Viernes 29/09/2017 11:25. Cafetería Perfiles. Madrid.

Ya estoy en Madrid. Como se suele decir, “Home Sweet Home”. He tardado una semana en escribir, pero no he tenido fuerzas para ello. Ridículo, lo sé. No he tenido fuerzas para coger un simple bolígrafo. Una excusa muy pobre, de hecho, ahora me estoy tomando un café en el Perfiles y me estoy forzando a escribir. Es como si el cambiar de continente me hubiera consumido. Tengo una sensación extraña. Por una parte estoy contento de estar en casa, de poder ver a mi familia y a mis amigos, de poder disfrutar de una buena ducha, de poder ir al supermercado y silenciar la ansiedad a base de chocolate y frutos secos; pero por otra parte echo mucho de menos aquellas mañanas en las que hasta que no abría el grifo no sabía si me iba a poder duchar o no, aquellos momentos en los que salía a escribir al porche y se me acercaban a saludar y a que les contara cosas de mi país, al Padre, a las hermanas, a Julia, a Natacha, a Lidiali, a las niñas de la casa de las meninas, a los chicos de la escuela agraria, las miradas curiosas y las sonrisas sinceras de los más jóvenes de las comunidades. Sabía que un viaje de este tipo iba a ser diferente, a la fuerza tenía que serlo, y no estaba seguro si me iba a marcar de alguna forma o estaría insensibilizado con tanta televisión. Sí, sí que me ha marcado. Ahora, después de haber vuelto a casa sólo puedo actuar de dos formas: o volver a encerrarme, a esconderme en la rutina, y recordar este viaje como una simple experiencia, sin más; o comprometerme e intentar ayudar a aquellas personas, pero ¿Cómo hacerlo? Quiero tomar la segunda opción, pero me abruma. No sé por dónde empezar, ni cómo. Lo que me ha llevado a coger el bolígrafo después de una semana sin palabras ha sido mi deuda con ellos. Sí así es, simplemente porque se lo debo a ellos. Ha pasado tiempo y mis recuerdos no son tan frescos, pero necesito acabar este diario para poder ordenar mis ideas; para que cuando el asfalto, la televisión y los atascos ahoguen mi conciencia, si en algún momento necesito encontrar alguna razón para algo, pueda recurrir a este cuaderno para poder recordar. Recordar que hay otra realidad, que se puede no mirar, o mirar y no hacer nada, pero que esa realidad existe y está ahí.

Va a ser mejor que continúe con el último día en Netia.

El último día en la Misión fue el martes 19 de septiembre, ya que al día siguiente amanecí en Netia, pero me fui temprano al aeropuerto de Nampula, y eso ya lo conté. No recuerdo a qué hora me levanté, pero supongo que sería alrededor de las 6.00. Había quedado con el Padre, que me iba a llevar a otra comunidad. Era una comunidad que estaba bastante alejada, hacia el interior, detrás de una de las montañas que se veía desde la Misión. Allí se iban a celebrar bodas y bautismos. A la pequeña Julia le encanta comer el sima de las comunidades, así que quiso acompañarnos, y Lidiali nos acompañó.

Una vez más el Padre puso a prueba la suspensión del todoterreno. Para acceder a la comunidad no había carretera como tal. Circulábamos por un camino serpenteante de tierra llena de baches y socavones. Durante todo el trayecto, aproximadamente entre una hora y hora y media, no nos cruzamos con ningún otro vehículo. Sí nos cruzábamos de ver en cuando con personas, que a nuestro paso saludaban. El Padre me dijo que a la comunidad a la que estábamos yendo, sólo se podía ir en época de sequía, ya que cuando llueve el camino se embarra y ni los todoterrenos pueden acceder.

A pesar de la distancia y el estado del camino, el viaje se me hizo muy ameno. La pequeña Julia estaba inspirada. Llegamos y la gente esperaba alrededor de una edificación rectangular de paredes de adobe y techo de chapa. Pensé que se celebrarían allí las bodas, pero todo estaba preparado para hacerlo en el exterior, a la sombra de unos árboles. Enfrente de una mesa plegable que hacía las funciones del altar, se ordenaban tres hileras de banquitos de madera.  A la derecha e izquierda del altar, tres sillas de plástico. Las sillas de la derecha para los animadores que colaboraban en la celebración, las de la izquierda para Julia, Lidiali y para mí. Había mucha gente. Muchísima gente. No había asientos para todos así que mucha gente se sentaba en el suelo.

Antes de comenzar la celebración, el Padre abrió un cuaderno y empezó a pasar lista. Hablaba en Macua y no entendía lo que decía, pero a medida que iba leyendo nombres de su cuaderno había gente que se iba poniendo de pie para dejarse ver. El Padre le hacía alguna pregunta, la persona respondía algo, en ocasiones el padre contestaba y todo el mundo se reía. Allí se levantaban desde niños hasta ancianos, y en ocasiones parejas. Luego el Padre me explicó que ese cuaderno era el registro de las personas que se habían inscrito para bautizarse o casarse. La inscripción la realizan los animadores, que son personas de las comunidades que colaboran con el Padre en las tareas pastorales, aunque no son sacerdotes. Se inscriben gente de diferentes comunidades cercanas y el día que el Padre va a hacer la celebración se acercan todos hasta allí. Una vez terminó de pasar lista y situar a los celebrantes en las primeras filas, comenzó la misa.

Al igual que el domingo anterior, al comenzar la celebración se acercaron desde los lados muchachas danzando al ritmo de los cánticos, y se colocaron delante, en tres filas, a la derecha, a la izquierda y enfrente del altar. Las muchachas situadas a la derecha llevaban un bebé sujeto a la espalda por una especie de pareo. Había momentos en la celebración en el que como parte de la coreografía de las danzas, arrodilladas en el suelo se inclinaban hacia delante, dejando ver las cabecitas pelonas de las criaturillas asomando por su espalda.

La escenografía, con la salvedad de que en esta ocasión se celebraba en el exterior y había mucha más gente, era muy similar a la de la misa del domingo pasado. Cánticos que sonaban muy bien y coreografías acompañando. Una celebración preciosa, con muchísimo ritmo y colorido; y de nuevo un sentimiento de tristeza e impotencia al ver aquellas camisetas de Nike, Adidas, Reeebook, Mickey Mouse, etc. ¿Cómo puede ser tan ruin el ser humano y aprovecharse de esa manera de los que menos tienen?

En un momento determinado el padre dijo algo y la gente se levantó y empezó a alejarse de dónde estábamos. El Padre me dijo que le acompañara, que iban a comenzar los bautismos. La gente se distribuyó alrededor de una especie de arco hecho con paja sobre la cual se erguía una cruz, hecha del mismo material. En el suelo dos zanjas de unos quince centímetros de profundidad, rellenas también de paja, se cruzaban formando una cruz debajo del arco. El padre me explicó que la cruz del suelo simbolizaba el camino del cristiano, y el arco con la cruz simbolizaba la entrada al reino de Dios. La persona que se iba a bautizar llegaba caminando por la paja acompañada por su padrino o madrina, quien ponía su mano sobre su hombro derecho. A la altura del arco se inclinaba hacia adelante, el Padre cogía agua de una palangana con una jarra de plástico naranja y se la derramaba al bautizado por la cabeza pronunciando unas palabras. A continuación, la persona que había sido bautizada terminaba de recorrer aquel camino de paja, cruzando por debajo del arco, simbolizando así que había dejado su vida anterior y entraba a formar parte del pueblo de Dios (espero no estar malinterpretando los símbolos, que ya ha pasado tiempo, pero creo recordar que era así). Primero se bautizaron los más pequeños. Si el pequeño no sabía andar su madre lo llevaba en sus brazos. Los niños que ya podían andar iban caminando solos, pero un adulto los alzaba en el momento de echarles el agua pro la cabeza. Luego fueron los jóvenes y por último los adultos.

Tras los bautismos volvimos a la zona de los banquitos. A cada uno de los bautizados se les ponía sobre los hombros una especie de capa blanca de papel, que simbolizaba la gracia de Dios, y se les daba una vela, que simbolizaba la luz. En el caso de los bebés, eran las madres las que sujetaban las velas.

A continuación tuvieron lugar los casamientos. En aquella ocasión se casaban tres parejas. Me había imaginado, no sé por qué, que serían parejas jóvenes, pero no, de jóvenes tenían más bien poco. Ellas se situaban en fila a la izquierda del Padre. ellos a la derecha del Padre, en frente cada uno de su pareja. Detrás de ellas se situaban las madrinas. Detrás de ellos se situaban los padrinos. Todos los contrayentes llevaban sobre sus hombros la capa blanca de papel. El Padre dijo unas palabras, ellos respondieron, me imagino que un sí quiero, y se intercambiaron unos anillos. Se cogieron de la mano. Ya estaban casados.

Al finalizar la celebración nos acercamos al coche. Mientras el Padre, acompañado por Lidiali y la pequeña Julia, conversaba con unas personas, yo me separé un poco cámara en mano para sacar alguna fotografía del lugar donde se había celebrado la misa. En cuanto levanté la cámara el mundo se paralizó. Multitud de niños, y no tan niños, me miraban curiosos desde todos los ángulos. Fue tal la expectación que no me atreví a hacer ninguna foto. Bajé la cámara, pero con eso no se diluyeron las miradas. Mucha gente, mucha, estaba pendiente de lo que yo hacía. Yo no estaba haciendo nada, y ellos tampoco, sólo mirándome. Me estaba poniendo nervioso, no era miedo, era vergüenza, nunca me ha gustado ser el centro de atención de nada, así que decidí guardar la cámara en la mochila. Fue entonces cuando vi que a mi lado había un niño, de unos 3 ó 4 años. Me puse de cuclillas para ponerme a su altura y le mostré la cámara. La pregunté si quería hacer una foto, pero el pequeño no respondió, sólo se hizo todavía más pequeño y comenzó a girarse muy despacito hasta darme la espalda, sin decir ni una palabra ni moverse del sitio. No era yo el único que tenía vergüenza allí. Me incorporé y vi que se habían acercado más niños. Se mantenían a unos dos metros de mí. Estaban quietos, y no decían nada, pero me pareció ver alguna sonrisa nerviosa escondida debajo de algunos churretes y mocos. Estiré el brazo mostrando la cámara y pregunté en alto si alguien quería sacar alguna foto. Aquellas fueron las palabras mágicas. En apenas segundos me vi rodeado de docenas de niños y niñas, de diferentes edades y tamaños que a base de empujones se hacían sitio estirando sus pequeñas manos hacia la cámara.

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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