Apenas tenía espacio, pero conseguí arrodillarme e intenté enseñar a uno de los pequeñajos cómo se miraba por el visor para hacer la foto, pero esa parte no les interesaba, lo que les gustaba era el clic. Para unos dedos tan pequeñitos no resultaba sencillo pulsar el disparador, así que yo situaba su dedo encima del botón y con cuidado, para no hacerles daño, presionaba con mi dedo por encima del suyo hasta que sonaba el clic. Una vez sonaba el clic le mostraba la foto que había sacado, y el niño se reía y se retiraba dejando sitio al siguiente. Las risas y el bullicio atrajeron a más personas. Uno a uno, se iban haciendo sitio como podían e iban haciendo clic. Había muchos que repetían y volvían una y otra vez. Muy pronto ya no eran sólo niños o niñas, también se acercaron muchachas. Los muchachos sólo miraban. Como yo había bajado la cámara para que llegasen los más pequeños al botón, y estaba rodeado de gente, las fotografías que estaban sacando eran primerísimos planos de brazos, caras y manos. A ellos no les importaba lo que se estaba fotografiando, algunos ni siquiera esperaban a que les enseñase la fotografía que habían sacado, simplemente oían el clic y ya se daban por satisfechos. Revisando luego las fotos (casi 100) hay algunas fotos que han quedado muy bien, hechas por ellos. Ahora, escribiendo esto desde la distancia, no puedo evitar pensar, si tuviesen una cámara de fotos, y supieran utilizarla, la de cosas que podía contar de su vida a través de sus imágenes.

Así estuvimos un buen rato. Ellos no se cansaban de hace clic, y yo tampoco de verlos disfrutar con aquello. Finalmente vino el Padre a buscarme. Nos invitaban a comer.

Entramos en la casita que había pensado que era la iglesia cuando llegué. En su interior no había ningún altar. Eras una superficie diáfana en la que había metido bancos de madera de los que se habían utilizado en la celebración, las sillas de plástico y una mesa redonda también de plástico. En el suelo había una palangana con agua y sobre la mesa varios platos soperos y vasos de plástico, una especie de tuper grande con varias bolas de sima, y una cazuela en la que sólo se veía salsa y una especie de palo asomando. También había una jarra con agua, pero el Padre me dijo que mejor bebiera de las botellas de agua mineral que habíamos llevado de la Misión. Allí hay mucho cólera y era mejor no tentar a la suerte. El Padre me señaló la palangana con agua que estaba en el suelo, y me dijo que era para lavarse las manos, así que me agaché y me las lavé. No había cubiertos, se comía con las manos. Una mujer me acercó el Tuper con las bolas de sima. Eran muy grandes, pero cogí una entera, como hacían los demás. El sima en sí no sabe a nada, pero llena mucho. No había nada para servir, así que esperé a ver cómo comían. Después de pasar las manos por la palangana y coger una bola de sima, tomaban con las manos de la cazuela un pedazo de gallina que dejaban en su plato y luego lo cubrían con la salsa volcando la cazuela sobre le plato. Yo ya me había servido un buen zanco cuando el padre sacó el palo que asomaba de la cazuela y me dijo que le habían dicho que era para mí. Me explicó que era la parte más codiciada de la gallina, y que en señal de hospitalidad y agradecimiento me lo daban a mí. Para ellos era todo un honor y no aceptarlo sería una falta de respeto, así que no pude decir que no. En el palo se enredaban las tripas de la gallina y las vísceras. Para ellos era un manjar y lo más valorado porque es lo que más proteínas tiene. Para mi era algo bastante difícil de comer. Empecé con el zanco, acompañándolo con la sima empapada en la salsa, y las cosas como son, tanta la gallina como la salsa estaban buenísimas. Si ya de por si la sima sacia, empapada en salsa hace desaparecer rápidamente el hambre. Yo seguía comiendo el zanco, la sima, la salsa, conversando con el padre, e intentaba mentalizarme que me tenía que comer la ofrenda que me había hecho. Ya había probado los entresijos, las gallinejas, el corazón, los riñones, el hígado, pero no me gustan. Tienen un sabor muy fuerte para mi gusto. No es que me den asco, es que no me gusta su sabor, y cuando digo que no me gusta, no es un no me gusta como el de las acelgas o las coles de Bruselas, que no me gustan pero que por si no hacer un feo hay que comérselas me las como, no, este no me gusta es más del estilo de que como me lo intente comer me pueden dar arcadas, y eso no creo que hubiera quedado bien. Si al no me gusta, se le suma que el sima se había expandido en mi estómago y no me entraba ni un pedacito más de nada, la situación se ponía todavía más complicada. Cuando ya no pude más, cogí el palo y cuando nadie me miraba deslicé la carne por el palo hasta que cayó en la salsa. La salsa cubría medio plato, así que fui distribuyendo las vísceras por el fondo del plato para que no asomaran, y coloqué los huesos del zanco haciendo peso por encima. Pensé que había salido airoso, pero el Padre se dio cuenta. Le dije que no podía más, que con la sima me había llenado. El Padre, que tonto no es, se dio cuenta que aquello era una verdad a medias, así que sin que nadie lo viera, tomó los intestinos de mi plato y se los llevó al suyo, haciendo desaparecer la prueba del delito.

Después de comer, volvimos a lavarnos las manos en la palangana, nos despedimos y nos fuimos.

Una vez regresamos a la Misión me eché una pequeña siesta y luego salí a continuar con el diario hasta que apareció la Magdalena a pedir un poco de pan. Eso ya lo he contado, pero lo que no conté fue aquel momento con la Magdalena.

Se puede no hacer nada, o se puede compartir
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