He hablado anteriormente de la Magdalena, pero creo que se merece algunas líneas más. La primera vez que vi a la Magdalena fue el segundo día que estaba en la Mision. Había salido fuera a echar unas fotos. Estaba fotografiando la iglesia, cuando la vi. Yo llevaba un rato por allí, pero no la había visto aparecer. Me pareció una muchacha joven. Estaba descalza, con los pies blancos por la tierra y como ropa llevaba una especie de vestido color camel, que sinceramente parecía un saco con tres agujeros. Caminaba despacio entre los arbustos. De vez en cuando se detenía, se agachaba, cogía algo del suelo, y lo llevaba a la boca. Yo seguí haciendo fotos, y ella siguió a lo suyo. En ningún momento capté su atención. Por la noche pregunté por ella en la cena, y me dijeron entonces que le llamaban la Magdalena, aunque nadie sabe como se llama realmente. Decían que era una niña de la guerra. Allí llaman niñas de la guerra a las mujeres que han nacido durante la guerra de independencia, en los años 70, fruto de violaciones y que eran abandonadas. Tendrían algo más de 40 años. No se sabe quién es o fue su madre y se crió sola. Nadie sabe cómo ha conseguido sobrevivir, nunca la han visto enferma, ni siquiera de malaria que allí es endémica, por lo que existe la leyenda de que ni los mosquitos ni las cobras le pican. No tiene casa, duerme debajo de los árboles y en la temporada húmeda (que hay tormentas y lluvias torrenciales) nadie sabe dónde se refugia, pero tras las lluvias reaparece. No se comunica con nadie, no sabe hablar, y tampoco nadie se comunica con ella. Se alimenta de lo que va encontrando por el suelo, y sólo se acerca a la Misión a pedir pan. Han intentado alimentarla, vestirla, lavarla, pero no se deja, no quiere, sólo quiere pan. Cuando se hace pan lo huele, se acerca, rasca la puerta de la Misión, cuando abren la puerta estira el brazo, le dan un bollo de pan, y se va. Al cabo de un rato, regresa a por más.

Desde que me contaron su historia la volví a ver un par de veces, caminando entre los arbustos, pero nunca le había visto de cerca, hasta ese día, que mientras estaba escribiendo se me acercó a pedir pan. Yo estaba escribiendo sentado en el escalón de la puerta de la Misión que da a los corrales. Por allí no pasaba mucha gente, y precisamente por eso había elegido aquel lugar, porque me quedaba mucho por escribir. Estaba concentrado escribiendo cuando sentí algo delante de mí. Levanté la vista y allí estaba ella. Tenía el brazo estirado y no decía nada. Me miraba a los ojos y no apartaba la vista. Sus ojos eran oscuros, y no sé muy bien como expresarlo, pero invitaban a intentar conocerla, aunque no era fácil. Le saludé y no dijo nada. Le pregunté si le podía ayudar en algo y lo único que hizo fue mover los dedos de la mano. Aunque era bastante obvio, al principio no entendía qué quería, así que le dije que no la entendía, y ella movió el brazo y emitió un sonido, las cosas como son, y aunque suene duro decirlo, parecido a una especie de gruñido. Dio la casualidad de que la Hermana Faustina se acercó al corral y le grité que no sabía que quería, y ella me dijo que quería pan. La Hermana llamó a la Magdalena, y entró en la Misión a por un bollo de pan. La Magdalena no se había movido, y seguía delante de mí con el brazo estirado. Me incorporé y le dije a la Magdalena que viniera conmigo. Obviamente entender no me entendió, pero me siguió. Fuimos a la puerta principal de la Misión, donde estaba jugando la pequeña Julia. Abrió la puerta la Hermana Faustina y le dio un bollo de pan. La Magdalena se fue con el pan y yo me quedé con Juila.

Empezaba a oscurecer. La Hermana Faustina, Natacha y Lidiali se había retirado a orar. Julia y yo nos quedamos fuera jugando. El sol se pone muy rápido, ya apenas se veía cuando aparecieron dos niñas preguntando por la Hermana. Les dije que estaban rezando, y me dijeron que si la podía avisar. Parecía algo importante, así que entré y avisé a la hermana, quien dejó las oraciones y salió a la puerta. Las niñas le dijeron que había una niña enferma (“doente”). La Hermana me dijo que iba a acercar a la niña al hospital, y yo me ofrecí a acompañarlas. Primero fuimos a la casa de las meninas, a por la niña enferma. La sacaron entre las dos amigas. “A doente” no reaccionaba. Se le hablaba y no respondía. Sólo movía la cabeza de un lado a otro continuamente y emitía quejidos. Guiados por la luz de la linterna llevamos al hospital a la niña. Sus amigas la llevaban caminando, sujetándola por los hombros. Al llegar al centro médico nos dirigimos al barracón de urgencias. Allí no había nadie. Me dijo la hermana que nos quedásemos allí, que iba a acercarse al barracón de maternidad haber si estaban allí los enfermeros.

Al cabo de un par de minutos regresó la hermana acompañada por tres jóvenes. Dos chicos y una chica. Al verme, la chica se asustó, se paró en seco y preguntó quién era yo, la hermana le dijo que era un amigo suyo que había ido a visitarles. Yo pensé que le había asustado por aquello de ser un desconocido por la noche, pero luego me enteré que se había asustado porque ninguno de esos tres jóvenes eran enfermeros. No estaba ni el médico, ni había ningún enfermero. No había nadie para atender al servicio de urgencias, ni un posible parto, que pudiera haber, lo cual no era nada raro. La chica se asustó porque yo estaba siendo testigo de eso. Los tres jóvenes que acompañaban a la Hermana eran celadores del hospital. Era lo único que había para atender a aquella niña, y de hecho, si hubieran ido las niñas solas, no las hubieran atendido hasta que no hubiera vuelto el sol y con él los enfermeros.

Me comentó la hermana que existen dos tipos de pruebas para diagnosticar la malaria. Una, que denominan la prueba rápida, en la que apenas en 45 minutos tienes los resultados y no se requiere electricidad para el análisis de la muestra. El problema con esta prueba es que no es fiable. Si da positivo el diagnóstico es claro, pero si da negativo es necesario realizar la segunda prueba, ya que puede ser un falso negativo y para la segunda prueba sí se requiere electricidad para el análisis de la muestra. Mientras esperábamos apareció el Padre Gasolina. Esa noche íbamos a cenar y al habernos ido a buscar le habían dicho que estábamos en el hospital.

El padre entró en el banco de socorro (sala de urgencias), donde estaba la niña, los tres celadores, las dos amigas de la niña y la hermana. Yo me quedé fuera para no molestar, que ya había muchas demasiada gente y el espacio era pequeño. En un momento determinado me llamó el Padre y entré. Sobre la cama la niña se retorcía mientras uno de los celadores, recostado sobre la almohada, le sujetaba las manos, inmovilizándole los brazos. A los pies otro celador le sujetaba las piernas. La linterna que había llevado la hermana casi no tenía batería y apenas alumbraba. La única iluminación que había era la de los flashes de los móviles, que orientados hacia el brazo de la niña hacían de focos improvisados mientras la celadora intentaba acertar con la vena para ponerle un goteo. Tras un par de intentos fallidos la sangre comenzó a emanar y a descender por su brazo formando dos franjas oscuras que se desparramaban por la sábana de color incierto. Consiguieron acertar con la vena y mientras esperábamos los resultados de la prueba rápida, poco a poco la niña se fue tranquilizando y dejó de retorcerse.

La primera prueba dio negativo, así que tenían que hacerle la segunda prueba. Como para la segunda prueba hacía falta electricidad tenía que esperar a que amaneciera. El hospital disponía de dos placas fotovoltaicas, pero hasta que no saliera el sol no podía hacer nada, así que no les quedaba más remedio que esperar al día siguiente. No se podía hacer nada más, así que las amigas de la niña volvieron al internado, la Hermana, el Padre y yo fuimos a la casa del Padre a cenar, los celadores volvieron al barracón de maternidad, y allí se quedó la niña sola, dormitando en la camilla, con el suero puesto y sin saber qué le pasaba, y con ella se quedó una parte de mí, y creo que todavía sigue allí.

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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