermanas se retiraron a orar, y yo a mi habitación a descansar un rato hasta que me llamaron para cenar. Había pollo, arroz y sopa. No tenía mucha hambre así que sólo cené un plato de sopa y una mandarina.

Después de cenar, los chicos de la escuela agraria me tenían preparado una sorpresa. Alumbrados por unas linternas fuimos a la escuela, donde una fila de sillas nos aguardaban. La hermana, los profesores y yo nos sentamos en las sillas y los chicos se distribuyeron en tres filas delante nuestra dejando a cuatro muchachas aparte. Las chicas comenzaron a cantar y el resto de chicos les hacía los coros mientras bailaban. Fue precioso. Y me dio mucha rabia porque como soy jodidamente tímido debí parecer una acelga inexpresiva, cuando me estaba encantando y les estaba muy agradecido por el espectáculo. No pasaron muchas canciones cuando me sacaron a bailar con ellos, y ahí no tuve más remedio que tragarme la vergüenza e intentar bailar con ellos. Hubiera sido muy un gesto muy feo si no lo hubiera hecho. Por supuesto fue incapaz de seguir su ritmo, más que nada porque debí nacer sin ritmo, pero yo me moví. Y ellos se rieron y mucho. Fue espectacular. Tenían el ritmo en la sangre y las chicas que llevaban la voz cantante (nunca mejor dicho) cantaban maravillosamente. Se notaba que lo estaban pasando bien, y yo, aunque por fuera no se notara, también.

Al finalizar los bailes los chicos se sentaron en el suelo y la hermana Aurora dio un pequeño discurso y me agradeció el haber ido a visitarlos y conocerlos y le dijo a los chicos que ahí fuera, en Europa, había gente a quienes les importaban y viajaban desde lejos para conocerles. A continuación me cedió la palabra y yo me hice muy pequeño (maldita timidez), pero hablé. La hermana les había dicho en su discurso que eran personas muy válidas y que tenían que creer más en ellos, tener más confianza en sí mismos, y eso me dio una idea. Les propuse hacer un juego, y ellos aceptaron. Pedí un voluntario, un chico que fuera grande y fuerte, y salió un chico. Cogía mi silla la puse en el medio ya le pedí que se sentara. Luego pedí 4 voluntarios que fueran pequeñitos y se levantaron al principio varios chicos y pregunté si se animaba alguna chica, y una se levantó, así que elegí a los 3 primeros chicos que se levantaron y a la chica. Uno a uno les fui preguntando si podían levantar al chico de la silla utilizando tan sólo dos dedos. Los cuatro dijeron que no, y yo les dije que sí, a lo que los chicos sentados en el suelo respondieron que lo demostrase. Le dije a los cuatro chicos que tenían que poner las manos en la cabeza del chico sentado en la silla y decir juntos “sí podemos” mientras presionaban ligeramente si cabeza (sí, lo sé, aquello me quedó muy Obama), y cuando yo les dijera, cada uno de ellos tenía que juntar sus manos entrelazando los dedos y dejando estirados los dedos índices, tal y como estaban tenía que meter los dedos debajo de las axilas y las corvas de las rodilla del chico sentado en la silla. Y así lo hicieron. Cuando metieron los dedos donde les había dicho, les dije que lo levantaran y entre los cuatro, con tan sólo dos dedos cada uno, levantaron al chico medio metro por encima de la silla. Todos empezaron a aplaudir. Al terminar de aplaudir les dije que cuando les había preguntado si podían levantar al chico me dijeron que no, y no era verdad. Sí que podían, pero no sabían cómo hacerlo. Les dije que ellos podían hacer muchas más cosas de la que creían, pero tenían que confiar en ellos mismos. Luego me vine arriba y continué el discurso con algo de vivir la vida por no mismo, que no me debieron entender porque ni yo mismo me entendí. Y lo sentí mucho, porque si no me hubiera puesto nervioso les hubiera dicho que tienen un potencial enorme y que no se acomplejen, que no son menos que nadie, que el color de la piel es sólo eso, un color. Que es cierto que sus circunstancias no son sencillas, pero con esfuerzo pueden conseguir sus metas. Que les admiro y que estoy seguro de que en el mundo hay dispuesta a ayudarles, y que a mí ya me han ganado y voy a hacer todo lo posible por encontrarles esa ayuda. No sé cómo, no tengo ni idea, pero eso no quiere decir que no pueda, sólo que no sé. Después de mi deserción dijeron unas palabras una de las formadoras y varios chicos, dándome las gracias por haberles ido a ver.

Al finalizar los discursos se repartió un catering entre los chicos que consistía en un paquete de galletas y una botellita de medio litro de agua mineral, y la hermana y yo nos retiramos. Al llegar a la habitación me metí en cama, puse una película en la Tablet ye me quedé dormido en seguida.

¡Ah!, que ya me había olvidado. Ayer por la noche me costó dormir porque me había tomado varios cafés. Estaba a punto de coger el sueño cuando oí ruidos en la habitación. La habitación estaba a oscuras y no se veía nada. Al principio pensé que eran imaginaciones mías, pero seguía escuchando ruido dentro de la habitación. Allí había algo. La puerta estaba cerrada, las ventanas también y fuera lo que fuera aquello estaba dentro de mi habitación. Ya se había apagado el generador y no había luz, así que pensé en salir de la cama y coger el frontal que lo tenía encima de la mesa, pero no sabía si aquello, fuera lo que fuera estaría por el suelo. Me senté en la cama, tratando de adaptar la vista a la oscuridad, y planificando cómo llegar a la mesa sin pisar apenas el suelo, cuando de repente lo vi, o mejor dicho, los vi, porque eran dos. Dos murciélagos volaban de un lado de otro de la habitación. Pensé en sacarlos de allí, pero era tarde y podría hacer mucho ruido, así que como estaba protegido por la mosquitera de la cama les di las buenas noches y me volví a intentar dormir.

Sé que me falta contar el día de hoy, pero estoy muy cansado y voy a acostarme, pero voy a hacer como en las series de televisión, y despedirme con un pequeño resumen de lo que escribiré mañana: Hoy acompañé a la hermana Aurora de Nampula y mientras ella iba a una reunión en la universidad, yo he aprovechado para visitar el hospital de Nampula.

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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