Viernes 22/09/2017. 19:42. Hotel AS Lisboa

Voy a continuar aprovechando el bolígrafo del hotel. No es que me guste mucho como escribe, pero hoy he estado dando una vuelta por el centro de Lisboa y echando algunas fotos, y me he olvidado de comprar uno.

Lisboa preciosa, como siempre y la gente de aquí amable y encantadora, también como siempre. Me encanta este país. Será porque son primos hermanos. Mañana voy a Santiago, a ver a mis hermanos, a mi cuñado y a Ángela, mi “sobrinaja”, que ganas de achuchar esos mofletes. Pero bueno, en esta parte del viaje no me voy a parar, así que seguimos con Mozambique.

Estaba contando la experiencia en la comunidad, así que con eso sigo. Aún a riesgo de caer en lo superficial, si me quedo simplemente en una valoración estética, el contraste del color de su piel, de un brillante azabache, con los colores chillones de sus camisetas, pareos y pañuelos, tenía  una belleza especial. Si vuelvo a la realidad, y recuerdo que por esas camisetas que llevaban y que nosotros donamos, ellos tienen que pagar; si recuerdo sus pies descalzos, no como una señal de respeto a la tierra que pisan, si no sencillamente por la falta de dinero para comprar calzado; si recuerdo como venían a saludarme y a darme las gracias, simplemente por el hecho de haberlos ido a ver; entonces esa belleza especial se cubre de un aurea de tristeza e impotencia. En este viaje he pasado por muchos sentimientos, pero creo que el sentimiento más amargo ha sido ese, el de la impotencia. El de una gran impotencia. Hay tantas cosas que me han parecido tan injustas. Y lo peor de todo es que soy consciente que todo apunta a que para que nosotros vivamos como vivimos, otros tienen que vivir como viven. Antes lo intuía, ahora lo tengo bastante claro. Y parece que en ese sentido todo vale. Me comentaban que hace unos años una mujer brasileña, que trabajaba en una ONG, empezó a darse cuenta de que desparecía gente en los alrededores del aeropuerto de Maputo. Era gente de allí, de Mozambique. Gente a la que parecía que nadie echaba de menos.  Gente que un día estaba, y al día siguiente ya no estaba y nadie sabía nada. La mujer estuvo tiempo tratando de averiguar que pasaba con esa gente y acabó denunciándolo. Por culpa de aquella mujer brasileña hubo gente en otros países del mundo que se quedaron sin órganos para trasplantes. Gracias a aquella mujer brasileña hubo personas de Mozambique que pudieron seguir con vida. La mujer brasileña tuvo que abandonar el país. Recuerdo cuando llegué a Maputo que vi en el aeropuerto a un muchacho albino, un trabajador del aeropuerto charlando con unos compañeros. En aquel momento pensé que aquello que había oído acerca del secuestro de los albinos tal vez sería una leyenda urbana. Pero no, no es ninguna leyenda urbana. Tampoco es algo del pasado. Sucede en la actualidad. En el país vecino, Tanzania, los albinos son considerados mágicos por la tradición, y sus órganos son muy apreciados para ciertos rituales. La nacionalidad del albino no importa, y su vida tampoco, así que cualquier país es bueno para este tipo de comercio. Es la ley de la oferta y la demanda. Yo quiero algo, si tú me lo vendes, yo te lo compro. Sólo son negocios. Pero esto no es algo que pase sólo en Mozambique. Mozambique de hecho debe ser de los países africanos más seguros, y este tipo de prácticas son perseguidas por el estado, pero siempre hay quien está dispuesto a saltarse la ley por ganar dinero. Lo preocupante desde mi punto de vista, es que esto exista y en la otra parte del mundo podamos dormir tranquilos porque nos queda lejos de nuestra almohada.  Y si tenemos que hacer cola una noche entera para comprarnos el último iPhone lo hacemos encantados, porque las barbaridades que se hacen en las minas de coltan, con niños trabajando como esclavos en condiciones inhumanas, para que nosotros podamos lucir el último modelo, no nos va a quitar el sueño. Basta con no mirar. Basta con no querer mirar.

En fin, sigo con la misa en la comunidad, que el tiempo y la memoria juegan en contra mía y todavía me quedan cosas que contar.

La habitación se había llenado. La gente se repartía sentada en el suelo. Sinceramente no sé si hubo alguna seña del Padre para anunciar el comienzo de la misa, pero de repente se levantaron todos y comenzaron a cantar. Un animador ayudaba al Padre, marcando el compás de los cánticos con las manos como si llevara una batuta. De las dos puertas, situadas enfrente comenzaron a entrar muchachas bailando, y se fueron distribuyendo en primera fila, enfrente y a los lados de donde se encontraba el altar. El espacio no era muy grande, y allí había mucha gente. Tenía muy cerca a una de las muchachas que bailaban, tan cerca que tenía miedo de obstaculizarla, así que retiré un poco más la silla para dejarle algo más de espacio.

La misa se celebró en macua, y sólo en la homilía el padre habló también en portugués, supongo que para que lo pudiera entender yo.

El padre me había dicho que podía sacar fotos, y alguna que otra saqué, pero cada vez que me movía un poco se multiplicaban por 20 los ojos que se detenían en mí, especialmente los de los más pequeños, así que opté por no sacar muchas fotos. Toda la celebración fue acompañada de cánticos y bailes. La verdad, fue muy bonito. Nada que ver con las celebraciones de mi país.

El sol pegaba con fuerza sobre el techo de chapa de la iglesia, y hacía mucho calor. La condensación del aire dificultaba la respiración.

Hubo varios momentos que recuerdo especialmente. Una madre dando de mamar a sus pequeños durante la celebración, algo que si pasase en mi país se condenaría, cuando allí era de lo más natural. La muchacha que bailaba al lado de mía, que había permanecido impasible y sin mirarme durante toda la misa, pero que cuando llegó el momento del rezo del padre nuestro se juntó más a mí, como quien no quiere la cosa, para escuchar como sonaba el padre nuestro en español. El momento de darse la paz cuando, especialmente los más jóvenes, se amontonaban para darme la mano.

Después de la misa nos despedimos y nos fuimos. Me dijo el Padre que normalmente se hubiera quedado a comer con ellos en la comunidad, pero como teníamos que llevar a la Hermana Aurora al aeropuerto de Nampula, andábamos muy justos de tiempo. En aquel momento me dio mucha pena, me hubiera encantado quedarme a comer con ellos, pero esa no fue la última oportunidad que tuve, y pude vivir esa experiencia más adelante.

El resto de ese día ya lo he contado. Fue cuando a la hora de comer empecé a encontrarme mal y por la tarde acompañamos a la Hermana Aurora al aeropuerto de Nampula.

Ya sólo me queda por contar mi último día en Netia. Un día que tiene mucho que contar (cada vez que recuerdo lo de la niña que llevamos a urgencias se me parte el alma), así que voy a bajar a ver si ceno algo y luego sigo (tenía que haber comprado un bolígrafo decente).

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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